Gestionando los cielos: Europa, Rusia y las políticas de protección del espacio aéreo sobre Ucrania

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By Tymur Ivasiv
Februar 12, 2026

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Puntos clave

  • Las operaciones aéreas rusas contra Ucrania han convertido el flanco oriental de la OTAN en una zona de violaciones recurrentes del espacio aéreo, creando una brecha estructural entre la intensidad de la amenaza y la cautela de las respuestas colectivas.
  • El patrón de “ambigüedad gestionada” en el manejo de drones y misiles —intercepciones, protestas y reclasificación de eventos como meros «incidentes»— refleja esfuerzos deliberados para evitar la escalada, pero también mantiene la mayoría de los casos por debajo de los umbrales de crisis de la alianza.
  • Los estados de primera línea como Polonia, Rumanía y Moldavia asumen un riesgo operativo desproporcionado, lo que provoca cambios legales y procedimentales en la interceptación, mientras que los aliados más distantes priorizan la unidad de la alianza y la estricta no entrada en el espacio aéreo ucraniano.
  • Los instrumentos de la OTAN y la UE están convergiendo en un modelo de «integración defensiva sin entrada operativa»: una coordinación más profunda de sensores, entrenamiento y mando con Ucrania, pero sin autoridad compartida para involucrar activos rusos sobre el territorio ucraniano.
  • Esta restricción funciona como una gestión de riesgos a corto plazo, pero debilita gradualmente la disuasión al normalizar el desbordamiento y enviarle a Moscú la señal de que la presión cuidadosamente calibrada en el espacio aéreo conlleva un costo limitado, especialmente a medida que crece la fatiga política en Europa.
  • A medio plazo, la continuación de los incidentes y la posible desviación de la atención de EE. UU. hacia otros teatros podrían obligar a los europeos a elegir entre una arquitectura de protección del espacio aéreo más integrada con Ucrania o aceptar un mayor riesgo estratégico en sus propias fronteras.

Las incursiones aéreas rusas contra Ucrania han convertido gran parte de Europa en una línea de frente de facto del espacio aéreo disputado. Drones, misiles de crucero y aeronaves militares lanzados contra los objetivos en Ucrania frecuentemente se aproximan a las fronteras de los Estados miembros de la OTAN, las bordean y las desbordan, provocando así interceptaciones, cierres de espacio aéreo y protestas diplomáticas desde el mar Báltico hasta el mar Negro y el Alto Norte. Para los países de primera línea, estos episodios ya no son anomalías, sino un patrón recurrente, que difumina la línea entre la guerra «en» Ucrania y la seguridad de Europa en su conjunto.&

A pesar de que los incidentes siguen acumulándose, la respuesta colectiva de Europa ha permanecido cautelosa y fragmentada. Los gobiernos han aumentado el apoyo a la defensa antiaérea y antimisiles de Ucrania, reforzaron sus propias defensas y ampliaron sus misiones de policía aérea; aun así, no han llegado a adoptar un modelo de protección verdaderamente coordinado con el país vecino. Las propuestas paraun «cierre del cielo» parcial o un «escudo aéreo» reaparecen tras cada incidente de importancia solo para chocar con preocupaciones habituales sobre la escalada, la autoridad legal y la cohesión de la Alianza.

Mapeo del alcance de las incursiones aéreas de Rusia

Las tensiones aéreas se convirtieron en un rasgo definitorio del entorno de seguridad de Europa en múltiples regiones. En la frontera oriental de la OTAN, países como Polonia, Rumanía y los Estados bálticos informan regularmente de intrusiones de drones, sobrevuelos de misiles y entradas no autorizadas de aeronaves militares rusas, generalmente vinculados a los ataques contra objetivos ucranianos situados en proximidad. En el norte de Europa, Finlandia, Suecia y Noruega se enfrentaron con cortas pero deliberadas violaciones del espacio aéreo que involucran aviones de vigilancia y de combate. La región del mar Negro ha sido testigo de cómo Turquía interceptó drones no identificados que se aproximaban desde alta mar. mientras que los Estados de Europa occidental como Bélgica han informado de un aumento de la actividad de drones en proximidad con su infraestructura estratégica. Más allá de la Alianza, Moldavia experimentó en repetidas ocasiones incursiones transfronterizas y la caída de restos de drones vinculados a las operaciones de Rusia a lo largo de la frontera sur de Ucrania. Estos incidentes reflejan el desafío geográficamente disperso pero coordinado para la integridad del espacio aéreo europeo.

