¿Una retirada estratégica? Evalución de las implicaciones de una retirada de EE. UU. de la seguridad europea

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By Tymur Ivasiv
October 30, 2025

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Puntos clave

  • La reorientación gradual de las prioridades estratégicas de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico apunta a una recalibración más que a una retirada total de sus compromisos militares en Europa, lo que transformará el marco de disuasión de la OTAN.
  • Una reducción del despliegue estadounidense podría poner al descubierto las debilidades estructurales de la arquitectura de defensa europea, especialmente en ámbitos como el transporte aéreo estratégico, la inteligencia, vigilancia y reconocimiento, el reabastecimiento en vuelo y la defensa aérea y antimisiles integrada, capacidades que aún dependen en gran medida de los recursos estadounidenses.
  • Las divergentes percepciones de las amenazas entre Europa Oriental y Occidental corren el riesgo de profundizar las divisiones internas de la Alianza, dificultando el reparto de cargas y la coordinación en materia de adquisiciones a medida que el gasto en defensa aumenta de forma desigual entre los Estados miembros.
  • Alemania, Francia y el Reino Unido se perfilan como los principales actores llamados a cubrir las brechas de capacidad, aunque su equilibrio de liderazgo dependerá de la alineación de las agendas industriales, operativas y políticas bajo una presión fiscal sostenida.
  • Una presencia estadounidense reducida aceleraría la búsqueda europea de autonomía estratégica, pero también pondría a prueba la capacidad del continente para mantener una disuasión creíble frente a Rusia sin un ancla transatlántica definida.
  • En última instancia, el grado en que el reajuste de Washington se mantenga como una adaptación táctica o evolucione hacia una retirada estratégica determinará la cohesión y la credibilidad futuras de la Alianza Transatlántica.

La reorientación de las prioridades estratégicas de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico ha transformado el enfoque de Washington hacia Europa. A medida que se intensifica la competencia con China, resulta cada vez más probable una recalibración gradual de la presencia y los compromisos militares estadounidenses en el continente europeo. Este cambio plantea interrogantes no solo sobre el futuro de la arquitectura de disuasión de la OTAN, sino también sobre la capacidad de Europa para asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa. En este contexto en evolución, el desafío para los aliados europeos es doble: adaptarse a una posible redistribución de los recursos estadounidenses y desarrollar los mecanismos industriales, operativos y políticos necesarios para mantener la estabilidad estratégica en el continente.

En este contexto, el documento analiza las implicaciones de una posible retirada parcial de Estados Unidos de Europa, evaluando sus consecuencias políticas, militares y económicas, así como las perspectivas de una mayor cooperación y autonomía en materia de defensa europea.

Postura y compromisos de Estados Unidos en Europa

La retirada parcial de las fuerzas estadounidenses debe entenderse no solo como una consecuencia de la reasignación de recursos, sino también como un instrumento de presión destinado a incentivar a los Estados europeos a fortalecer sus propias capacidades de defensa y aumentar su capacidad para garantizar la seguridad regional.

Actualmente, entre 75 000 y 105 000 efectivos militares estadounidenses están desplegados en el continente europeo, la mayoría de ellos en la Fuerza Aérea y la Marina. Además, Estados Unidos cuenta con más de 40 instalaciones militares de distintos niveles, un número considerable de vehículos blindados, aeronaves, sistemas de lanzamiento múltiple de cohetes y alrededor de 100 ojivas nucleares tácticas estacionadas en Europa. Según las estimaciones del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), los gastos directos de defensa de Estados Unidos en Europa representan aproximadamente entre el 5% y el 6% del presupuesto nacional de defensa. Aplicando esa proporción al presupuesto de defensa nacional para el año fiscal 2025, que asciende a unos 900 000 millones de dólares, los costos anuales de Estados Unidos vinculados a la seguridad europea rondan entre 45 000 y 54 000 millones de dólares, incluyendo la financiación de personal, infraestructura, ejercicios y programas conjuntos.

Una “retirada parcial” implica una reducción en el número de tropas, infraestructuras, equipos y armamento. Sin embargo, en esta etapa resulta imposible prever la magnitud y los parámetros específicos de dicha reducción. Bajo la actual administración estadounidense, las decisiones relativas al número de tropas estadounidenses en Europa pueden estar determinadas en ocasiones más por el enfoque personal del presidente y las recomendaciones de sus asesores más cercanos que por las de instituciones como el Consejo de Seguridad Nacional o el Pentágono, como lo ejemplifica la decisión de junio de 2025 de atacar las instalaciones nucleares iraníes sin la aprobación previa del Congreso.

