La larga guerra de Ucrania: estrategias cambiantes y competencia entre grandes potencias

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By Maksym Chebotarov, Anna-Mariia Mandzii
November 7, 2025

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Resumen ejecutivo

La guerra ruso-ucraniana ha evolucionado hacia un conflicto prolongado de desgaste, en el que la capacidad de resistencia –la continuidad de la defensa antiaérea, la inteligencia, la vigilancia y el reconocimiento (ISR), las municiones, la resiliencia energética y la producción industrial– adquiere una mayor relevancia que cualquier avance diplomático o militar. Un giro brusco en la política de Estados Unidos –del anterior modelo previsible centrado en las alianzas a un enfoque más condicional y transaccional– está obligando a Europa a acelerar el gasto en defensa y la coproducción, aun cuando la fragmentación persiste. Paralelamente, Rusia sigue aprovechando la ambigüedad de los aliados mediante una escalada calibrada y progresiva, mientras China acumula silenciosamente ganancias estratégicas y económicas a la vez que se cubre el riesgo (hedging). En efecto, Ucrania ha reformulado la victoria como supervivencia nacional y se apresura a localizar la producción, reforzar la resiliencia de su red eléctrica y asegurar sus capacidades de defensa para varios años.

Estados Unidos
  • Bajo la presidencia de Trump, Washington busca un mayor reparto de cargas, privilegia los acuerdos bilaterales frente a los grandes paquetes multilaterales y da prioridad al Indo-Pacífico en su planificación de fuerzas. Este cambio de política no debe interpretarse como una ruptura nítida, sino como una mayor variabilidad: el apoyo puede intensificarse o suspenderse en función del cálculo coste–beneficio de Estados Unidos, por lo que los aliados planifican una implicación estadounidense episódica en lugar de garantías continuas.
  • Estados Unidos está pasando de un amplio y previsible apoyo presupuestario directo a instrumentos vinculados a la inversión (por ejemplo, un fondo de reconstrucción respaldado por minerales críticos) y a un mayor uso de las Ventas Militares al Extranjero (FMS) y de los retiros de inventarios. Este enfoque pretende movilizar capital privado, vincular la ayuda a los intereses económicos estadounidenses y mantener abiertas las opciones. La contrapartida es una menor previsibilidad para la planificación presupuestaria de Kyiv y una mayor dependencia de Europa y de las instituciones financieras internacionales (IFI) para amortiguar los déficits entre los desembolsos estadounidenses.
  • La interrupción de las capacidades ISR entre finales de enero y mediados de marzo de 2025 –incluida la pérdida temporal por parte de Ucrania del acceso al flujo de imágenes satelitales GEGD– redujo la capacidad de alerta temprana y la precisión en la selección de objetivos. Aunque posteriormente se restableció el acceso, el episodio puso de manifiesto que las capacidades habilitadoras de alto nivel de Estados Unidos no son automáticas y pueden restringirse. Rusia interpretó esto como una oportunidad para presionar en varios frentes mientras los sustitutos europeos en materia de ISR seguían siendo incompletos.
Unión Europea
  • Las iniciativas militares y de seguridad europeas buscan aumentar la producción de interceptores de defensa antiaérea, artillería y municiones, mejorar la adquisición conjunta y concebir la autonomía estratégica de la UE como un complemento de la OTAN –un intento de asegurarse frente a la variabilidad estadounidense sin dejar de mantener a la Alianza en el centro.
  • Europa occidental da prioridad a la política industrial, la adquisición conjunta y la autonomía estratégica, mientras que Europa oriental pone el acento en el despliegue de la OTAN y la presencia estadounidense, al tiempo que incrementa con fuerza sus propios gastos de defensa. El resultado es un impulso acompañado de fricciones de integración: Europa invierte más, pero la estandarización, los calendarios y la gobernanza difieren entre bloques, lo que genera riesgos de ejecución en una guerra prolongada.
  • En septiembre de 2025 se registraron incursiones de drones y cazas rusos sobre países de la UE y de la OTAN. En el plano táctico, estos incidentes obligaron a realizar despegues de reacción rápida y a gastar interceptores; en el plano estratégico, normalizaron violaciones de baja intensidad que son políticamente costosas, pero quedan por debajo de umbrales de represalia clara. La ausencia de una respuesta contundente puede alentar a Rusia a seguir poniendo a prueba los procedimientos de la OTAN y la tolerancia de la opinión pública.
Federación de Rusia
  • El objetivo de Rusia es consolidar el control sobre los territorios ocupados, elevar los costes recurrentes de la defensa ucraniana y del apoyo occidental y poner a prueba la cohesión aliada sin cruzar umbrales que puedan desencadenar una respuesta abrumadora. En la práctica, Rusia aplica una estrategia dual: una escalada calibrada mediante acciones visibles, controladas y reversibles –por ejemplo, ataques contra infraestructuras energéticas o ejercicios sorpresa para señalar, coaccionar y ejercer presión– y una escalada gradual mediante acciones incrementales, ambiguas y acumulativas –como la pasaportización, las incursiones en el espacio aéreo o las intrusiones cibernéticas– que modifican de forma acumulativa la realidad sobre el terreno y normalizan niveles de riesgo más elevados sin un salto dramático único.
  • El cálculo estratégico de Rusia apunta a la preparación para una confrontación prolongada: consolidación de los responsables políticos de línea dura, mantenimiento de un ritmo ofensivo constante y preferencia por acciones que mantengan el “agua” aliada a punto de hervir sin provocar una reacción decisiva. Este enfoque se basa en la apuesta de que el tiempo y el desgaste erosionarán la cohesión occidental más rápido de lo que reducirán la capacidad de Rusia.
  • Beijing ha aprovechado la guerra entre Rusia y Ucrania para ampliar su influencia geopolítica y presentarse como un mediador neutral, al tiempo que se alinea tácitamente con Moscú.
  • China estudia de cerca el conflicto para extraer lecciones sobre la guerra moderna, las limitaciones de la defensa estadounidense y las dinámicas de las alianzas. Estas conclusiones podrían orientar su modernización militar y su estrategia en un futuro conflicto entre grandes potencias.
  • La prolongación de la guerra beneficia a Beijing en los ámbitos económico y político, al profundizar la dependencia de Rusia respecto de China y permitir a esta asegurarse suministros energéticos con descuento y acumular capacidad de presión sobre Moscú.
Ucrania
  • La narrativa sobre la guerra de Ucrania ha pasado de la expectativa de una victoria militar en 2022–2023 a centrarse, en 2025, en la supervivencia nacional a largo plazo, con prioridades orientadas a mantener la soberanía, reforzar la resiliencia e imponer costes a Rusia más que a lograr una liberación territorial rápida.
  • La base industrial de defensa ha experimentado una transformación profunda: casi el 60% del armamento ucraniano se produce ya en el país, la producción mensual de drones supera las 200.000 unidades y se han puesto en marcha líneas de producción en el extranjero en Estados miembros de la OTAN para mitigar los efectos de los ataques rusos y de las interrupciones en el suministro externo.
  • Pese a estos avances en la producción de defensa, Ucrania sigue siendo críticamente dependiente de sus socios occidentales para los sistemas de defensa antiaérea, las capacidades ISR y los componentes avanzados, mientras la ayuda estadounidense se vuelve menos previsible bajo Trump y los europeos aceleran la coproducción y la transferencia de tecnología.
  • La resiliencia energética y fiscal sigue bajo presión: Ucrania está descentralizando su sistema eléctrico y ampliando las energías renovables para contrarrestar los ataques rusos, al tiempo que afronta un déficit presupuestario del 20% y unas necesidades de financiación externa de entre 39.000 y 40.000 millones de dólares en 2025 para sostener tanto el esfuerzo bélico como la reconstrucción.

Introducción

Transcurridos más de tres años desde el inicio de la invasión a gran escala de Rusia, la guerra en Ucrania se ha convertido en la prueba central de la disuasión, la resiliencia industrial y la cohesión occidental en el siglo XXI. Lo que comenzó como una campaña convencional de alta intensidad ha evolucionado hacia una agotadora competencia de adaptación en el que la logística, la producción de defensa y la voluntad política pesan más que la maniobra en el campo de batalla. La duración del conflicto ha obligado a recalibrar los supuestos transatlánticos: las garantías de seguridad de Estados Unidos son ahora más condicionales y episódicas, mientras que la fragmentada base industrial de defensa europea tiene dificultades para traducir compromisos de gasto sin precedentes en una producción sostenible. El paisaje estratégico resultante es uno de resistencia más que de rupturas decisivas, en el que ventajas marginales en producción, innovación y coordinación pueden resultar determinantes.

Al mismo tiempo, la estrategia del Kremlin de escalada calibrada y gradual ha ensanchado las zonas grises de la confrontación, desde las violaciones del espacio aéreo y los ciberataques hasta la coerción energética. Moscú está poniendo a prueba la tolerancia de la OTAN por debajo del umbral de la represalia. Estas dinámicas han hecho que la gestión de la disuasión sea más compleja que en cualquier otro momento desde la Guerra Fría. La apuesta a largo plazo de Rusia se basa en la fatiga política en las sociedades occidentales, partiendo de la premisa de que a los sistemas democráticos les resultará más difícil sostener en el tiempo compromisos costosos. Este enfoque difumina las fronteras entre la guerra y la paz y obliga a Occidente a replantearse el control de la escalada, la señalización estratégica y la resiliencia en los ámbitos no cinéticos.

Por otra parte, la neutralidad oportunista de China pone de relieve cómo las consecuencias de la guerra están siendo aprovechadas por otras grandes potencias para extraer ventajas políticas y económicas, lo que indica que la lucha de Ucrania tiene tanto que ver con la configuración del orden internacional como con la soberanía territorial. El ejercicio de equilibrio de Beijing –beneficiarse de recursos rusos a precio rebajado evitando al mismo tiempo las sanciones– ilustra la aparición de una multipolaridad transaccional en la que los conflictos se convierten en fuentes de influencia más que de alineamiento.

Para Kyiv, la prioridad ha pasado de la victoria a corto plazo a la viabilidad a largo plazo. La supervivencia del país depende ahora de su capacidad para localizar la producción de defensa, mantener la estabilidad fiscal en un contexto de flujos de ayuda inciertos y construir una resiliencia energética e industrial suficiente para soportar y superar la estrategia de desgaste de Rusia. La adaptación interna de Ucrania –desde la generación descentralizada de energía hasta la producción masiva de drones– pone de manifiesto un nuevo modelo de innovación en tiempo de guerra bajo condiciones de restricción. Sin embargo, sostener estos esfuerzos exige mecanismos internacionales de financiación previsibles y una coordinación occidental coherente, que siguen siendo desiguales. La trayectoria de la guerra hasta 2025 revela así una competencia multipolar emergente en la que la resistencia, la coordinación y la capacidad de adaptación determinarán los resultados estratégicos.

Sobre esta base, el presente manual analiza cómo la evolución de la política estadounidense, la adaptación de la base industrial de defensa europea, la estrategia de doble vía de escalada de Rusia, la neutralidad oportunista de China y los esfuerzos de Ucrania por lograr una mayor autosuficiencia interactúan entre sí para definir la próxima fase de la guerra.