Países europeos con la exposición más alta

Los países más cercanos a la guerra en Ucrania han experimentado las violaciones de su espacio aéreo más frecuentes y graves por parte de activos militares rusos, aunque no uniformemente. La supervisión basada en eventos sugiere que Moldavia y Rumanía en su conjunto concentran la gran mayoría de los incidentes de desbordamiento registrados en el corredor de la frontera occidental de Ucrania, lo que ayuda a explicar por qué ambos Estados consideran los fragmentos de drones e intrusiones transfronterizas como un problema persistente de seguridad más que percances aislados.

Polonia sigue siendo también un caso crítico en primera línea, no necesariamente porque tenga el mayor número total, sino porque ha documentado múltiples incidentes de gran repercusión mediática en los que drones y misiles rusos han cruzado su territorio, incluido el descubrimiento de un misil de crucero no detectado en lo más profundo de su espacio aéreo y una incursión masiva de drones en 2025. Estos acontecimientos han dado lugar a interceptaciones en directo, consultas de la OTAN y protestas diplomáticas formales.

Moldavia, aunque militarmente neutral y fuera de la OTAN, se ha enfrentado a repercusiones regulares de los ataques rusos contra el suroeste de Ucrania. Drones y misiles rusos habían cruzado el espacio aéreo de Moldavia o se estrellaron en su territorio en repetidas ocasiones. Las autoridades habían cerrado varias veces el espacio aéreo ante la presencia de rutas activas de drones y convocaron a diplomáticos rusos para protestar por las violaciones. Al carecer de sistemas de defensa antiaérea propios, el país ha dependido de la vigilancia del espacio aéreo, la presión diplomática y la visibilidad internacional para gestionar la amenaza, calificando consistentemente estas incursiones como riesgos inaceptables para los civiles y la soberanía nacional.

Rumanía ha denunciado múltiples casos de drones rusos violando su espacio aéreo y recuperación de sus restos en el suelo rumano, particularmente en la región del Danubio. En respuesta, las autoridades han incrementado sus patrullas aéreas y han convocado a los diplomáticos rusos.

Turquía ha interceptado una aeronave rusa cerca de sus fronteras marítimas y derribó un dron que se aproximaba desde el mar Negro, planteando su respuesta como firme pero calibrada, para evitar una escalada. Los países bálticos han enfrentado incursiones recurrentes de aeronaves y drones desde Rusia, incluyendo una intrusión de aviones de caza en el espacio aéreo de Estonia, que provocó activación de consultas en la OTAN. En estos casos, los gobiernos reaccionaron con intensificadas patrullas aéreas, actualización de leyes y protocolos de interceptación y llamados a una mayor intervención de la OTAN.

Países europeos con la exposición moderada

Un conjunto más amplio de Estados europeos se halló con violaciones de espacio aéreo rusas con una frecuencia moderada. En este conjunto se incluyen los Estados miembros de la OTAN a lo largo de sus flancos oriental y septentrional: Finlandia, Suecia y Noruega, así como Turquía y Bélgica. Aunque estos
países no hayan enfrentado el mismo volumen o gravedad de las incursiones como Rumanía o Moldavia, sus experiencias reflejan un claro patrón de una deliberada presión aérea por parte de Rusia.

Finlandia y Suecia han registrado numerosas violaciones de corta duración, típicamente de aeronaves militares rusas entrando o bordeando su espacio aéreo sobre el mar Báltico. Ambos Estados desplegaron aviones de combate, condenaron públicamente las incursiones y reforzaron la coordinación regional.

Noruega ha denunciado inusuales pero notorias violaciones en el Árctico, fortaleciendo su estado de preparación en el Alto Norte. Bélgica ha investigado presunta actividad de drones de vigilancia cerca de sus instalaciones militares y respondió aumentando la seguridad y control sin atribuir la responsabilidad directa públicamente.

En este grupo más amplio, los Estados generalmente optan por una combinación de preparación militar y moderación diplomática. Las violaciones se registran y se abordan mediante protestas formales,
interceptaciones y cooperación regional, con el objetivo compartido de preservar la soberanía del espacio aéreo sin provocar una escalada.