Una retirada total debilitaría drásticamente la influencia de Estados Unidos sobre los países europeos y privaría a Washington de importantes bases e infraestructuras militares y logísticas, como la base aérea de Ramstein en Alemania y la base naval de Rota en España, que desempeñan un papel clave no solo para la presencia militar estadounidense en Europa, sino también a nivel global.

Además, una retirada total de las tropas socavaría inevitablemente la confianza de los aliados y provocaría una profunda crisis en la OTAN, creando un vacío estratégico que Rusia podría aprovechar para expandir su influencia. Por lo tanto, a pesar de la retórica política y del deseo de la administración Trump de reducir el gasto, Estados Unidos no puede permitirse abandonar por completo su presencia militar en Europa.

Al mismo tiempo, no puede descartarse una segunda vía. El Congreso podría definir una estrategia estructurada a través del proceso anual de autorización y asignación de defensa, instruyendo al Departamento de Defensa a reequilibrar la postura de fuerzas hacia el Indo-Pacífico, mientras establece límites para la presencia permanente en Europa, sustituye algunas rotaciones por reservas preposicionadas y condiciona las reducciones a los avances en capacidades y niveles de preparación de los aliados. Un plan de este tipo probablemente aplicaría los cambios de manera gradual a lo largo de varios ciclos presupuestarios, exigiría informes detallados del Pentágono y del Consejo de Seguridad Nacional, protegería capacidades clave como el transporte aéreo, el reabastecimiento, la inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR), y la defensa antimisiles, además de ampliar el reparto de costos y la adquisición conjunta con los aliados europeos.

En la práctica, el presidente aún podría ordenar una reducción simbólica de alrededor del 10% o un recorte más profundo de hasta el 50% por motivos políticos. En cambio, el Congreso podría codificar los cambios en la postura mediante una ley, aplicar cualquier reducción de forma gradual a lo largo de varios ciclos presupuestarios, vincularla al cumplimiento de metas de capacidad de los aliados, salvaguardar el Artículo 5 de la OTAN y reasignar fuerzas y fondos hacia teatros de mayor prioridad.

Consecuencias estratégicas de una retirada parcial

Una retirada parcial de Estados Unidos de Europa inevitablemente provocará un cambio en el equilibrio estratégico de poder en el continente euroasiático. Esta medida tendrá consecuencias mixtas: algunos países perderán parte de sus capacidades estratégicas, mientras que otros tendrán la oportunidad de reforzar sus posiciones y ampliar su influencia.

En el plano político, una de las consecuencias potenciales más significativas sería la fragmentación de la OTAN. Una disminución del compromiso estadounidense podría dejar al descubierto las fisuras latentes dentro de la Alianza, generando divergencias entre los miembros de Europa del Este y de Europa Occidental respecto a la percepción de las amenazas. Los países de Europa del Este, directamente amenazados por la agresión rusa, podrían exigir acciones rápidas y contundentes, mientras que los Estados de Europa Occidental tenderían a favorecer soluciones diplomáticas, debilitando así la cohesión de la OTAN y complicando las respuestas colectivas. Además, el vacío de poder emergente podría erosionar la disuasión regional y alentar a Rusia a intensificar sus amenazas convencionales e híbridas, incluidas ciberataques, campañas de desinformación y operaciones encubiertas destinadas a desestabilizar a los Estados más vulnerables.

Desde una perspectiva militar, la capacidad de Europa para llenar de manera efectiva los vacíos que dejaría una retirada parcial de las tropas estadounidenses sigue siendo incierta, a pesar de iniciativas recientes como el Plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la Comisión Europea, que busca fortalecer la cooperación en adquisiciones de defensa y reforzar la autonomía estratégica europea. Las fuerzas armadas europeas continúan enfrentando importantes carencias de capacidad en áreas clave, como el transporte aéreo estratégico, el reabastecimiento en vuelo, la inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR), así como en los sistemas integrados de defensa aérea y antimisiles, todos ellos ámbitos que tradicionalmente han dependido del respaldo de las capacidades estadounidenses.