FaseFederación de RusiaEstados UnidosUnión EuropeaChinaUcrania
2014–2015Rusia actuó con rapidez en Crimea y el Donbás porque calculó que una intervención militar occidental era improbable, especialmente si sus acciones eran híbridas y negables. La aceptación de los Acuerdos de Minsk permitió a Moscú reencuadrar su agresión como un proceso de “gestión de conflictos” y ganar tiempo para afianzar el control administrativo y militar. El trasfondo era la convicción de que hechos consumados calibrados podían cambiar fronteras a bajo coste si se acompañaban de una cobertura diplomática.Washington priorizó mantener un frente sancionador unificado del G7 y la UE, lo que implicó aceptar una caja de herramientas más limitada centrada en las finanzas y la diplomacia. La administración Obama se contuvo deliberadamente en el suministro de ayuda letal por temor a una escalada y a la fractura de la alianza. El contexto era la gestión del riesgo por parte de Estados Unidos: proyectar liderazgo, pero establecer un techo a la implicación militar, algo que Rusia interiorizó como una contención previsible.Los gobiernos europeos equilibraron la indignación política con el afán de autopreservación económica: las sanciones se coordinaron, pero se detuvieron deliberadamente antes de llegar a los cortes energéticos. Las rotaciones de la OTAN enviaron una señal de solidaridad, pero evitaron un estacionamiento permanente que Moscú pudiera presentar como una escalada. Esto puso de manifiesto la vulnerabilidad estructural de Europa –dispuesta a castigar, pero no a modificar de forma fundamental su dependencia de la energía rusa ni a comprometerse con un cambio de gran calado en su postura de defensa.La prioridad de Beijing fue evitar una implicación directa beneficiándose al mismo tiempo de manera discreta, del aislamiento de Rusia; la neutralidad le ofrecía flexibilidad y preservaba el comercio. Su retórica hacía hincapié en la soberanía y el diálogo, pero evitó imponer sanciones a Moscú o criticar abiertamente la anexión. El contexto más amplio era una cobertura estratégica: mantener intactos los vínculos con Rusia, aprender del diseño de las sanciones occidentales y observar la innovación militar sin incurrir en costes reputacionales.Kyiv se enfrentaba a amenazas existenciales y optó por una doble vía: movilizarse militarmente mientras recurría a la vía diplomática para ganar tiempo. Aceptar Minsk significó sacrificar territorio a corto plazo pero preservar la supervivencia del Estado, al tiempo que se ponían en marcha reformas destinadas a activar la simpatía y la asistencia de Occidente. El trasfondo más profundo era la dependencia: Ucrania podía combatir, pero sostener el esfuerzo bélico dependía de apoyos externos en materia de seguridad y financiación, lo que incorporaba una asimetría estructural a su esfuerzo de guerra.
Objetivo estratégicoAsegurar las ganancias territoriales evitando una intervención militar occidental a gran escala.Liderar la respuesta de la coalición –preservar la cohesión de la alianza evitando al mismo tiempo el combate directo con Rusia.Elevar los costes para Rusia evitando una escalada militar inmediata que pudiera desencadenar una guerra más amplia.Preservar los vínculos económicos; evitar verse arrastrada a la confrontación; explotar las oportunidades derivadas de la fragmentación occidental.Sobrevivir, proteger la integridad territorial allí donde fuese posible y movilizar el apoyo internacional.
Patrón
estratégico
Expansionismo → guerra híbrida → congelación diplomática → normalización del control, institucionalizando el modelo de ocupación y congelación del conflicto.Preservar la cohesión de la alianza → priorizar las sanciones multilaterales → evitar el enfrentamiento cinético → gestionar el riesgo de escalada, incorporando la contención en el modo de liderazgo de la coalición.Unidad en las sanciones → evitación de la escalada militar → dependencia de las herramientas económicas → vulnerabilidad derivada de la dependencia energética, que configura una postura de seguridad más reactiva que proactiva.Neutralidad pública → continuidad económica → apoyo silencioso → desarrollo de capacidad de influencia, transformando la ambigüedad en una cobertura estratégica.Supervivencia inmediata → compromiso a través de Minsk → la reforma como instrumento de influencia → dependencia del apoyo occidental, fusionando la resistencia militar con la señalización estratégica.
2017–2020Mantuvo la “guerra a fuego lento” al tiempo que ampliaba el teatro de operaciones al ámbito marítimo (la confrontación de 2018 en el estrecho de Kerch y el mar de Azov) y profundizaba la pasaportización de los residentes en las zonas ocupadas de Donetsk y Luhansk para consolidar su influencia sin una escalada plena. Estrategia: presionar, sondear y atrincherarse poniendo a prueba las líneas rojas occidentales.Pasó de una ayuda exclusivamente no letal a una asistencia letal calibrada (misiles Javelin en 2018, un refuerzo en 2019 y lanchas patrulleras Mark VI en 2020), amplió las facultades sancionatorias (CAATSA de 2017), dirigió medidas específicas contra Nord Stream 2 (PEESA en la Ley de Autorización de la Defensa Nacional para el ejercicio fiscal 2020, que llevó a Allseas a suspender el tendido de tuberías en diciembre de 2019) y se retiró del Tratado INF alegando el incumplimiento por parte de Rusia. La retención, a finales de 2019, de fondos de seguridad destinados a Ucrania dio lugar a una conclusión de violación legal por parte de la GAO.Se mantuvo la unidad en materia de sanciones mediante prórrogas semestrales y la adopción de medidas adicionales tras la escalada en Kerch/Azov, al tiempo que se seguía equilibrando la exposición energética y las divergencias intraeuropeas (por ejemplo, en torno a Nord Stream 2). Las señales conjuntas OTAN–UE continuaron, pero los cambios fundamentales de postura siguieron siendo incrementales.Se mantuvo públicamente “neutral” –sin sanciones a Rusia y sin reconocimiento de la anexión de Crimea– mientras buscaba incrementar su capacidad de presión económica, en particular mediante los intentos de inversores chinos (Skyrizon) de adquirir el fabricante ucraniano de motores Motor Sich (participaciones congeladas desde 2017; Estados Unidos incluyó posteriormente a Skyrizon en su lista negra). Una cobertura clásica: mantener los vínculos tanto con Kyiv como con Moscú, aprender del diseño de las sanciones occidentales y evitar el enredo directo.El reinicio político con Zelenski (2019) permitió adoptar medidas humanitarias y relanzar la diplomacia (cumbre de Normandía en París) y abrió paso al alto el fuego con medidas adicionales del 27 de julio de 2020, que redujo temporalmente las violaciones. Paralelamente, Kyiv absorbió la ayuda letal estadounidense (Javelins, paquetes navales) y empezó a reconstruir su resiliencia marítima tras Kerch.
Objetivo
estratégico
Consolidar el control de facto en el Donbás y Crimea, ampliar la capacidad de coerción (también en el ámbito marítimo) y evitar una guerra directa entre Occidente y Rusia, al tiempo que se configuran hechos sobre el terreno para una futura negociación.Elevar los costes para Moscú sin recurrir al combate directo: sanciones + geopolítica energética (NS2), transferencias selectivas de armamento, postura aliada a través de la Iniciativa de Disuasión Europea (EDI) y presión en materia de control de armamentos (salida del INF) – todo ello conteniendo el riesgo de escalada.Preservar la unidad y la capacidad de disuasión con un nivel de coste económico aceptable, mantener vivos los mecanismos de Minsk/Normandía y gestionar las dependencias energéticas sin fracturar el consenso.Explotar la ambigüedad para obtener beneficios económicos y tecnológicos (por ejemplo, en el caso de Motor Sich), evitar la exposición secundaria a las sanciones occidentales y observar/aprender de la mecánica sancionadora, manteniendo al mismo tiempo la opcionalidad en la relación con Rusia.Sobrevivir y estabilizar: asegurar el respaldo occidental, desescalar tácticamente (canjes de prisioneros, alto el fuego de julio de 2020), modernizar de forma selectiva (Javelins/lanchas) y reconstruir la disuasión marítima tras Azov/Kerch.
Patrón
estratégico
Guerra de baja intensidad + integración híbrida (pasaportes, avance legal/administrativo) → coerción marítima → congelación diplomática salpicada de acuerdos tácticos.Liderazgo de coalición con poder duro calibrado: sanciones en el marco de CAATSA/PEESA → ayuda letal dirigida (aunque no transformadora) → salida de acuerdos de control de armamentos (INF) → volatilidad política episódica (retención de ayuda en 2019), todo ello dentro de un marco de gestión de la escalada.Prórrogas rutinarias + añadidos selectivos (respuesta a Kerch) → diplomacia centrada ante todo en el proceso (Normandía/Minsk), mientras las realidades energéticas limitan movimientos más audaces; unidad sostenida pero cautelosa.Ambigüedad como estrategia: neutralidad pública, intentos de entrada tecnológica e industrial en Ucrania bajo escrutinio, ninguna ruptura abierta con Moscú; la capacidad de influencia aumenta sin compromisos formales.Reinicio medidas de creación de confianza humanitaria → calma táctica (alto el fuego de mediados de 2020) mientras se incorporaba material occidental y se mantenían abiertos los canales de negociación; la resiliencia aumenta pero sigue siendo dependiente del exterior.
2021–2025Lanzó la invasión a gran escala el 24 de febrero de 2022 y, tras el fracaso del blitz sobre Kyiv, giró hacia una campaña de desgaste industrializada respaldada por una movilización parcial (21 de septiembre de 2022) y las reclamaciones de anexión de cuatro regiones (30 de septiembre de 2022). Intensificó los ataques invernales contra la infraestructura energética y obtuvo avances incrementales como Avdiivka (febrero de 2024), mientras perdía margen en el mar –los ataques ucranianos obligaron a dispersar los activos de la Flota del Mar Negro lejos de Sebastopol–. Asimismo, abandonó la Iniciativa sobre los Cereales del Mar Negro (17 de julio de 2023).Lideró la respuesta de la coalición y escalonó la ayuda siguiendo “peldaños” de capacidades: HIMARS/defensa antiaérea → municiones en racimo DPICM (julio de 2023) → misiles ATACMS (300 km) (abril de 2024). Autorizó el uso limitado de armas estadounidenses para ataques dentro de Rusia, en las proximidades de Járkiv (30 de mayo de 2024). Logró la aprobación de un paquete suplementario de 60.800 millones de dólares (abril de 2024) y concluyó un acuerdo bilateral de seguridad a diez años con Kyiv (junio de 2024). En conjunto, la asistencia militar estadounidense desde febrero de 2022 ascendía a 66.900 millones de dólares a enero de 2025.Se convirtió en el ancla del apoyo macrofinanciero y militar a Ucrania: puso en marcha el Mecanismo para Ucrania dotado con 50.000 millones de euros (2024-2027); utilizó y reforzó el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz (EPF) para la ayuda letal; y creó la Misión de Asistencia Militar de la UE para Ucrania (EUMAM Ukraine) para formar a las fuerzas; e implementó sucesivos paquetes de sanciones (por ejemplo, el decimocuarto en junio de 2024) reforzando la aplicación y las medidas relacionadas con la energía. Asimismo, abrió las negociaciones de adhesión a la UE con Ucrania (25 de junio de 2024).Declaró una asociación “sin límites” con Rusia (4 de febrero de 2022) y presentó un documento de posición de 12 puntos sobre la guerra (febrero de 2023). Evitó públicamente proporcionar ayuda letal a Rusia, al tiempo que ampliaba los canales comerciales y de doble uso que dieron lugar a sanciones occidentales contra entidades con sede en la República Popular China. Xi también habló con Zelenski (26 de abril de 2023) sin modificar su alineamiento de fondo.Sobrevivió y se adaptó: defendió Kyiv (primavera de 2022), liberó la región de Járkiv y la orilla derecha de Jersón en 2022 y, a continuación, pasó a una guerra de desgaste y ataques en profundidad –con drones y misiles que degradan la infraestructura energética rusa y los activos de la Flota del mar Negro, reabriendo en 2023 un corredor de grano “temporal” tras la retirada de Moscú del acuerdo de la ONU. Endureció la política de recursos humanos (edad de reclutamiento fijada en 25 años; actualización de las normas de movilización) y comenzó a integrar F-16 y Mirage-2000 en 2024.
Objetivo estratégicoImponer una nueva realidad territorial y una negociación en los términos de Moscú, resistiendo más que la determinación occidental, sosteniendo la economía de guerra y avanzando donde sea posible, al tiempo que se consolida el control sobre las zonas ocupadas.Permitir que Ucrania se defienda, disuada y resista –elevar los costes para Rusia, evitar una guerra directa OTAN–Rusia y consolidar un apoyo plurianual (paquete suplementario + pacto a diez años) reforzando al mismo tiempo los controles de exportación y las sanciones.Sostener a Ucrania y constreñir a Rusia a gran escala (en los planos financiero, militar e industrial), vinculando al mismo tiempo a Kyiv a la senda de integración en la UE y cerrando los resquicios de evasión de sanciones.Preservar la ambigüedad estratégica: presentarse como mediador neutral, evitar las sanciones occidentales, mantener la capacidad de influencia económica frente a Moscú y orientar cualquier arreglo hacia los puntos de conversación de China.Sobrevivir, adaptarse e imponer costes: defender los nodos críticos de población y energía, ampliar la capacidad de presión mediante ataques de largo alcance, fortalecer la defensa antiaérea y acelerar la integración euroatlántica para anclar la seguridad a largo plazo.
Patrón
estratégico
Blitzdesgasteatrincheramiento: movilización + reclamaciones de anexión; bombardeos energéticos estacionales; avances escalonados (por ejemplo, Avdiivka), incluso cuando el riesgo naval en Crimea obligó a la dispersión.Escalera de capacidades + límites normativos: escalada gradual de los sistemas (DPICM → ATACMS) y autoridades acotadas (uso transfronterizo limitado), combinadas con incrementos de financiación (paquete suplementario de abril de 2024) y un marco de seguridad a diez años.Proceso + escala: paquetes de sanciones, refuerzos del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz (EPF) y formación a través de EUMAM, seguidos de las negociaciones de adhesión y del Mecanismo de 50.000 millones de euros para hacer que el apoyo sea más previsible y esté más aislado de la dinámica política estadounidense.Neutralidad retórica, cobertura práctica: mensajes de paz mientras se profundizan los vínculos con Rusia y se ponen a prueba las líneas de las sanciones –lo que ha motivado medidas selectivas de EE. UU. y la UE contra entidades chinas.Del movimiento a la presión sistémica: tras las ofensivas de 2022, el énfasis pasó a la defensa antiaérea + los golpes en profundidad (energía y logística, Flota del mar Negro) y la recomposición de los efectivos (edad de reclutamiento de 25 años), mientras la integración de aviones de combate modernos comenzaba lentamente a reconfigurar el equilibrio en la guerra aérea.