Países expuestos no europeos

Las provocaciones rusas en el espacio aéreo no se han limitado a Europa. En Asia Oriental, Japón y Corea del Sur han desplegado aviones de combate en varias ocasiones en respuesta a las aeronaves militares rusas que penetraban o se acercaban a sus zonas de defensa aérea. Japón registró violaciones directas de su espacio aéreo, entre ellas un incidente en el que sus cazas dispararon bengalas de advertencia para disuadir a un avión de patrulla ruso. Corea del Sur también registró repetidas incursiones aéreas rusas en su zona de identificación de defensa aérea durante vuelos militares conjuntos de Rusia y China, y ha respondido con misiones de interceptación y protestas oficiales.

En América del Norte, Estados Unidos y Canadá han rastreado los bombarderos rusos de largo alcance y aviones de reconocimiento acercándose a su espacio aéreo árctico. Mientras la mayoría de estos vuelos se efectuaron sin cruzar sus fronteras, requirieron interceptaciones por parte de aviones del NORAD y reafirmaron la necesidad de vigilancia constante del perímetro septentrional de la defensa aérea.

Estos casos demuestran que el desafío de las normas aéreas internacionales por parte de Rusia no se limita a su vecindad inmediata. Desde Europa y hasta Asia Oriental y América del Norte, los países hallan sus respuestas con combinaciones de vigilancia militar, participación diplomática y coordinación regional destinada a disuadir nuevas violaciones y mantener control sobre sus cielos.

Por qué las respuestas «cautelosas» son estructuralmente racionales

Los gobiernos europeos y aliados de la OTAN reaccionaron a las violaciones de espacio aéreo por parte de Rusia con un rigor notablemente desigual, y esta variación no es aleatoria. Sigue una geografía de riesgo bastante consistente: mientras más cerca esté ubicado un país de Rusia o del teatro de operaciones ucraniano, presenta una mayor tendencia a tratar las intrusiones como un problema de seguridad más que una mera fricción diplomática. Aun así, incluso los Estados con la mayor exposición a las intrusiones a menudo se han mostrado cautelosos. Lo que los espectadores describen como «debilidad» no es tanto una carencia de conciencia, sino una limitación estructural para dar una respuesta a los incidentes en el espacio aéreo de una manera que sea creíble y segura simultáneamente.

Mark Rutte, el jefe de la OTAN, durante la sesión de primavera de la Asamblea Parlamentaria de la OTAN
celebrada en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos el 25 de mayo de 2025.
Foto de Ken LaRoc

El primer obstáculo es la ambigüedad en tiempo real. Muchos episodios se desarrollan en cuestión de minutos y el objeto puede ser pequeño, volar a baja altura, ser visible en el radar de manera intermitente o estar afectado por la guerra electrónica que distorsiona la navegación y comunicaciones. En ese lapso, los responsables rara vez pueden identificar con certeza el objeto y si va armado, si sus maniobras son intencionadas o están causadas por una avería y adónde se dirige. Por estas razones, el incentivo es evitar la acción cinética irreversible a base de información incompleta.

El segundo obstáculo es el dilema operacional de la interceptación. Derribar un objetivo puede reducir el riesgo a corto plazo, pero prácticamente garantiza uno secundario: los restos caerán en algún lugar, y si caen en el territorio del estado defensor, causando daños o víctimas civiles, ése asumirá la carga política y legal inmediatamente. Esto empuja a los gobiernos a adoptar procedimientos de seguimiento, vigilancia y alerta, y a intervenir solo en condiciones más claras, ya que una interceptación técnicamente exitosa puede seguir provocando una crisis interna que socave el apoyo público a la política de defensa aérea.

El tercer obstáculo es la dinámica de escalada. La defensa aérea es uno de los instrumentos militares más directos; y cuando el infractor es Rusia, los gobiernos tienden a asumir que tan solo un derribo podría desatar una cadena rápida de represalias, reconvenciones y presiones de los aliados que sobrepasen a la diplomacia. Incluso si una respuesta más definida nunca proceda, el incidente puede reforzar las posturas políticas y reducir el espacio para una desescalada controlada. Muchos Estados prefieren preservar su capacidad de decisión antes que verse instigados a una escalada por un incidente fronterizo.