El potencial de la industria europea de defensa para sustituir las fuerzas y capacidades estadounidenses es prometedor, aunque limitado. Europa cuenta con una base industrial de defensa de vanguardia, con grandes empresas como Rheinmetall, Airbus Defense, BAE Systems, Leonardo y Dassault, capaces de producir armamento complejo. Sin embargo, persisten obstáculos importantes: un mercado fragmentado que desincentiva las compras transfronterizas, la duplicación de programas nacionales y una capacidad de producción limitada, con largos plazos de entrega para municiones y componentes de defensa aérea. Acelerar la adquisición conjunta de defensa y la consolidación industrial, pasos indispensables para cubrir las necesidades de seguridad europeas tras una eventual retirada de las tropas estadounidenses, sigue siendo un desafío, aunque cada vez se reconocen más como una necesidad estratégica.

En el plano económico, la industria de defensa estadounidense podría beneficiarse inicialmente de un aumento a corto plazo en las adquisiciones europeas destinadas a cubrir carencias de capacidad militar; sin embargo, probablemente enfrentará una pérdida de cuota de mercado a medida que Europa desarrolle sus propias alternativas. En el ámbito político, una menor implicación en los asuntos europeos podría debilitar la influencia diplomática de Estados Unidos a nivel mundial, erosionar las alianzas y afectar negativamente sus intereses comerciales en una región de importancia estratégica.

Perspectivas de la autonomía estratégica europea

En caso de una retirada parcial de Estados Unidos de Europa, surge de manera natural la siguiente pregunta: ¿quién, y en qué medida, sería capaz de ocupar el espacio que se generaría si tal escenario llegara realmente a materializarse?

Como se mencionó anteriormente, no todos los países sufrirían pérdidas estratégicas en caso de una reducción de la presencia estadounidense. Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia parecen ser los candidatos más probables para desempeñar un papel clave en la compensación parcial de la disminución de la influencia de Estados Unidos, aprovechando la situación para reforzar su propio peso político y ampliar sus capacidades estratégicas.

Alemania cuenta con los recursos financieros, el potencial humano, las capacidades tecnológicas y, lo más importante, la voluntad política y el horizonte de planificación necesarios para ejecutar programas plurianuales. Berlín trabaja con marcos financieros de medio plazo vinculantes, utiliza fondos protegidos y contratos de adquisición multianuales, y coordina a los ministerios y a la industria en hojas de ruta de capacidades que se extienden hasta principios de la década de 2030.

Soldados alemanes frente a un vehículo militar Boxer, un nuevo tipo de transporte blindado de personal, en los cuarteles Julius Leber de Berlín, durante la visita del primer ministro británico a la capital alemana el 24 de abril de 2024. (Foto: HENRY NICHOLLS / POOL / AFP)

Esta estructura permite a Alemania comprometerse desde ahora con grandes proyectos secuenciales, como el desarrollo de una defensa aérea y antimisiles en capas, un aumento sostenido en la producción de municiones, la integración de nuevos aviones de combate, la renovación de las fuerzas terrestres pesadas y la modernización de la infraestructura para el despliegue avanzado.

Con la llegada de un nuevo liderazgo encabezado por Friedrich Merz, Alemania ha modificado de manera significativa su rumbo político-militar, declarando su intención de convertirse en uno de los pilares principales de la OTAN en el continente europeo. Como parte de esta estrategia, Berlín planea aumentar su presupuesto militar del actual 2,4% del PIB (unos 95 000 millones de euros) al 3,5% del PIB (aproximadamente 162 000 millones de euros) para 2029, lo que representará la mayor expansión del gasto en defensa en la historia de la Alemania moderna.

Otro competidor clave por el liderazgo regional junto con Alemania es Francia, que históricamente ha ocupado una posición destacada dentro de la arquitectura de seguridad europea. En los últimos años, Francia ha contribuido de manera constante con alrededor del 10% del presupuesto total de la OTAN, lo que la convierte en uno de los principales donantes financieros y militares de la Alianza.

La posición única de Francia en Europa se basa en su disuasión nuclear independiente. Con cerca de 290 ojivas en submarinos y aviones de combate, París mantiene una capacidad garantizada de represalia nuclear y proyecta un posible, aunque limitado, paraguas nuclear para sus socios europeos, conservando al mismo tiempo un control nacional exclusivo. Esto contribuye a respaldar cualquier posible debilitamiento de las garantías estadounidenses. Aunque su arsenal es menor que el de Rusia y Estados Unidos, su modernización constante mantiene su credibilidad y refuerza el papel de Francia en los debates sobre el reparto de cargas dentro de la Alianza.