La evolución de la guerra entre Rusia y Ucrania ya no se percibe como una sucesión de crisis, sino como un continuo de adaptación estratégica. La conducta de Rusia ha mantenido una coherencia estructural: coerción híbrida, escaladas calibradas y graduales, alternancia entre ofensivas abiertas y anexiones burocráticas para normalizar la ocupación. En el caso de Estados Unidos, el péndulo ha oscilado desde un multilateralismo previsible hacia un bilateralismo condicional, redefiniendo los límites e instrumentos del compromiso occidental y modificando el equilibrio entre disuasión, gestión de la escalada y reparto de cargas. Europa, en la práctica, se ha visto obligada a pasar de la dependencia a una autoafirmación vacilante mediante la política industrial, los préstamos para defensa y los mecanismos de coproducción. Mientras tanto, la aparente neutralidad de China madura hacia un apoyo material –una cobertura consciente de las sanciones que profundiza su capacidad de influencia y presión sobre Moscú al tiempo que explota las fisuras transatlánticas. En este contexto, Ucrania se ha transformado de receptora de ayuda en coproductora de seguridad –sosteniendo la defensa antiaérea y las capacidades ISR, industrializando tanto en el país como con aliados, manteniendo la red eléctrica operativa bajo el fuego y consolidando la integración euroatlántica a un ritmo más rápido del que Rusia puede normalizar sus hechos consumados. La implicación estratégica es clara: solo una estrategia de amplia coalición –que blinde la asistencia frente a los ciclos políticos, cierre los canales de evasión de sanciones y acelere la coproducción y la integración euroatlántica– superará el enfoque ruso basado en el tiempo y la presión.

Del multilateralismo a “America First”: el giro de la política exterior de EE. UU.

Bajo Biden, la política exterior fue explícitamente centrada en las alianzas, multilateral y orientada por valores. Su administración trató de dar prioridad a los aliados revitalizando la red global de asociaciones de Estados Unidos y reafirmando el compromiso con la defensa colectiva. La doctrina de Biden enmarcó explícitamente el compromiso estadounidense como parte de un esfuerzo más amplio por defender el orden internacional liberal frente al resurgimiento autoritario. Constantemente elevó a la OTAN, el G7 y la UE como pilares estratégicos, una visión codificada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, que describía las alianzas como el activo estratégico más importante de Estados Unidos. La guerra de Rusia contra Ucrania se convirtió en un elemento central tanto para las democracias estadounidenses como europeas, transformando la solidaridad con Kyiv en una prueba definitoria de la unidad de Occidente. La administración también reanudó su implicación con instituciones globales como la ONU, la OMC y la OMS, subrayando el retorno a la cooperación multilateral en los desafíos transfronterizos, desde la salud hasta el clima y el comercio.

El rasgo distintivo de la política exterior de Biden fue la previsibilidad y la solidaridad. La administración trató de reafirmar el papel tradicional de liderazgo de Estados Unidos en la escena internacional tras la turbulencia del primer mandato de Trump, situando los valores democráticos en el centro del compromiso estadounidense y presentando la competencia con Rusia y China como una contienda global entre democracia y autoritarismo. Este enfoque tranquilizó a los aliados sobre la durabilidad y el anclaje normativo del liderazgo estadounidense. Sin embargo, también generó tensiones, ya que la defensa de la democracia en todo el mundo exigía compromisos militares, económicos y diplomáticos sostenidos que corrían el riesgo de sobrecargar los recursos de EE. UU. Equilibrar la credibilidad exterior con las limitaciones políticas y fiscales internas siguió siendo un reto constante.

La transición del presidente Joe Biden al presidente Donald Trump representa no solo un cambio de liderazgo, sino una redefinición fundamental de cómo concibe Estados Unidos su papel en el mundo. Ambas administraciones reconocieron la intensificación de la competencia entre grandes potencias, pero divergen profundamente en la doctrina, los instrumentos y los fundamentos políticos.

En este segundo mandato, la política exterior fue explícitamente pragmática y consciente de los costes. Los asesores del presidente Trump sostenían que el liderazgo estadounidense había funcionado con demasiada frecuencia como un subsidio para aliados que no invertían lo suficiente en su propia defensa y reclamaban un cambio drástico hacia un reparto equitativo de cargas. El presidente presentó sistemáticamente las alianzas como acuerdos condicionales más que como obligaciones duraderas, reflejo de su convicción de larga data de que los compromisos estadounidenses deben juzgarse en función del beneficio nacional inmediato.

A diferencia del presidente Biden, que subrayó la promoción de la democracia como principio organizador del compromiso estadounidense, el presidente Trump rechazó una política exterior basada en valores en favor de una priorización basada en intereses. Los analistas observaron que este enfoque pretendía evitar la sobreextensión estratégica reduciendo el alcance de las obligaciones de Estados Unidos y centrando la atención en las regiones que ofrecían el mayor rendimiento. Ello dio lugar a una jerarquía de prioridades: China como desafío de referencia para la planificación de la defensa y la asignación de recursos; Europa, llamada a asumir una mayor responsabilidad en su propia seguridad; y Oriente Medio, reconfigurado en torno al contraterrorismo y la estabilidad energética más que a la promoción de la democracia a gran escala.

El rasgo distintivo de la política exterior de Donald Trump es la condicionalidad combinada con una imprevisibilidad deliberada. Para Washington, esta estrategia prometía eficiencia y capacidad de influencia: pretendía reducir los costes del liderazgo global obligando a los aliados a asumir una mayor parte de la carga. Su administración presentó de forma sistemática el compromiso estadounidense como contingente y no como automático, combinando las garantías de apoyo con sugerencias de repliegue. Sin embargo, esta incertidumbre sistémica obliga a los socios a cuestionarse la fiabilidad de los compromisos estadounidenses y está impulsando en Europa y Asia esfuerzos paralelos para cubrirse frente a la volatilidad de Estados Unidos. En este sentido, la imprevisibilidad no fue un subproducto táctico, sino un principio organizador de la política exterior estadounidense –redefiniendo el papel de Estados Unidos en el sistema internacional en términos explícitamente vinculados a su interés nacional.

La política exterior del presidente Trump pone el acento en los intereses de Estados Unidos por encima de las normas universales, y prefiere acuerdos bilaterales y fórmulas selectivas de “club” frente a una adhesión plena a marcos multilaterales universales o institucionales, privilegiando los intereses y las renegociaciones estadounidenses antes que un compromiso amplio con la gobernanza global e incluso reconfigurando la naturaleza de la presidencia.

Donald Trump también centralizó la toma de decisiones en política exterior en la Casa Blanca, reduciendo la influencia de los contrapesos institucionales tradicionales. A diferencia de presidentes anteriores que dependían en gran medida de los procesos interinstitucionales, el presidente Trump dio sistemáticamente prioridad a su instinto personal y a los acuerdos bilaterales frente al consenso burocrático. Su segundo mandato llegó al poder con menos restricciones internas o externas, dado que muchos de los “adultos en la sala” que moderaban sus decisiones del primer mandato ya no estaban presentes. Esta personalización de la diplomacia ya era evidente en su primer mandato a través de cumbres de alto perfil con líderes como Kim Jong-un y Vladímir Putin, que eludieron los filtros del Departamento de Estado y del Pentágono. Paralelamente, el presidente Trump recurrió cada vez más a enviados especiales –figuras que gozaban de su confianza exclusiva y que a menudo operaban al margen de la coordinación interinstitucional tradicional–, institucionalizando así un canal alternativo de diplomacia configurado más por la confianza personal del presidente en esos enviados. Los analistas también observaron que el presidente Trump abordaba con frecuencia los grandes eventos internacionales privilegiando la dimensión performativa frente al protocolo diplomático tradicional.