El cuarto obstáculo es la política de la Alianza. La capacidad de disuasión de la OTAN se basa en la unidad, y la unidad a menudo exige respuestas que todos los aliados pueden sostener a pesar de diferentes percepciones de peligro, culturas legales y tolerancia al riesgo. Esto genera un sesgo estructural hacia procedimientos estandarizados, avisos colectivos y otras acciones que encajen estrictamente en la defensa territorial. Para los países de la Alianza, tales medidas son mucho más fáciles de sostener política y legalmente que movimientos unilaterales dramáticos que podrían exponer las divisiones internas. En este marco, los Estados de primera línea que enfrentan desbordamientos recurrentes derivados de los ataques contra Ucrania podrían presionar en favor de medidas más contundentes; por el contrario, los aliados más distantes tienden a priorizar opciones que permitan contener los incidentes sin que ello suponga redefinir los umbrales de actuación para la Alianza.

En conjunto, estas limitaciones producen una ambigüedad controlada: los Estados reaccionan con rapidez y visibilidad, pero a menudo eligen medidas que reducen el riesgo y preservan el control, incluso si ante observadores externos parecen insuficientes.

Es aquí donde cobra relevancia la clasificación de muchos casos como «incidentes». Esto no significa que sean inocuos, sino que no alcanzan el umbral político para activar los mecanismos de escalada de la Alianza. La gestión de los desbordamientos de drones por parte de Rumanía en el Danubio ha seguido la lógica de reconocimiento público y ajustes de la defensa, pero subrayando que se trata de efectos secundarios de los ataques contra Ucrania y no de un ataque deliberado contra el territorio de la OTAN. La respuesta de Polonia ante el incidente del misil de 2022 se rigió por una preocupación similar: sus líderes actuaron con la debida responsabilidad, pero evitaron desencadenar una crisis en el seno de la Alianza una vez que se determinó que el suceso no constituía un ataque deliberado ruso contra territorio polaco.

El lenguaje institucional de la OTAN refuerza la compartimentación de los sucesos, ya que las consultas activadas por el Artículo 4 son políticamente trascendentales y pueden resultar escalatorias si se utilizan en exceso. Esto resulta, como se mencionó antes, en la ambigüedad controlada: los Estados pueden responder militarmente de forma defensiva, pero procedimentalmente mantener los incidentes por debajo del nivel de emergencia formal. Actualmente, es más probable que los Estados de primera línea presionen por realizar consultas ante violaciones cada vez más frecuentes y graves, mientras que los aliados más distantes prefieren mantener la categoría de “incidente” lo más amplia posible para evitar decisiones drásticas ante la presión de la zona gris.

La tendencia en Europa es, por tanto, mixta. Por un lado, las violaciones empujan a los países hacia reglas más estrictas, toma de decisiones más rápida y una mayor preparación, especialmente en el flanco oriental. Por otro, mientras más se prolonga el conflicto, más se convierte la fatiga política en una variable estratégica. Los gobiernos enfrentan los costes acumulados de un estado de alerta constante, gastos de defensa, presión económica y agotamiento público. La fatiga no conduce a la capitulación, pero sí incentiva una gestión contenida frente a la confrontación abierta, y también puede ampliar espacio para aquellas voces que sostienen que la estabilidad justifica la concesión de ciertas prerrogativas.

En este contexto, la analogía histórica del apaciguamiento de la agresión alemana de 1938, asociada con los Acuerdos de Múnich, sigue siendo políticamente influyente. Estos dos casos no son idénticos. La Europa de hoy cuenta con estructuras de defensa colectiva y disuasión nuclear, una interdependencia económica radicalmente distinta y un esfuerzo de apoyo activo a Ucrania que carece de equivalente directo a finales de la década de 1930. Aun así, el apaciguamiento no fue solo un fracaso moral; constituyó un error de cálculo estratégico que permitió al agresor aprender que la asunción de riesgos tendría recompensa e incrementó el coste final de la resistencia.

La lección práctica no es que Europa esté repitiendo 1938, sino que un conflicto prolongado puede normalizar comportamientos anómalos y generar una acomodación gradual. Cuando el instinto primario es minimizar las crisis y evitar “provocar” al agresor a cualquier precio, éste puede interpretar la contención como un espacio estratégico para seguir actuando. Con el tiempo, esta dinámica puede agravar el conflicto, alargarlo y dificultar las posibles soluciones, ya que respuestas débiles e inconsistentes reducen la disuasión e incentivan a seguir poniendo a prueba los límites.