El Reino Unido, que posee la marina más poderosa de la Alianza del Atlántico Norte después de la de Estados Unidos, también es considerado uno de los principales aspirantes al papel de líder potencial dentro de la arquitectura de seguridad europea. Londres ha anunciado oficialmente su intención de aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, al igual que Francia, lo que debería fortalecer significativamente sus capacidades militares y ampliar su presencia en regiones estratégicamente clave, entre ellas el Atlántico Norte y el Alto Norte, la brecha GIUK, los mares Báltico y del Norte, el Mediterráneo y Mediterráneo Oriental, el mar Rojo y el golfo Pérsico, así como el Indo-Pacífico, en particular el océano Índico y el mar de China Meridional. El estatus del Reino Unido como potencia nuclear sigue siendo un factor igualmente relevante: el país posee aproximadamente 225 ojivas nucleares.

Italia ha manifestado sus ambiciones al anunciar su plan de aumentar el gasto en defensa del 1,49% del PIB (aproximadamente 35 000 millones de euros) al 2% (46 800 millones de euros) para 2025, y avanzar hacia el 5% (117 000 millones de euros) para 2035. Sin embargo, incluso con estos objetivos, las capacidades militares, la profundidad industrial y el peso político de Italia siguen estando por detrás de los de Alemania, Francia y el Reino Unido, lo que la convierte en un candidato menos probable para desempeñar un papel central en la arquitectura de seguridad europea a corto plazo.

A pesar del acuerdo entre los aliados para aumentar el gasto en defensa, el progreso desigual pondrá a prueba la cohesión de la Alianza como una variable estructural de la seguridad colectiva. Los Estados de primera línea, sometidos a presión directa por parte de Rusia, podrían alcanzar antes el umbral del 5%, mientras que otros se quedarán rezagados, reflejando diferencias en la percepción de las amenazas y en las limitaciones de recursos. Esta divergencia puede intensificar las disputas sobre el reparto de cargas, complicar la planificación y el despliegue de fuerzas al generar problemas de acción colectiva, y provocar tensiones en torno a las políticas de adquisición e industria de defensa, dinámicas que podrían escalar hasta convertirse en conflictos políticos dentro de la propia Alianza.

Marco prospectivo de liderazgo europeo

Ningún país europeo por sí solo es capaz de compensar plenamente un posible debilitamiento de la presencia estadounidense. El escenario más probable sería la creación de una coalición de Estados con mayor interés en mantener la estabilidad y las capacidades de defensa en la región. En la práctica, esta coalición probablemente estaría compuesta por Alemania, Francia y el Reino Unido como núcleo central, complementados por los países de Europa del Este y los Estados bálticos, que se encuentran directamente expuestos a las amenazas rusas.

Estos Estados, al ser los más vulnerables y los más motivados, serían los primeros en presentar iniciativas de seguridad concretas, asumir el liderazgo en el desarrollo de nuevos mecanismos de cooperación y defender activamente los intereses estratégicos de Europa dentro de la OTAN y la Unión Europea. Por el contrario, la parte occidental del continente desempeñaría un papel más de apoyo, contribuyendo principalmente con recursos financieros y respaldo político, pero sin la misma urgencia ni el mismo grado de implicación en la planificación operativa. Esta división de roles crearía un equilibrio en el que el “gran trío” y los Estados de primera línea marcarían la agenda, mientras los demás la reforzarían desde la retaguardia, garantizando que Europa en su conjunto mantenga la cohesión frente a una presencia estadounidense reducida.

La cooperación entre estos Estados probablemente se basará en los principios de equilibrio y control mutuo, evitando que una sola potencia domine las cuestiones de seguridad. Al mismo tiempo, el “gran trío” (Alemania, Francia y el Reino Unido) asumirá roles estratégicos de liderazgo, en función de sus capacidades económicas, militares y tecnológicas.

Sin embargo, este enfoque está plagado de varios problemas potenciales.

  • En primer lugar, existe el riesgo de que surjan divisiones internas derivadas de las distintas percepciones de las amenazas, los intereses y las prioridades de política exterior.
  • En segundo lugar, los países europeos enfrentan la necesidad de aumentar significativamente su gasto en defensa, lo que genera tensiones políticas y sociales en un contexto de recursos presupuestarios limitados.
  • En tercer lugar, la ausencia de un líder único, como Estados Unidos, podría dificultar la toma de decisiones operativas en situaciones de crisis, debilitando la eficacia estratégica general de Europa.
  • Por último, una posible reducción de la presencia militar estadounidense podría debilitar el factor disuasorio en las relaciones con Rusia, aumentando el riesgo de desestabilización en las fronteras orientales de la UE y la OTAN.