De forma crucial, la política exterior del presidente Trump representa una ruptura significativa con compromisos previos de Estados Unidos con Ucrania, en particular los consagrados en el Memorando de Budapest de 1994. En ese acuerdo, Estados Unidos, junto con el Reino Unido y Rusia, se comprometió a respetar la soberanía de Ucrania y a proporcionarle garantías de seguridad a cambio de que Kyiv renunciara al tercer mayor arsenal nuclear del mundo. Aunque el memorando ofrecía “garantías” y no compromisos jurídicamente vinculantes, simbolizaba el compromiso político de Washington con la integridad territorial de Ucrania. La doctrina “America First” de Donald Trump, por el contrario, reinterpreta esos compromisos a través de un prisma transaccional –subrayando la reciprocidad y la condicionalidad en lugar de las garantías abiertas. Este cambio pone de relieve una transformación más amplia de la política exterior de Estados Unidos: del papel de guardián normativo hacia un cálculo de implicación selectiva guiado por el beneficio nacional.

En su segunda iteración, “America First” redefinió el liderazgo estadounidense no como garante del orden mundial, sino como un sistema transaccional destinado a preservar la primacía de Estados Unidos a menor coste. Este giro ha generado razonablemente interrogantes entre algunos aliados sobre la durabilidad de los compromisos estadounidenses, en particular en Europa, donde la incertidumbre respecto a la postura de Washington puede afectar a las percepciones de la disuasión. Un modelo de liderazgo más estrecho y basado en intereses puede permitir a Washington concentrarse en desafíos estratégicos centrales en lugar de dispersar esfuerzos en todas las cuestiones globales. No obstante, los analistas advierten de que una ambigüedad excesiva sobre el alcance de los compromisos podría envalentonar a los adversarios y debilitar la credibilidad de las alianzas estadounidenses. Otros señalan que una concepción más restringida y basada en intereses del liderazgo puede limitar la capacidad de Estados Unidos para construir coaliciones en cuestiones globales como el cambio climático, el comercio o las pandemias. La prueba central para Washington consiste en determinar si este modelo condicional –que enfatiza el reparto equitativo de cargas y la reciprocidad en las relaciones comerciales bilaterales– puede preservar la influencia estadounidense sin socavar las propias alianzas e instituciones que la han sustentado.

Para el presidente Trump y sus asesores, la invasión rusa de Ucrania nunca tuvo como objetivo salvaguardar el orden internacional liberal, sino que fue un escenario en el que aplicar en la práctica los principios de “America First.” Lo que en su primer mandato podía parecer ad hoc se ha formalizado ahora en un marco de gobernanza. Para los aliados de Estados Unidos, esta recalibración introduce una incertidumbre persistente sobre el alcance y la durabilidad de los compromisos estadounidenses. Para Ucrania, subraya la necesidad de prepararse para un papel estadounidense más estrecho, más orientado por intereses y menos anclado en obligaciones universales.

Europa se quedó sin una base sólida, pero busca un equilibrio justo

Con Biden, Estados Unidos volvió a invertir en la OTAN, restableció su compromiso con el G7 y la UE y regresó a las instituciones globales. Para Europa, esto supuso la restauración de la previsibilidad: la cooperación transatlántica en materia de clima, comercio y crisis sanitarias globales señalaba que Washington veía a los aliados como activos estratégicos y no como competidores. Ello permitió a la UE posicionarse como socia en la configuración de la gobernanza multilateral, desde la diplomacia climática hasta la reforma de la OMC, manteniendo una estrecha alineación con las prioridades globales de Estados Unidos. La previsibilidad, por sí misma, también generó un amplio consenso entre los aliados, lo que facilitó la coordinación en materia de sanciones, reforzó y profundizó la cooperación en seguridad y defensa y promovió la diversificación energética. Estados Unidos dio pasos significativos para reforzar la postura de disuasión y defensa de la OTAN, que siguió siendo el garante indispensable de la disuasión frente a la agresión rusa. Cabe destacar que, mientras que Estados Unidos suministró el 52% del equipamiento militar adquirido por los miembros europeos entre 2015 y 2019, esa proporción aumentó al 64% en los cinco años siguientes. Pese a depender del paraguas estratégico de Washington, Europa seguía invirtiendo muy poco en defensa.

Desde la perspectiva europea, sin embargo, el multilateralismo de Biden no estuvo exento de limitaciones. En Bruselas, la aproximación de Washington a la OTAN se percibía a menudo como excesivamente dirigida por Estados Unidos, con iniciativas clave presentadas como asociaciones transatlánticas pero configuradas principalmente en torno a prioridades estadounidenses. El multilateralismo limitado de Biden tendía a anteponer los intereses internos de EE. UU., incluso mientras se restablecía retóricamente la cooperación. Las tensiones afloraron en el ámbito comercial, por la persistencia de los aranceles al acero y al aluminio; en torno a la Inflation Reduction Act, que los europeos criticaron como proteccionista; y por la caótica retirada estadounidense de Afganistán, que reforzó la percepción de que Washington seguía actuando de forma unilateral en cuestiones centrales de seguridad. Los europeos también señalaron la falta de claridad estratégica de largo plazo en la política exterior. Aunque la administración movilizó con eficacia a los aliados en respuesta a crisis inmediatas, los críticos sostienen que a menudo no consiguió traducir la solidaridad a corto plazo en una estrategia coherente para gestionar los desafíos sistémicos. Un informe del centro IDEAS de la London School of Economics describió a Europa como “cubriéndose por defecto,” preparándose para escenarios en los que el liderazgo estadounidense fuera incoherente o estuviera ausente. La ambigüedad de la política exterior de Biden fue evidente en el Indo-Pacífico, donde los socios europeos a menudo tuvieron dificultades para discernir la estrategia última de Washington hacia China, señalando que los compromisos estadounidenses parecían ambiciosos en la retórica, pero menos claros en la ejecución. En Oriente Medio, el cambio en las prioridades estadounidenses –del deseo de reducir la huella militar al reenganche en momentos de crisis– dejó a los aliados europeos inciertos sobre la durabilidad de los compromisos de Estados Unidos. La ausencia de líneas rojas claramente articuladas permitió en ocasiones que adversarios como Rusia o Irán pusieran a prueba la determinación de Occidente sin afrontar consecuencias decisivas. Para muchos en Europa, todo ello reforzó una sensación de vulnerabilidad: incluso bajo un presidente que situó las alianzas en el centro de la política exterior estadounidense, el liderazgo osciló con frecuencia entre una retórica elevada y una ejecución vacilante. El resultado fue una preocupación persistente de que la unidad transatlántica, aunque revitalizada, siguiera siendo reactiva y orientada a la gestión de crisis más que anclada en una visión estratégica sostenible y de largo plazo.

Los aliados europeos vivieron un contraste marcado entre el multilateralismo limitado de Joe Biden y el “America First” de Donald Trump. Para muchos en Europa, la segunda investidura de Donald Trump confirmó los temores de que la política exterior de EE. UU. entraba en una nueva fase estructural. Ello llevó a los responsables políticos europeos a ver cada vez más las garantías de seguridad estadounidenses como contingentes a los cambiantes intereses estratégicos de Washington, en lugar de como obligaciones permanentes. El énfasis del presidente Trump en una diplomacia transaccional y episódica volvió a suscitar interrogantes sobre la credibilidad de la OTAN y sobre si el Artículo 5 seguiría tratándose como una garantía inquebrantable. Se trató de una señal clara para los europeos de que el alejamiento estadounidense del multilateralismo tradicional podía dejar de ser una turbulencia episódica para convertirse en un rasgo estructural del enfoque de Washington –menos dirigido por normas universales y menos anclado en obligaciones generales.

Los gobiernos europeos comenzaron así a recalibrar sus estrategias tanto en el plano geográfico como en el político. Los Estados de Europa central y oriental, en particular Polonia y los países bálticos, pese a sus esfuerzos por aumentar el gasto en defensa –por ejemplo, el de Polonia pasó de alrededor del 2,7% del PIB en 2022 a aproximadamente el 4,2% en 2024, con una proyección del 4,7% para 2025– siguen considerando indispensable la presencia militar estadounidense. Los Estados de Europa occidental, en cambio, han interpretado la condicionalidad de Trump como un refuerzo de los debates de larga data sobre la autonomía estratégica europea. En este contexto, los argumentos franceses –planteados sobre todo por el presidente Emmanuel Macron– acerca de los riesgos de una excesiva dependencia de las garantías estadounidenses han cobrado nueva atención, aunque no aceptación unánime. Berlín, tras abrazar su Zeitenwende, se ha alineado cautelosamente con parte de esta visión: no solo aumentó el gasto en defensa, sino que también ha invertido capital político en los mecanismos de defensa a escala de la UE, como los nuevos proyectos PESCO, el Fondo Europeo de Defensa y la Iniciativa European Sky Shield. Estos esfuerzos pretenden agrupar recursos y avanzar hacia una arquitectura más integrada de defensa aérea y antimisiles, aunque persisten desafíos en cuanto a financiación, coordinación y alineamiento político entre Estados miembros.

A nivel de la UE, las instituciones han tomado como referencia la Brújula Estratégica para la Seguridad y la Defensa (adoptada en 2022), que estableció una hoja de ruta hasta 2030 para reforzar la capacidad de Europa de actuar de manera autónoma. En 2024, la Comisión Europea presentó la primera Estrategia Europea de la Industria de Defensa, que identificó la “preparación en defensa” como prioridad e introdujo nuevas herramientas para estimular la adquisición conjunta, ampliar la capacidad de producción y consolidar la base industrial de defensa. A ello siguió, en 2025, el lanzamiento del programa Acción de Seguridad para Europa, dotado con 150.000 millones de euros en préstamos preferenciales, destinado a acelerar la adquisición de capacidades críticas como defensa antiaérea, artillería y municiones. Estas y otras iniciativas se diseñaron para presentar la autonomía no como un sustituto de la OTAN, sino como un complemento necesario a fin de reforzar la capacidad de Europa de actuar cuando el liderazgo de EE. UU. vacila. Los analistas europeos subrayan que la autonomía real exige construir una base industrial de defensa europea consolidada y dar prioridad a la adquisición intra-UE para reducir la dependencia de proveedores no europeos. En este contexto, el enfoque transaccional de Estados Unidos hacia las alianzas se interpreta a la vez como una advertencia y como una oportunidad: una advertencia de que el distanciamiento estadounidense de los compromisos multilaterales puede volverse estructural, y una oportunidad para que Europa supere la infrainversión crónica y la fragmentación de su política de defensa.

Con todo, la valoración europea de la condicionalidad de Trump no es uniformemente negativa. Por un lado, la presión estadounidense ha impulsado inversiones largamente aplazadas, reduciendo algunas de las brechas de reparto de cargas en la OTAN. Por otro lado, la credibilidad de la disuasión depende cada vez más de la percepción: la ambigüedad en torno a las líneas rojas de la OTAN y al Artículo 5 ha intensificado los temores de que una postura transaccional de EE. UU. pueda envalentonar a los adversarios para poner a prueba la cohesión de la Alianza. En este entorno, los líderes europeos han impulsado el enfoque de la coalición de los dispuestos, que ha tratado de ultimar garantías de seguridad robustas para Ucrania. La iniciativa ha estado liderada principalmente por Francia y el Reino Unido, cuyo liderazgo proactivo contrasta con el compromiso más cauto de Alemania y Polonia –países que siguen siendo reacios a asumir un papel de primera línea. Veintiséis Estados se han comprometido a contribuir a una fuerza de aseguramiento posconflicto, pero muchos se muestran reticentes a desplegar personal dentro de Ucrania si Estados Unidos no hace lo mismo. En la práctica, los grupos UE–EE. UU.–Ucrania trabajan en el diseño de un marco operativo pragmático –definiendo qué debe implementarse, cuándo (con algunos elementos que habrán de aplicarse antes de que “termine la guerra”) y cómo garantizar la coherencia entre actores. La transición de Biden a Trump cristaliza así una paradoja más amplia: Estados Unidos sigue siendo central para la arquitectura de seguridad europea, pero su fiabilidad ya no se da por sentada. El imperativo estratégico ahora consiste en preservar el compromiso estadounidense al tiempo que se construyen capacidades europeas autónomas capaces de actuar cuando cambien las prioridades de Washington.