Estas respuestas estructuralmente cautelosas condicionan no solo la reacción ante incidentes
individuales, sino también la disposición de los estados a transformar la estructura de defensa aérea alrededor de Ucrania. Esta realidad cobra una mayor visibilidad en los debates sobre si ciertas áreas del espacio aéreo ucraniano deberían quedar sujetas a alguna modalidad de protección externa.

Perspectivas de un cierre parcial del espacio aéreo sobre Ucrania

Un cierre parcial del espacio aéreo ucraniano –en la práctica, una zona de exclusión aérea limitada– sigue siendo poco probable a medio plazo, no porque la idea carezca de lógica operativa, sino porque requeriría un mandato político que la mayoría de los aliados no están dispuestos a conceder. Desde la perspectiva de Kyiv, el argumento es consistente: un mayor apoyo externo para la protección aérea, ya sea en forma de «cierre del espacio aéreo» o de creación de un corredor protegido, salvaría vidas civiles, limitaría los daños a las infraestructuras y reduciría las posibilidades de que los misiles o drones se desviaran hacia los Estados vecinos. Una interceptación más eficaz sobre Ucrania debería significar menos incidentes transfronterizos y menos caída de escombros en territorio de la OTAN.

Sin embargo, convertir esto en política obliga a los gobiernos a responder a preguntas que prefieren que sigan siendo teóricas: quién tiene la autoridad legal para enfrentarse a objetivos rusos, sobre qué espacio aéreo, bajo qué normas y cómo se gestionaría las represalias. Esas son precisamente las decisiones que la mayoría de los gobiernos quieren evitar. Por eso el factor limitante es político, no técnico. Una vez que la aplicación se traslada, aunque sea parcialmente, al espacio aéreo ucraniano, la línea entre el apoyo y la participación directa se vuelve difícil de defender.

Foto: Jens Buttner/Pool via REUTERS

En cambio, los aliados están profundizando la integración defensiva sin cruzar esa línea. Dentro del Grupo de Contacto de Defensa de Ucrania, la Coalición Integrada de Defensa Aérea y Antimisiles coordina las contribuciones según prioridades compartidas: sistemas e interceptores, pero también formación, mantenimiento y operatividad a largo plazo. La Asistencia y Entrenamiento de Seguridad para Ucrania de la OTAN (NSATU) coordina la formación y el flujo de asistencia desde el territorio aliado, mejorando la coherencia y manteniéndose explícitamente fuera del espacio aéreo ucraniano. La Lista de RequisitosPrioritarios de Ucrania (PURL) centra la financiación y la adquisición en paquetes de capacidades urgentes. En conjunto, estos instrumentos impulsan la integración a través de la organización y la asignación de recursos, sin alterar los límites operativos.

A medida que esta cooperación madura, los intereses divergen más claramente entre los «Estados que sufren» y los «Estados que deciden». Los países de frontera, expuestos repetidamente a desbordamiento del conflicto, ven reducidos los tiempos de alerta y aumentada presión interna, y tienden a pasar de una vigilancia ad hoc a normas permanentes, autoridades legales y rutinas creadas para la recurrencia. Por el contrario, los aliados más grandes de Europa occidental siguen mostrándose cautelosos ante cualquier cosa que desdibuje la línea entre apoyar a Ucrania y luchar directamente contra Rusia. Para Alemania y Francia, aunque de diferentes maneras, la prioridad es evitar una guerra entre la OTAN y Rusia, reforzar el perímetro de la OTAN y ayudar a Ucrania a defenderse, en lugar de ampliar la presencia de la OTAN al espacio aéreo ucraniano.

Las políticas de la OTAN y la UE reflejan este compromiso. La Alianza refuerza la defensa aérea y antimisiles integrada y la vigilancia aérea a lo largo del flanco oriental, pero enmarca estas medidas estrictamente como defensa del territorio de la Alianza. La cooperación con Ucrania crece a través de la formación, la planificación, el equipamiento y la interoperabilidad, mientras que la posición oficial sigue siendo que la OTAN no hará cumplir el espacio aéreo ucraniano. La UE complementa esto con resiliencia, supervisión y desarrollo de capacidades, en lugar de funciones de combate. El modelo emergente es una integración defensiva sin intervención operativa: los aliados ayudan a Ucrania a ver antes, coordinarse más rápido e interceptar con mayor eficacia, mientras que la OTAN evita asumir la responsabilidad legal de vigilar el espacio aéreo ucraniano.