En este contexto, Ucrania se convertirá en el principal apoyo del “gran trío,” ya que su experiencia única en la resistencia frente a Rusia aporta un conocimiento práctico sobre la guerra moderna, la resiliencia y la adaptación, elementos indispensables para fortalecer la arquitectura de seguridad europea en su conjunto. En este sentido, el papel de Ucrania va mucho más allá de ser un socio simbólico: se transforma en un maestro práctico, cuyo conocimiento probado en el campo de batalla refuerza directamente la resiliencia colectiva de la OTAN y la estabilidad estratégica de Europa en su conjunto.

A largo plazo, la capacidad de Europa para adaptarse a una posible reducción del compromiso estadounidense dependerá no solo de las ambiciones de los Estados individuales, sino también de la capacidad institucional de la OTAN y de la Unión Europea para alinear prioridades y recursos. En lugar de depender de un líder dominante, la resiliencia estratégica de Europa se basará en una cooperación en red, sustentada en la adquisición conjunta de defensa, la interoperabilidad y la inversión colectiva en innovación tecnológica.

Conclusión

Teniendo en cuenta todos los factores, una retirada parcial de las tropas estadounidenses de Europa parece probable. La prioridad estratégica se está desplazando hacia la región del Indo-Pacífico, debido al creciente poder de China y al riesgo de una posible crisis en torno a Taiwán. Los recursos limitados, por las restricciones presupuestarias, la escasez de personal y la sobrecarga de la industria de defensa, exigen contratos a largo plazo y una ampliación de capacidades. Al mismo tiempo, Estados Unidos sigue necesitando mantener en Europa su disuasión nuclear extendida, así como sus capacidades espaciales, cibernéticas, de alerta temprana y de seguridad en las comunicaciones marítimas. Por tanto, no se trata de abandonar sus compromisos con la Alianza, sino de calibrar su presencia para adaptarla a las nuevas prioridades estratégicas.

El escenario más probable es una reducción gradual del contingente permanente, acompañada de rotaciones más frecuentes y una mayor dependencia del preposicionamiento de fuerzas y material. La carga de seguridad se desplazará hacia el “gran trío.” El Reino Unido asumirá el componente marítima y submarina, la proyección de fuerza mediante grupos de portaaviones, la guerra cibernética y electrónica, y el apoyo en el mar Negro y el Atlántico Norte. Francia aportará la disuasión nuclear independiente, la capacidad para operaciones expedicionarias, el poder aéreo ofensivo y la defensa aérea de medio alcance. Alemania, por su parte, se encargará de las fuerzas terrestres pesadas, la logística, el mantenimiento y el suministro de municiones, así como del despliegue de sistemas de defensa aérea y antimisiles en capas en Europa Central.

A los demás aliados se les asignarán nichos específicos en áreas como la lucha contra vehículos aéreos no tripulados (UAV), la defensa aérea de corto alcance, las contramedidas contra minas y la guerra antisubmarina. Las brechas críticas que Europa debe cubrir con rapidez incluyen el transporte aéreo estratégico y el reabastecimiento en vuelo, las capacidades ISR (inteligencia, vigilancia y reconocimiento), la defensa aérea y antimisiles integrada, las reservas sostenibles de municiones y las capacidades de mantenimiento, reparación y revisión (MRO). Por su parte, Estados Unidos conservará el marco C4ISR (comando, control, comunicaciones, computadoras, inteligencia, vigilancia y reconocimiento), el paraguas nuclear y su preparación para un refuerzo rápido en caso de crisis.

Al final, la cuestión sobre qué tan rápidas y profundas serán las reducciones sigue sin resolverse. Es difícil prever los pasos concretos: la elección entre recortes simbólicos y reducciones más sustanciales dependerá de la evolución en la región del Indo-Pacífico, del comportamiento de Rusia, de la disposición de los europeos a aumentar su gasto en defensa y de las restricciones impuestas por el Congreso estadounidense, los acuerdos básicos y los planes de la OTAN. La lógica del momento apunta más a una evolución gradual que a una ruptura abrupta: Estados Unidos reducirá su “huella pesada” pero conservará las funciones estratégicas clave, mientras que Europa deberá traducir sus ambiciones en una preparación militar tangible y medible.


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