El resultado de este paradigma, sin embargo, se ha materializado hasta ahora en una respuesta europea fragmentada. Las capitales de Europa occidental ponen el acento en la urgencia de reducir la dependencia mediante el refuerzo de la política industrial de defensa, la mejora de la adquisición conjunta/común y la inversión en una autonomía estratégica de largo plazo. Los Estados de primera línea, especialmente en Europa central y oriental, se centran en cambio en asegurar acuerdos bilaterales con EE. UU. y en reforzar la disuasión de la OTAN en el flanco oriental, al tiempo que incrementan sus propios presupuestos de defensa. Ambos enfoques reflejan un reconocimiento compartido de que el pacto transatlántico ha cambiado de forma fundamental. Bajo Trump, Europa ya no presupone una solidaridad automática, sino que debe negociar activamente su lugar en el cálculo de seguridad de Estados Unidos. Esta dinámica ha generado tanto ansiedad como impulso: ansiedad por la durabilidad de los compromisos estadounidenses, pero también impulso para invertir en una mayor capacidad europea, manteniendo a la vez a EE. UU. como socio indispensable de la seguridad y la influencia internacional de Europa.

El cálculo de Rusia ante los cambios en la política exterior de EE. UU.

Desde la óptica de Moscú, el contraste entre el multilateralismo limitado de Joe Biden y el “America First” de Donald Trump también ha sido marcado. Bajo Biden, la unidad de la OTAN y la imposición de sanciones a Rusia, junto con la asistencia militar occidental continuada a Ucrania, reforzaron lo que los analistas describen como un enfoque decontención plus.” El Kremlin interpretó el recurso frecuente de Biden a presentar el conflicto como una contienda entre democracia y autoritarismo no solo como un marco ideológico, sino como algo existencial: una señal implícita de que Moscú estaba siendo aislado y tratado como un paria.

El regreso de Trump, sin embargo, fue leído en Moscú como un riesgo y una oportunidad a la vez. Los analistas rusos señalan que el énfasis de Washington en el reparto de cargas y las alianzas condicionales puede convertirse en una prueba de cohesión: si los aliados europeos no cumplen de manera reiterada las expectativas de Washington, las fricciones internas pueden aumentar y la credibilidad erosionarse. Tales tensiones se consideran en Moscú un terreno fértil para tácticas híbridas destinadas a agravar las divisiones dentro de la OTAN –ya sea mediante desinformación, intrusiones cibernéticas, presión energética o escaladas en espacios disputados. Los responsables rusos han presentado sistemáticamente la condicionalidad estadounidense como vacilación, reforzando la narrativa de que el tiempo juega a favor de Moscú: la presión militar y política sostenida, argumentan, acabará por fracturar la cohesión aliada. Esta percepción subyace a la convicción de Moscú de que la ambigüedad en las intenciones de EE. UU. define el margen de libertad de acción para consolidar las ganancias territoriales en Ucrania, poner a prueba la resiliencia de los gobiernos europeos y preservar la influencia en el espacio postsoviético.

No obstante, Moscú también reconoce las limitaciones y los riesgos. La diplomacia transaccional del presidente Trump señala posibles ajustes, pero no una desvinculación total de Estados Unidos respecto a la seguridad europea. Por el contrario, el aumento de las inversiones y la planificación de defensa en Washington se interpretan como un refuerzo de la disuasión frente tanto a Rusia como a China. Por ejemplo, Rusia ha criticado con dureza las iniciativas estadounidenses para ampliar la defensa antimisiles, como la propuesta de un “Iron Dome para Estados Unidos,” presentándolas como intentos de alterar el equilibrio estratégico. Los estrategas rusos subrayan que el Kremlin responde acelerando la modernización de la defensa, reforzando bases y manteniendo una elevada disponibilidad operativa en sus distritos militares occidental y meridional. Estas medidas se presentan como necesidades defensivas, pero hacia el exterior señalan la intención de preservar la capacidad coercitiva sobre los vecinos y mantener relevancia en el equilibrio global.

Al mismo tiempo, los responsables rusos han advertido de un posible espiral de escalada, presentando las acciones estadounidenses como desestabilizadoras mientras tratan de conservar al menos canales mínimos de señalización estratégica. Se mantienen notificaciones sobre pruebas de misiles y mecanismos de desconflitación, lo que refleja el reconocimiento por parte de Moscú de que una mala calibración podría conducir a una confrontación fuera de control. En la práctica, el cálculo ruso combina así oportunismo y cautela: explotar las divisiones percibidas en Occidente mientras se prepara para una confrontación prolongada en la que la disuasión, las tácticas híbridas y la escalada sigan siendo instrumentos centrales de la acción estatal.

La explotación de la ambigüedad estratégica

Moscú ha considerado desde hace tiempo la ambigüedad en los compromisos de Estados Unidos como una brecha explotable. Los analistas rusos presentan la incertidumbre sobre la disposición de Washington a sostener la defensa colectiva como una oportunidad para avanzar los intereses estratégicos del Kremlin sin provocar una respuesta decisiva. En este sentido, los debates sobre el reparto de cargas, la fatiga de los aliados y las garantías condicionales de EE. UU. exponen vulnerabilidades que pueden ser puestas a prueba de forma sistemática. Las tácticas híbridas –que abarcan desde operaciones cibernéticas y desinformación hasta coerción energética y financiación política encubierta– se consideran especialmente eficaces porque profundizan las divisiones en el seno de las sociedades aliadas y retrasan la toma de decisiones colectivas. La ambigüedad en el liderazgo estadounidense magnifica así la utilidad de estas herramientas, al proporcionar un margen de maniobra para atrincherar la influencia en la región postsoviética y testar la determinación de Occidente a bajo coste.

Finales de enero–mediados de marzo de 2025: suspensión de inteligencia y señales estratégicas

La primera gran prueba del nuevo entorno de señalización transatlántica se produjo entre finales de enero y mediados de marzo de 2025, cuando Washington restringió temporalmente el flujo de inteligencia hacia Ucrania. A comienzos de marzo, las autoridades estadounidenses suspendieron el acceso de Kyiv a canales críticos de inteligencia, incluida la plataforma de imágenes satelitales Global Enhanced GEOINT Delivery (GEGD), operada por Maxar. Para Ucrania, esto se tradujo en un estrechamiento repentino de la conciencia situacional: las unidades de defensa antiaérea informaron de una degradación de la capacidad de alerta temprana, mientras que los comandantes en primera línea afrontaron retrasos en la recepción de datos de precisión para la designación de objetivos. El acceso se restableció posteriormente en torno al 12 de marzo de 2025, pero la interrupción tuvo un peso estratégico significativo en sí misma.

Desde la perspectiva de Moscú, esta suspensión fue interpretada menos como un ajuste técnico que como una señal reveladora de condicionalidad en los compromisos estadounidenses. Los planificadores rusos parecen haber concluido que el apoyo de Estados Unidos a Ucrania ya no era automático ni constante, sino contingente y reversible, dependiente de cálculos políticos cambiantes en Washington. En respuesta, las fuerzas rusas intensificaron la presión ofensiva. El 8 de marzo, Rusia llevó a cabo la fallida operación “Potok” (Corriente): una maniobra de infiltración a través del gasoducto en desuso Urengoy–Pomary–Uzhhorod hacia territorio ucraniano cerca de Sudzha, en el región de Kursk, un ejemplo poco habitual del uso de rutas de acceso no convencionales para obtener ventaja posicional. El Kremlin también mantuvo andanadas de misiles y artillería de largo alcance en otros frentes, aprovechando la reducción temporal de la conciencia situacional ucraniana debido a la degradación del apoyo de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR).

El episodio tuvo efectos de gran calado tanto en el campo de batalla como en el plano estratégico. Sobre el terreno, Ucrania se vio obligada a absorber mayores pérdidas y fricción operativa en un momento en que su capacidad de respuesta rápida dependía en gran medida de los insumos ISR. Kyiv tuvo que recurrir más a fuentes europeas de reconocimiento e imágenes, a menudo más lentas y menos precisas. En el plano estratégico, Moscú logró una exploración de bajo coste: Washington podía restablecer los flujos de inteligencia, como de hecho hizo, pero la ruptura permitió a Rusia presentar las garantías estadounidenses como episódicas y no firmes. Ello reforzó la creencia arraigada en el Kremlin de que el tiempo favorece a Rusia: que la presión militar sostenida, combinada con la explotación selectiva de la ambigüedad occidental, acabará fracturando la cohesión de los apoyos a Ucrania.

Marzo–agosto de 2025: anexión administrativa mediante burocracia

La segunda fase de la explotación por parte de Rusia de la ambigüedad estadounidense y occidental se desarrolló menos a través de batallas abiertas y más mediante papeleo y administración coercitiva. A medida que EE. UU. ponía el acento en el reparto de cargas y la condicionalidad en su marco retórico y de política, Moscú aceleró su campaña de pasaportización en los territorios ocupados. El 5 de marzo de 2025, el presidente Vladímir Putin declaró que las autoridades habían concluido prácticamente la emisión de pasaportes rusos a los residentes de los territorios de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jersón. El ministro del Interior, Vladímir Kolokóltsev, informó de la expedición de un total de 3,5 millones de pasaportes.

Asimismo, el 20 de marzo de 2025, Putin firmó un decreto por el que se ordenaba a los ciudadanos ucranianos de esas cuatro regiones ocupadas (y de Crimea) regularizar su situación jurídica antes del 10 de septiembre de 2025 o marcharse por sus propios medios; el incumplimiento implicaría ser clasificados como extranjeros por las autoridades rusas. Para los residentes de los territorios ocupados, este proceso no es ni neutral ni opcional. Informes de organizaciones de derechos humanos describen una coerción intensa: denegación de acceso a la atención sanitaria, prestaciones sociales, empleo o derechos de propiedad a quienes no disponen de pasaporte ruso; presión burocrática para aceptar la documentación rusa; y amenazas legales (incluida la deportación o la clasificación como “extranjeros”) para quienes se resisten.

Los efectos de este plan gradual son significativos. En primer lugar, se ha ampliado de forma considerable la población sobre la que Rusia puede reivindicar responsabilidad (también para fines de reclutamiento): quienes disponen de pasaporte quedan ahora formalmente bajo jurisdicción rusa en numerosos ámbitos legales y administrativos. En segundo lugar, la distinción entre ocupación y anexión se difumina en la vida cotidiana, no solo en la documentación, sino también mediante la imposición de sistemas jurídicos, educativos y de servicios rusos. En tercer lugar, a un coste militar mínimo, Rusia crea hechos sobre el terreno que complican cualquier escenario posterior de arreglo o reintegración. Los gobiernos occidentales, aunque condenan estas medidas por considerarlas violaciones del Derecho internacional y de la soberanía de Ucrania, las han abordado hasta ahora principalmente mediante declaraciones y sanciones, sin acompañarlas de ajustes estructurales de política.