Esta moderación se justifica a menudo como disuasión a través de la precaución, pero también refleja una apuesta más amplia por el tiempo. Muchos gobiernos europeos actúan sobre la base de la suposición de que el enfoque estratégico de Rusia seguirá centrado en Ucrania y que el riesgo de un ataque directo a la OTAN será bajo mientras no se superen ciertos umbrales. Por lo tanto, los incidentes se gestionan como problemas técnicos y jurídicos, y no como pasos hacia la guerra. En el fondo, existe la creencia de que el conflicto puede contenerse hasta que el liderazgo de Rusia, las limitaciones económicas o el agotamiento estratégico creen un momento más favorable para la negociación.

En ese contexto, el «cierre parcial del espacio aéreo» sigue siendo políticamente atractivo, pero
estratégicamente limitado. Promete menos drones sobre Polonia o Rumanía y menos fragmentos
cayendo en territorio de la OTAN, pero solo a cambio de convertir a la OTAN en un participante activo en una zona de guerra. Por ahora, la mayoría de los gobiernos europeos consideran que ese precio es demasiado alto. Prefieren una estructura en la que Ucrania reciba más sistemas de defensa aérea, apoyo en materia de inteligencia e interoperabilidad, mientras que la OTAN aumenta su propia preparación en la frontera y mejora su capacidad para gestionar las incursiones en el territorio de la Alianza, una forma de gestión de riesgos que da prioridad a evitar una escalada inmediata, aunque solo se aborde parcialmente la disuasión a largo plazo.

En conjunto, estas opciones apuntan a una preferencia constante por una integración más profunda sin una imposición directa sobre Ucrania. Sin embargo, incluso dentro de ese límite, los gobiernos siguen enfrentándose a decisiones prácticas sobre hasta dónde puede llegar la defensa aérea conjunta con Ucrania en los próximos años.

Cooperación OTAN–Ucrania en defensa aérea: análisis basado en escenarios

Aunque a corto plazo parece poco probable que se alcance un acuerdo completo con Ucrania para la protección conjunta del espacio aéreo, la recurrente presencia de drones y misiles rusos que se acercan a las zonas fronterizas de la OTAN lleva a los gobiernos europeos a pensar en opciones realistas en lugar de eslóganes.

En la práctica, lo que a menudo se describe como un «escudo aéreo compartido» no es una decisión única, sino un abanico de posibles medidas, que van desde el refuerzo puramente defensivo dentro del territorio de la OTAN hasta medidas que se acercaran a una intervención directa en Ucrania. Si tal concepto pasara alguna vez del debate a la política, lo más plausible sería que adoptara la forma de decisiones incrementales que preservaran el control de la escalada, la claridad jurídica y la cohesión de la Alianza.

El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, habla en un acto de la OTAN para conmemorar el 75 aniversario de la alianza, en Washington, EE.UU., el 9 de julio de 2024. REUTERS/Yves Herman

Esas limitaciones reducen las opciones, pero no las eliminan. Los Estados que se ven expuestos repetidamente al desbordamiento del conflicto, especialmente a lo largo del flanco oriental, tienen fuertes incentivos para reducir el riesgo, aumentar la previsibilidad y evitar que los incidentes fronterizos se conviertan en algo habitual. Por lo tanto, los escenarios que se presentan a continuación describen los cambios prácticos que podrían producirse si se profundizara la cooperación, desde medidas que ya son
compatibles con la posición actual de la OTAN, pasando por opciones que siguen siendo políticamente controvertidas, hasta aquellas que son casi imposibles en las condiciones actuales.

Escenarios realistas

Escenario 1: Escudo fronterizo reforzado

En este escenario, los aliados de la OTAN refuerzan la defensa aérea en el flanco oriental de la Alianza para proteger su propio territorio. En la práctica, esto significa patrullas aéreas más frecuentes, más vuelos de vigilancia, radares y sistemas de alerta mejorados y más maniobras conjuntas a lo largo de la frontera. Algunos elementos de este escenario ya son visibles en el despegue rutinario de cazas, la vigilancia persistente cerca del flanco oriental y los paquetes de refuerzo periódicos cuando aumenta el nivel de amenaza.