Agosto–principios de septiembre de 2025: señales frente al nuevo canal PURL de la OTAN

A finales del verano de 2025, el debate transatlántico sobre cómo sostener a Ucrania cristalizó en torno a un nuevo mecanismo institucional: la Lista Priorizada de Necesidades de Ucrania, o PURL. Esta iniciativa de la OTAN y Estados Unidos se diseñó para adaptarse al impulso de Washington en favor del reparto de cargas: Estados Unidos seguiría suministrando armas de sus existencias, mientras que los aliados europeos aportarían la financiación. Alemania, los Países Bajos, Canadá y un grupo conjunto (Dinamarca, Noruega, Suecia) se comprometieron cada uno a aportar alrededor de 500 millones de dólares en el marco del mecanismo PURL a comienzos de agosto.

Moscú interpretó, sin embargo, estos compromisos menos como señales de unidad reforzada que como condicionalidad revestida de compromisos formales. La narrativa de los medios estatales rusos se apresuró a presentar la iniciativa como una “externalización” de la carga por parte de EE. UU., trasladando a Europa el coste (financiero, político y logístico) de la defensa de Ucrania. En las evaluaciones estratégicas rusas, la estructura de PURL reforzó la idea de que el apoyo estadounidense estaba supeditado al rendimiento y la continuidad de los aliados, lo que incrementa el incentivo de Moscú para poner a prueba la durabilidad de esas contribuciones, tanto en la entrega material como en la voluntad política de los aliados.

En el plano operativo, esta lectura se ha traducido en una campaña de ataques deliberados y calibrados contra infraestructuras, destinada no solo a degradar la capacidad bélica de Ucrania, sino también a debilitar la determinación ucraniana y occidental. Al golpear nodos energéticos y de transporte, el Kremlin busca imponer costes recurrentes a la economía civil y a la logística militar, al tiempo que genera penurias muy visibles con el objetivo de reducir la voluntad de lucha de la población ucraniana. Así, el 8 de septiembre de 2025, un ataque ruso alcanzó una central termoeléctrica en la región de Kyiv, provocando cortes de electricidad y gas y dejando sin suministro a más de 8.000 hogares; la mayor parte del servicio se restableció a la mañana siguiente. Posteriormente, el 17 de septiembre de 2025, drones rusos atacaron la región de Kirovohrad, interrumpiendo el suministro eléctrico y los servicios ferroviarios.

Estos ataques cumplen varios objetivos estratégicos en el cálculo de Moscú. En primer lugar, al atacar la energía y el ferrocarril –vitales tanto para la economía civil como para la logística militar–, Rusia impone cargas financieras y operativas recurrentes a Ucrania, obligando a Kyiv a desviar recursos hacia reparaciones y respuestas de emergencia. En segundo lugar, las perturbaciones altamente visibles que provocan estos ataques están destinadas a moldear percepciones más allá del campo de batalla: los apagones, los retrasos en el transporte y los costes económicos en cascada pretenden erosionar la moral pública, debilitar la resiliencia social de Ucrania y amplificar la fatiga de guerra entre las opiniones públicas europeas. En tercer lugar, el objetivo del Kremlin no es solo degradar la voluntad de lucha de Ucrania, sino también señalar que, mientras Europa promete cientos de millones a través de PURL, Rusia puede imponer de forma continuada costes que erosionan la resiliencia ucraniana más rápido de lo que esas promesas pueden estabilizar la situación, poniendo así a prueba la voluntad política de Occidente y la durabilidad del apoyo aliado con el paso del tiempo.

Septiembre de 2025: tanteo del espacio aéreo de la OTAN

A principios de septiembre de 2025, en paralelo a la intensificación de los ataques contra la logística y las infraestructuras críticas de Ucrania, Rusia también intensificó su campaña de pruebas en la periferia externa de la OTAN. La secuencia de estos sondeos ilustra cómo Moscú combina la interrupción calibrada de las arterias de suministro de Ucrania con pruebas graduales de las defensas aliadas. En conjunto, estas acciones muestran cómo Rusia explota la ambigüedad de los compromisos estadounidenses y los debates sobre el reparto de cargas entre aliados para erosionar la cohesión tanto dentro de Ucrania como a lo largo de la primera línea de la OTAN.

Entre los días 9 y 10 de septiembre de 2025, entre 19 y 23 drones rusos cruzaron el espacio aéreo polaco, algunos de ellos permaneciendo en vuelo durante horas antes de ser interceptados. Varsovia invocó consultas en virtud del Artículo 4, y la OTAN envió aviones de combate, incluidos F-35 neerlandeses, para interceptar a varios de los intrusos. Se trató del primer enfrentamiento cinético de defensa aérea sobre territorio de la OTAN desde el inicio de la guerra, obligando a la Alianza a emplear municiones de alto valor contra drones de bajo coste y afrontando la complejidad operativa de defender espacios aéreos extensos. El incidente se trasladó de inmediato al Consejo de Seguridad de la ONU, subrayando su resonancia global, y la OTAN lo señaló formalmente como parte de una campaña de presión rusa más amplia.

Tan solo tres días después, el 13 de septiembre de 2025, el Kremlin repitió la táctica contra otro aliado de primera línea. Un dron ruso penetró unos 10 kilómetros en territorio rumano y permaneció allí cerca de 50 minutos antes de abandonar el espacio aéreo, pese al despegue de F-16 para interceptarlo. El largo tiempo de permanencia sugiere una prueba deliberada de los procedimientos de detección y respuesta de la OTAN, pero también pone de relieve la ambigüedad de estas intrusiones: el objetivo no es lo bastante decisivo como para justificar una represalia, ni tan inocuo como para ser ignorado. Al repetir el sondeo tan poco después del episodio en Polonia, Moscú trató de normalizar estas incursiones breves y ambiguas como un rasgo del entorno de seguridad regional.

El patrón volvió a escalar los días 19 y 21–22 de septiembre de 2025, cuando tres cazas MiG-31 penetraron en el espacio aéreo de Estonia durante unos 12 minutos antes de retirarse. A diferencia de los drones, el empleo de aeronaves tripuladas elevó la carga política, activando una sesión del Consejo del Atlántico Norte, pero sin llegar al umbral de un casus belli incontestable. Moscú negó la violación, preservando la negabilidad al tiempo que aumentaba la inquietud aliada. Al elegir Estonia –el flanco nororiental de la OTAN–, Rusia envió una señal inequívoca de que incluso los desafíos aéreos directos podían calibrarse de forma que aumentasen la temperatura política sin desencadenar una escalada militar.

Estos episodios de alto perfil se enmarcaron en un trasfondo persistente de interceptaciones casi diarias de aeronaves de inteligencia rusas, como los IL-20, sobre el mar Báltico. Aunque técnicamente legales cuando se realizan en espacio aéreo internacional, tales vuelos exigen respuestas constantes de la OTAN, manteniendo elevado el ritmo operativo y desviando recursos aliados de Ucrania. Para Moscú, el ritmo sostenido de sondeos aéreos sirve como herramienta de bajo coste para “mantener el agua a punto de hervir” –normalizar gradualmente el riesgo, habituar a los aliados a una tensión elevada y obligar a la OTAN a consumir tiempo y recursos en la policía aérea.

El efecto estratégico de esta campaña de septiembre fue acumulativo. Al combinar drones, tiempos prolongados de merodeo, incursiones de cazas tripulados y vuelos constantes de ISR, Rusia demostró que podía elevar los costes para la Alianza y poner a prueba su cohesión sin cruzar líneas rojas. Cada movimiento era reversible y negable, pero en conjunto erosionaban la previsibilidad del entorno de seguridad de la OTAN. Para Moscú, estas acciones tenían menos que ver con efectos militares directos que con la explotación de la ambigüedad estratégica de los compromisos estadounidenses y el ensanchamiento de la brecha entre las garantías condicionales de Washington y la capacidad desigual de respuesta europea.

Qué viene después: una espiral de escalada sin fin

Pese a los llamamientos periódicos de los gobiernos occidentales a una tregua o a los pronósticos sobre un posible final de la guerra, Rusia no muestra señales de prepararse para la paz. Al contrario, tanto los indicadores políticos como los militares sugieren que el Kremlin se prepara para una confrontación prolongada. En el plano político, la reciente dimisión de Dmitri Kozak –antes visto como defensor de enfoques híbridos y de acomodación limitada–, junto con el desmantelamiento de su Oficina de Cooperación Transfronteriza, señala el triunfo del denominado “partido de la guerra” en torno a Serguéi Kirienko. La prominencia de figuras como el general Andréi Mordvichev, que acompañó al presidente Putin en los ejercicios Oeste-2025 y es conocido por sus brutales tácticas de “asalto de carne,” subraya aún más la consolidación de los sectores más duros en el círculo íntimo de Putin. Estos cambios apuntan no hacia la negociación, sino hacia la institucionalización de la guerra interminable como postura por defecto del Kremlin.

En el campo de batalla, las acciones de Rusia refuerzan esta conclusión. Las dos “treguas” anunciadas en 2025 –para Pascua y mayo– fueron ardides tácticos, aprovechados para reagruparse y redistribuir fuerzas antes que auténticas pausas en las hostilidades. Los actuales movimientos, como el traslado de unidades de élite de infantería de marina y tropas aerotransportadas desde la dirección de Sumy para reforzar el frente de Pokrovsk, reflejan la preparación de Moscú para mantener una actividad ofensiva sostenida durante la campaña otoño-invierno y más allá, hacia 2026. El refuerzo de las direcciones Norte y Kupiansk demuestra que Rusia ya está alineando fuerzas para la siguiente fase de la guerra de desgaste, con pocas señales de desescalada operativa. Incluso la incursión de drones de septiembre en el espacio aéreo polaco, sin precedentes por su alcance y duración, demuestra que Moscú prefiere poner a prueba los umbrales de la OTAN antes que crear condiciones para unas conversaciones.

En conjunto, estos indicadores políticos y militares confirman que la estrategia de Rusia no está orientada hacia un alto el fuego o unas negociaciones de paz, sino hacia la gestión de una guerra de desgaste prolongada. La escalada –ya sea mediante la integración burocrática de los territorios ocupados, los ataques calibrados contra la infraestructura de Ucrania o las incursiones de tanteo en el espacio aéreo de la OTAN– constituye a la vez el método y el mensaje. El objetivo de Moscú es afianzar el control territorial, erosionar la unidad occidental y normalizar un clima de confrontación permanente. En este sentido, lo que se perfila no es una vía hacia la paz, sino una espiral de escalada sin fin, que pone en cuestión no solo la supervivencia nacional de Ucrania, sino también la credibilidad de las instituciones internacionales y la durabilidad del propio orden de seguridad de la posguerra fría.

Escalada calibrada y escalada gradual

La conducta de Rusia en la guerra contra Ucrania debe entenderse no como una campaña estática, sino como una estrategia dinámica de adaptación incremental. Dos conceptos superpuestos capturan el enfoque del Kremlin: “escalada calibrada” (calibrated escalation) y “escalada gradual” (creeping escalation). Ambos sirven para ampliar la libertad de acción de Moscú, socavar la disuasión y poner a prueba los límites de la determinación occidental.

Escalada calibradaEscalada gradual
Una estrategia de acciones controladas, visibles y reversibles, diseñadas para imponer costes y enviar señales sin cruzar umbrales que desencadenarían una represalia abrumadora. Su esencia radica en la señalización, la coerción y la presión psicológica.Una estrategia de acciones incrementales, ambiguas y acumulativas, diseñada para normalizar gradualmente nuevas realidades y elevar la tolerancia al riesgo. Su esencia radica en la normalización, la habituación y los hechos consumados graduales.
Ataques contra la infraestructura energética


Visible: los ataques son lo bastante grandes para resultar visibles.
Controlada: los objetivos se eligen para perturbar gravemente –no destruir– la red.
Reversible: los daños suelen poder repararse en cuestión de días o semanas.

-> Demuestra capacidad y determinación, al tiempo que mantiene la opción de detener nuevos ataques y permitir la recuperación.
Sondeos de drones/cazas en el espacio aéreo de la OTAN

Incremental: incursiones frecuentes pero limitadas que se convierten en algo “rutinario.”
Ambigua: cada incidente puede negarse como error de navegación o accidente.
Acumulativa: normaliza un nivel más alto de riesgo para la defensa aérea de la OTAN.

-> En lugar de un choque dramático, las pequeñas incursiones repetidas ponen a prueba los límites de la OTAN, introduciendo divisiones entre los aliados y minando la confianza.
Ejercicios militares cerca de las fronteras de la OTAN

Visible: los movimientos de tropas y equipos son muy visibles y públicos.
Controlada: pueden retirarse o redistribuirse rápidamente si se consigue la señal disuasoria o coercitiva buscada.
Reversible: los aliados deben responder con medidas de preparación, pero no se ocupa territorio y la escalada puede revertirse.

-> Eleva la tensión, prueba las respuestas aliadas y comunica riesgo, pero sigue siendo temporal y reversible.
Integración gradual de los territorios ocupados

Incremental: imposición del rublo, introducción de nuevos planes de estudio en las escuelas, organización de elecciones locales, emisión de pasaportes rusos.
Ambigua: cada paso parece “administrativo.”
Acumulativa: en conjunto, institucionalizan las estructuras de gobernanza rusa.

-> No hay un movimiento decisivo único, sino una normalización constante de la autoridad rusa con el paso del tiempo.
Gestión de la vía de negociación


Visible: Moscú declara una “parada” de las conversaciones o se retira del diálogo mientras mantiene los ataques, utilizando la suspensión de la diplomacia como señal coercitiva.
Controlada: el Kremlin conserva canales mínimos y puede anunciar en cualquier momento su disposición a reanudar el diálogo, preservando su flexibilidad.
Reversible: Rusia puede entrar o salir de las negociaciones a voluntad, presentando estos movimientos como concesiones o represalias según sus necesidades tácticas.

-> Gana tiempo, obtiene cobertura diplomática y pone a prueba la unidad occidental, sin tener en realidad interés en unas conversaciones de paz sustantivas, sino en moldear percepciones y mantener su capacidad de presión.
Ampliación gradual de las intrusiones cibernéticas

Incremental: operaciones cibernéticas continuas de bajo nivel contra infraestructuras occidentales.
Ambigua: de atribución difusa, a menudo presentadas como incidentes criminales o técnicos.
Acumulativa: con el tiempo, los actores occidentales se adaptan a una interferencia persistente como “la nueva normalidad.”

-> Ningún ataque individual justifica una represalia plena, pero el ritmo constante habitúa a una presión rusa constante en el dominio cibernético.
Suspensión temporal de obligaciones de control de armamentos

Visible: anuncio público de que Rusia suspende inspecciones o intercambio de información (por ejemplo, en el marco del Nuevo START).
Controlada: la suspensión se aplica a determinadas disposiciones mientras otras se mantienen.
Reversible: el cumplimiento puede restablecerse rápidamente si cambian las negociaciones.

-> Eleva la presión estratégica al socavar la transparencia, pero deja espacio para la restauración, mostrando una intención coercitiva sin cruzar un punto de no retorno.
Militarización por etapas del Ártico


Incremental: establecimiento sucesivo de nuevas bases, estaciones de radar o rutas de patrulla.
Ambigua: cada movimiento se presenta como “defensa rutinaria” o “modernización de infraestructuras.”
Acumulativa: a lo largo de los años, Rusia logra un control de facto de zonas clave del Ártico sin un choque dramático único.

-> Pasos individualmente poco costosos normalizan gradualmente una presencia militar rusa ampliada y sus reivindicaciones estratégicas.

La escalera de escalada frente a la escalada calibrada y gradual

La escalera de escalada, conceptualizada originalmente por Herman Kahn y posteriormente adaptada en los debates de la OTAN y Rusia, es un modelo jerárquico, por etapas, estructurado y lineal que describe la progresión desde la presión diplomática hasta un intercambio nuclear total. Cada peldaño representa un nivel cualitativamente más alto de violencia y riesgo, lo que convierte la escalera en un modelo amplio y formal idóneo para captar el espectro completo de la posible escalada, sobre todo en los umbrales nucleares.

Por el contrario, la distinción entre escalada calibrada y escalada gradual describe modos de acción más que peldaños.

  • La escalada calibrada refleja el uso selectivo de peldaños más altos de forma visible pero reversible, con el fin de enviar señales e imponer costes sin avanzar irreversiblemente hacia arriba. Fórmula (simplificada): acciones breves, controladas y reversibles → señalización, coerción, presión psicológica.
  • La escalada gradual refleja la ocupación incremental de los peldaños bajos y medios mediante pasos ambiguos y negables que se acumulan con el tiempo, normalizando de facto nuevas realidades sin un salto dramático. Fórmula (simplificada): movimientos incrementales y denegables a largo plazo → normalización, habituación, hechos consumados graduales.

Desde el punto de vista analítico, la escalera de escalada ofrece el mapa estructural, mientras que la distinción entre escalada calibrada y gradual proporciona una clave de lectura del comportamiento que explica cómo se mueve Rusia dentro y entre los peldaños. Para evaluar la estrategia cotidiana de Rusia en Ucrania y frente a la OTAN, la distinción calibrada/gradual resulta a menudo más precisa, porque explica no solo dónde opera Moscú en la escalera, sino también cómo avanza: en ocasiones mediante ataques demostrativos y controlados, y en otras a través de tácticas graduales de “salami.”

Para Ucrania y sus socios, el reto central reside en reconocer estas tácticas como parte de una doctrina coherente y no como provocaciones aisladas. La escalada calibrada no debe descartarse como “mera señalización,” ni la escalada gradual aceptarse como un subproducto inevitable de la guerra. En su lugar, se necesita una estrategia de resiliencia preventiva y disuasión proactiva: reforzar la protección civil frente a los ataques a infraestructuras, fortalecer la capacidad europea de contrasabotaje y defensa aérea e integrar la seguridad de Ucrania en el marco más amplio de la planificación occidental.

Las ganancias silenciosas de China

Durante los años de Biden, Beijing cultivó la imagen de mediador neutral. En febrero de 2023 presentó su plan de paz de 12 puntos, en el que pedía diálogo, respeto de la integridad territorial y el abandono de la mentalidad de guerra fría, evitando cuidadosamente criticar la invasión rusa. Las declaraciones oficiales culpaban a menudo a la OTAN y a Estados Unidos de “avivar las llamas” del conflicto, pero China evitó respaldar explícitamente la agresión de Moscú.

Desde el regreso de Trump a la presidencia, la retórica china se ha agudizado. Los medios chinos culpan a Estados Unidos de ejercer una coerción unilateral sobre sus propios aliados, presionándoles para que impongan sanciones más duras a Rusia y detengan las compras de petróleo y gas rusos. Beijing también ha promovido de forma más assertiva su narrativa de un mundo multipolar ordenado, alineando con frecuencia su mensaje con la denuncia rusa de la hegemonía occidental. Aunque sigue abogando por conversaciones de paz, el tono de Beijing ha evolucionado desde la mediación hacia la crítica de la desunión occidental, aprovechando las tensiones entre Estados Unidos y Europa bajo Trump. No obstante, China parece ser uno de los actores que más se benefician de la guerra –en los planos estratégico, económico y político–, al perseguir su propia agenda bajo una neutralidad proclamada.

Lecciones extraídas de la guerra

Para China, una de las ganancias estratégicas más significativas de la invasión rusa de Ucrania ha sido la oportunidad de estudiar en tiempo real la dinámica del campo de batalla moderno. Investigadores del Ejército Popular de Liberación (EPL) han analizado de cerca el rendimiento de los sistemas de armas y tecnologías estadounidenses, así como las innovaciones desarrolladas conjuntamente por Ucrania y sus socios occidentales. De hecho, Beijing puede intentar replicar capacidades que han demostrado ser decisivas en la guerra, como el uso de Starlink para comunicaciones seguras y coordinación en el campo de batalla.

Quizá la conclusión más trascendental para los estrategas chinos tenga que ver con las limitaciones de la base industrial de defensa de Estados Unidos. Los análisis del EPL resaltan cada vez más que Washington no puede sostener fácilmente un conflicto prolongado de alta intensidad con los niveles actuales de producción, existencias y eficiencia de costes. Aunque Estados Unidos mantiene una clara ventaja tecnológica sobre Rusia, su capacidad para conservar esa ventaja se debilita en una guerra de desgaste, precisamente el tipo de conflicto en el que se ha convertido la guerra de Ucrania.

Beijing también observa con atención la dimensión política de la guerra. Los analistas chinos estudian cómo han respondido las alianzas de EE. UU. a la agresión rusa, examinando si los gobiernos occidentales actúan de forma preventiva o reactiva y hasta qué punto se mantiene su unidad bajo presión. Al mismo tiempo, China ha extraído lecciones de la experiencia de combate de Rusia, asimilando tanto los errores tácticos de Moscú como las adaptaciones que le han permitido resistir.

El interés de China en la continuación de la guerra

China tiene pocos incentivos para promover un fin temprano de la guerra entre Rusia y Ucrania, ya que el conflicto reporta dividendos estratégicos, económicos y geopolíticos a Beijing. En 2024, el comercio chino-ruso alcanzó un récord de unos 237.000 millones de dólares. Aunque el crecimiento se esté moderando, el volumen subraya hasta qué punto China se ha vuelto esencial para Moscú. La relación comercial es fuertemente asimétrica: Rusia depende de China como mercado clave de exportación y proveedor de bienes industriales; China se beneficia de energía con descuento y de la profundización de los lazos económicos.

Más allá del volumen comercial, Beijing ha desempeñado un papel habilitador clave en el esfuerzo bélico ruso. Las exportaciones chinas de microelectrónica, óptica, componentes de drones, máquinas-herramienta y otros bienes de doble uso siguen fluyendo hacia Rusia, sosteniendo la base industrial de defensa de Moscú a pesar de las sanciones. Solo en la primera mitad de 2025, China incrementó sus exportaciones de óptica para UAV, piezas de reflectores aéreos y de radar, placas de circuito impreso y componentes de motores. Presuntamente, empresas chinas también han suministrado pólvora, productos químicos especiales, equipos de mecanizado y componentes de defensa a al menos veinte instalaciones de producción militar rusas, a menudo a través de empresas pantalla para ocultar las transacciones. Esto sitúa de facto a China como un facilitador de la maquinaria de guerra rusa.