La lógica política es sencilla: este enfoque mantiene todas las decisiones de detección, seguimiento y posible intervención estrictamente dentro del espacio aéreo y el territorio soberano de la OTAN, bajo las normas nacionales de intervención y los procedimientos de patrulla aérea de la OTAN. Es jurídicamente sencillo porque se enmarca como una defensa territorial rutinaria y no como operaciones sobre Ucrania, y muestra la disposición sin cruzar el umbral de la participación directa en la guerra. La principal limitación es el coste y el ritmo: mantener un alto nivel de preparación es caro y supone una carga para el personal, pero sigue siendo la opción más aceptable políticamente para la Alianza.

Escenario 2: Integración de sistemas de sensores y de mando y control con Ucrania

En este escenario, la OTAN y Ucrania profundizan la integración técnica en los procesos de alerta
temprana, seguimiento y comando, sin otorgar a las fuerzas de la OTAN la autoridad para enfrentarse a amenazas en el espacio aéreo ucraniano. El núcleo es una imagen aérea compartida, un intercambio de datos más rápido, procedimientos interoperables y una mejor coordinación de las señales para las defensas aéreas ucranianas. El atractivo es que mejora la eficacia sin cambiar los límites legales: Ucrania sigue siendo responsable de los enfrentamientos sobre su territorio, y la OTAN sigue siendo responsable de los enfrentamientos sobre el territorio de la OTAN.

Este escenario es cada vez más plausible porque se ajusta al modelo existente de apoyo, formación e interoperabilidad, incluida la adopción gradual por parte de Ucrania de prácticas de comunicación y conocimiento de la situación compatibles con la OTAN. Los países más inclinados a impulsar esta iniciativa son los más cercanos al riesgo, especialmente Polonia, los países bálticos, Rumanía y los países nórdicos, ya que una detección más temprana y un mejor seguimiento reducen el riesgo de que el conflicto se extienda a su propio espacio aéreo.

Escenario poco probable

Escenario 3: Interceptación preventiva antes del cruce de fronteras

Este escenario implica interceptar drones o misiles rusos en su trayectoria antes de que crucen el espacio aéreo de la OTAN, posiblemente mientras aún se encuentran sobre Ucrania. Puede parecer técnicamente racional, ya que una interceptación temprana podría reducir la posibilidad de que los restos caigan en zonas pobladas de la OTAN.

Sin embargo, desde el punto de vista político y jurídico, sigue siendo muy improbable. Requeriría utilizar armas en territorio ucraniano o sobre él, o adoptar una doctrina permanente que considere que un objeto que se aproxima puede ser atacado antes de que se produzca una violación formal de la frontera. Esto supone cruzar un umbral importante, ya que puede interpretarse como una acción directa de la OTAN contra activos rusos en el escenario ucraniano. Incluso si un solo país intentara hacerlo de forma unilateral, plantearía problemas de cohesión de la alianza y abriría la vía a una confrontación directa entre la OTAN y Rusia.

Escenario casi imposible

Escenario 4: Protección parcial del espacio aéreo sobre el oeste de Ucrania impuesta por la OTAN

Se trata, en la práctica, de una zona de exclusión aérea limitada, aunque se denomine de otra manera. Los aviones y/o los sistemas de defensa aérea de la OTAN impondrían activamente la protección sobre partes de Ucrania – por ejemplo, las regiones occidentales– derribando drones, misiles y, potencialmente, aviones rusos.

En las condiciones actuales, este escenario es casi imposible desde el punto de vista político, ya que convertiría a la OTAN en un actor directo del conflicto. La aplicación no es simbólica, sino que requeriría enfrentamientos reales, y es probable que Rusia respondiera militar o políticamente de forma que se produjera una rápida escalada. Además, carece de una base jurídica comparable al mandato de defensa colectiva de la OTAN, ya que Ucrania no está cubierta por el artículo 5. En términos operativos, requeriría recursos sostenidos y un plan claro de gestión de la escalada que la mayoría de los gobiernos no están dispuestos a asumir.

Conclusión

Las previsiones de seguridad de Europa son cada vez más precarias a causa de la continua agresión rusa. Los Gobiernos de Varsovia y Vilna han expresado su profunda alarma tras las repetidas violaciones del espacio aéreo, pero muchos siguen dudando en construir defensas integradas de forma real con Ucrania. Incluso cuando se habla de un «escudo» conjunto de defensa aérea europea, la mayoría de los aliados siguen prefiriendo una cooperación que refuerce a Ucrania sin fusionar la responsabilidad de mando ni crear obligaciones que puedan interpretarse como una participación directa en la guerra. El resultado es una respuesta heterogénea: los Estados del flanco oriental abogan por una coordinación más rápida y estrecha porque el riesgo es inmediato, mientras que las capitales más lejanas insisten en la precaución, la unidad de la alianza y los pasos paulatinos.

Esa indecisión es importante porque la guerra ya no es una emergencia de corta duración; se ha convertido en una condición estructural. Cuanto más se prolongue el conflicto, más evolucionará la cuestión de la protección compartida del espacio aéreo de «controvertida» a «inevitable». La presión rusa sostenida normaliza un peligroso ritmo de incidentes, eleva el coste de la alerta máxima permanente y da a Moscú varias oportunidades de probar reacciones de bajo riesgo. Con el tiempo, la disuasión dependerá menos de una decisión dramática y más de si Europa puede mantener una preparación creíble sin agotarse.

En ese contexto, una integración más profunda –que incluya una imagen aérea compartida, alertas transfronterizas más rápidas, normas de interoperabilidad y una planificación coordinada de la defensa aérea– no solo protegería a Ucrania. También reduciría los riesgos de desbordamiento del conflicto para Polonia, Rumanía y la región báltica, y reforzaría la capacidad de la OTAN para gestionar la escalada,mejorando la rapidez de las decisiones y la claridad de la situación. Por lo tanto, una moderación prolongada puede hacer que más adelante sean necesarias medidas más estrictas, precisamente porque las reacciones débiles o desiguales fomentan la continuación de las provocaciones.

El contexto global más amplio sólo aumenta las apuestas. Una crisis grave en Taiwán entre Estados Unidos y China probablemente atraería la atención y los recursos de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico, lo que obligaría a los europeos a asumir una mayor parte de la disuasión y la defensa en su territorio. Rusia podría tratar de aprovechar esa distracción aumentando la presión sobre Europa, apostando por que la capacidad y las reservas de los aliados ya están al límite. Incluso sin una coordinación directa entre adversarios, una crisis simultánea en Asia dificultaría las concesiones de Europa, acelerando las decisiones sobre la preparación, la capacidad industrial y la planificación de la defensa a largo plazo. El precio de defender Europa aumentaría y el margen para una política lenta y fragmentada se reduciría.

En tales condiciones, los «tiempos oscuros» para Europa se vuelven plausibles, no solo en el sentido de un mayor riesgo y coste, sino también de una mayor claridad. Un entorno más duro sería peligroso, pero podría despojar de ilusiones y hacer innegable la importancia de la alianza. Si Europa se ve obligada a afrontar ese momento, es probable que la idea de un modelo conjunto de protección del espacio aéreo con Ucrania pase de ser teórica a práctica, no necesariamente como una zona de exclusión aérea formal, sino como una infraestructura de defensa aérea más integrada, interoperable y gestionada colectivamente, en la que Ucrania sea considerada un pilar de la seguridad aérea de Europa en lugar de un campo de batalla separado en los márgenes del continente.

La conclusión es, por lo tanto, una advertencia con implicaciones políticas concretas. Europa, y
especialmente los países directamente afectados por las repercusiones de Rusia, tienen toda la razón de estar preocupados, pero la cautela no puede sustituir a la estrategia. Cuanto más dure la guerra y mayor sea su coste, más urgente será la cuestión de la protección compartida del espacio aéreo. Múnich en 1938 demuestra lo peligroso que es suponer que unas concesiones limitadas frenarán las ambiciones de un agresor. Hoy en día, suponer que Rusia se conformará con Ucrania y tratar las repetidas violaciones como simples incidentes supone el riesgo de repetir ese patrón de error de cálculo. Europa aún tiene tiempo para elegir la preparación en lugar de la improvisación, y la unidad en lugar del cansancio. Si espera hasta que la próxima crisis obligue a la coherencia, es probable que el precio final sea más alto.


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