Desde la perspectiva china, una Rusia colapsada, fragmentada o sumida en una grave inestabilidad interna entrañaría riesgos importantes. La inestabilidad a lo largo de la frontera de 4.200 kilómetros, los flujos de refugiados o un régimen imprevisible en Moscú tendrían un coste elevado. Por tanto, el interés de China es permitir que Rusia siga debilitada pero lo bastante estable como para ser un socio fiable o un colchón estratégico. En este sentido, el enfoque de Beijing hacia Rusia es defensivo: evitar la derrota o el colapso de Moscú contribuye a preservar un amortiguador geopolítico predecible y garantiza la continuidad del acceso a energía y recursos. Además, perder a Rusia como contrapeso en Eurasia dejaría a China más expuesta en términos geoestratégicos. Al permitir que el conflicto se prolongue, China se beneficia indirectamente de las fricciones y fracturas geopolíticas que puede explotar: tensiones en las relaciones entre Estados Unidos y Europa, presión sobre los presupuestos de defensa occidentales y cuestionamiento de la cohesión de las alianzas.

Por último, cuanto más se prolonga el conflicto, mayor capacidad de influencia acumula China frente a Moscú y, potencialmente, frente a Occidente. Como Rusia depende de China para su sustento económico, sus insumos militares y su acceso comercial bajo sanciones, Beijing dispone de fichas de negociación. Más allá de esta capacidad de influencia, China y Rusia comparten intereses coincidentes a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), que ha anclado la cooperación en infraestructuras, comercio y energía. Proyectos como el Corredor Económico China–Mongolia–Rusia, el Nuevo Puente Terrestre Euroasiático y las infraestructuras transfronterizas como el puente Heihe–Blagovéshchensk vinculan más estrechamente a Rusia a la agenda de conectividad de China, mientras que los debates sobre la alineación de la BRI con la Unión Económica Euroasiática apuntan a armonizar normas comerciales y logística en toda Eurasia. Para Beijing, estos proyectos aseguran acceso fiable a energía, materias primas y rutas más rápidas hacia Europa; para Moscú, ofrecen oportunidades de inversión y tránsito en un contexto de sanciones occidentales. Sin embargo, la asimetría es evidente: Rusia corre un riesgo creciente de convertirse en un socio menor y un mero corredor de tránsito en la gran estrategia china, lo que refuerza la capacidad de Beijing para exigir concesiones políticas, económicas o de seguridad en cualquier arreglo posbélico futuro.

Al mismo tiempo, Rusia tiene poco interés en ser percibida como socio subordinado al quedar reducida a proveedora de materias primas y corredor de tránsito para el comercio chino. Estas dinámicas representan puntos de fricción en la relación que pueden explotarse estratégicamente: si bien una ruptura total entre Moscú y Beijing es improbable, se pueden elevar los costes de la cooperación, por ejemplo mediante sanciones secundarias y aranceles que afecten de forma significativa a las empresas chinas que comercian con Rusia. Tales medidas podrían reducir el apetito de Beijing por profundizar los vínculos económicos, debilitando así la estructura de incentivos que sustenta la asociación.

La percepción de Kyiv sobre el papel de Beijing

Kyiv ha oscilado entre la cautela y el escepticismo respecto a Beijing. Bajo Biden, Ucrania acogió con satisfacción la visita del enviado chino Li Hui en 2023, pero los responsables ucranianos expresaron de forma constante dudas sobre la neutralidad de China, subrayando su negativa a condenar la agresión rusa. El presidente Zelenski se mostró dispuesto a aceptar la participación china en esfuerzos de paz, aunque solo como complemento al apoyo occidental.

El segundo mandato de Trump ha alejado aún más a Kyiv de Beijing. En abril de 2025, Ucrania impuso sanciones a varias empresas chinas por suministrar a Rusia tecnologías relacionadas con misiles. Cada vez más, Ucrania ve a China como demasiado alineada con Moscú para desempeñar un papel constructivo. Pese a ello, China ha seguido presentándose como posible mediador en la guerra. A lo largo de 2025, Beijing ha impulsado propuestas de alto el fuego bajo el paraguas de su Iniciativa de Seguridad Global, mientras Li Hui mantenía contactos en Kyiv y Moscú. Sin embargo, los responsables ucranianos contemplan estos esfuerzos de paz con profundo escepticismo, señalando que China evita presionar a Rusia para que retire sus tropas y formula las negociaciones de manera que congelarían el conflicto en términos desfavorables. Además, una implicación activa de China en los esfuerzos de paz corre el riesgo de relegar a Estados Unidos y Europa, reforzando la posición de Rusia y la narrativa de que Occidente es responsable del conflicto.

A pesar de las tensiones geopolíticas, Ucrania ha seguido dependiendo en gran medida de componentes chinos para la producción de drones. El país ha confiado especialmente en DJI, empresa china respaldada por el Estado y uno de los principales proveedores mundiales de componentes para drones. No obstante, esta dependencia empieza a cambiar, lo que resulta alentador para Ucrania. Entre los insumos más críticos que aún no pueden producirse a escala en el país figuran la fibra óptica, los transmisores, las baterías y los motores eléctricos. A comienzos de año, el presidente Zelenski anunció que China había restringido las exportaciones de drones a Ucrania, mientras mantenía las entregas a Rusia, donde los componentes chinos representan hasta el 80% del suministro.

Esta situación ha acelerado el impulso de Ucrania para desarrollar capacidad propia. Dado el potencial de exportar drones ucranianos a los mercados europeos, los fabricantes locales se centran cada vez más en establecer producción independiente de componentes clave. Por ejemplo, en julio de 2024, la empresa Vyriy Drone anunció la producción satisfactoria del primer lote de 1.000 drones FPV ensamblados íntegramente con componentes de fabricación ucraniana. De forma similar, otras empresas como Wild Hornets y Odd Systems están desarrollando piezas de producción nacional que no solo son más baratas, sino también mejor adaptadas a las necesidades específicas del sector de defensa ucraniano.

Al reducir la dependencia de las cadenas de suministro chinas, Ucrania refuerza su resiliencia defensiva y sienta las bases para una integración más estrecha en la industria europea de defensa. A largo plazo, la consolidación de un ecosistema nacional robusto de fabricación de drones posiciona a Ucrania no solo como consumidora, sino también como potencial exportadora de tecnología de defensa de vanguardia, profundizando su papel como socio estratégico en la comunidad de seguridad euroatlántica.

Ucrania: de las esperanzas de victoria a la supervivencia nacional

En el primer año de la invasión a gran escala de Rusia, la narrativa de guerra de Ucrania estaba dominada por la perspectiva de la victoria. Tras detener el asalto ruso sobre Kyiv y recuperar Járkiv y Jersón a finales de 2022, dirigentes occidentales y ucranianos hablaron abiertamente de empujar aún más atrás a las fuerzas rusas y restaurar la plena integridad territorial. El discurso político y mediático en 2022–2023 presentó con frecuencia la resiliencia ucraniana como prueba de que la derrota de Moscú era plausible con un apoyo occidental sostenido. La asistencia militar occidental reflejaba este optimismo: sistemas de alto nivel como la artillería cohete HIMARS, los carros de combate Leopard y, finalmente, los cazas F-16 se entregaban en la expectativa de que Ucrania podría convertir las ventajas cualitativas en rápidos avances en el campo de batalla.

Sin embargo, en 2023–2024, esta narrativa de victoria fue cediendo ante la realidad de una guerra de desgaste prolongada. La esperada contraofensiva ucraniana del verano de 2023 no produjo los resultados previstos, mientras Rusia se atrincheraba en líneas defensivas, intensificaba la movilización y adaptaba su economía para sostener combates prolongados. Los analistas y responsables comenzaron a advertir de la fatiga de guerra en las capitales occidentales, ya que la escasez de municiones y los retrasos en la entrega de ayuda minaban el ritmo operativo. Los paquetes de apoyo pasaron de centrarse en plataformas emblemáticas a hacerlo en necesidades más fundamentales, como proyectiles de artillería, interceptores de defensa antiaérea y capacidad de reparación del material desgastado en las batallas posicionales. Este giro puede explicarse por la duración prolongada de la guerra y la necesidad de mantener la eficacia de combate en un entorno operacional de desgaste constante.

En 2025, con la llegada de la administración Trump y la creciente incertidumbre sobre los compromisos estadounidenses, el discurso político y estratégico de Ucrania se desplazó de forma decisiva hacia la supervivencia nacional. El presidente Volodímir Zelenski y los ministros clave subrayaron que la tarea central ya no era la liberación inmediata de todo el territorio, sino garantizar la existencia continuada de Ucrania como Estado soberano y funcional. Esto exigía sostener el esfuerzo bélico en múltiples dimensiones: una base de defensa e industrial capaz de producir al menos el 60% de las necesidades de equipamiento de Ucrania para finales de 2025; un sistema energético resiliente frente a los ataques rusos; una economía capaz de financiar un gasto en defensa sin precedentes; y una estrategia diplomática para mantener involucrados a los socios internacionales pese a los vientos políticos en contra. En esta nueva narrativa, la victoria se redefine no como un avance rápido en el frente, sino como la capacidad de resistir, garantizando la supervivencia nacional a largo plazo. Ello no debe interpretarse como un estancamiento, sino como un enfoque estratégico: el objetivo de Ucrania pasa a ser imponer costes suficientes a Rusia hasta que la agresión continuada resulte claramente inútil. Ese momento de reconocimiento –cuando Moscú concluya que seguir luchando no le aporta rendimientos estratégicos– puede alcanzarse antes si Ucrania recibe la combinación adecuada de capacidades. En la práctica, esto significa dar prioridad a los factores de sostenimiento (munición de artillería, interceptores de defensa antiaérea, repuestos y capacidad de reparación, logística y producción de munición) por delante de las plataformas emblemáticas, de modo que las fuerzas ucranianas puedan mantener el combate a un ritmo y con un coste que erosione de manera constante la voluntad de Rusia.

Base de defensa e industrial

El enfoque de la administración Trump a comienzos de 2025 introdujo un doble choque: varios congelamientos de la asistencia exterior seguidos por un reenganche más condicional y transaccional, que pone el acento en la autoridad presidencial de EE. UU. (retiros de inventario, garantías de seguridad, paquetes negociados) más que en las apropiaciones congresuales estables y las líneas de suministro claras y predecibles que habían caracterizado la política anterior. Este giro aceleró la transición europea de “enviar armas” a “comprar y coproducir armas” y empujó a Kyiv a priorizar la autosuficiencia industrial, la acumulación de municiones y la capacidad de defensa antiaérea. El resultado es un entorno operacional más incierto a corto plazo para Ucrania debido a las interrupciones de suministro, pero con un beneficio estructural parcial: una movilización industrial europea más rápida y un impulso a la producción de defensa ucraniana.

Como resultado de más de tres años de evolución en el campo de batalla, de la rápida adopción de nuevas tácticas y tecnologías y de la naturaleza fluctuante del apoyo occidental, la base industrial de defensa de Ucrania ha experimentado una transformación profunda. Ha pasado de una estructura heredada en gran medida de la época soviética a un centro de innovación en tiempo de guerra que prioriza la adaptabilidad, la producción descentralizada y la integración con las cadenas de suministro europeas. Con asignaciones presupuestarias para defensa en torno al 26% del PIB de Ucrania, la base industrial de defensa del país ha movilizado un amplio espectro de recursos, desde la financiación y adquisición externas hasta las empresas conjuntas con compañías occidentales y el papel proactivo de la sociedad civil, con el fin de ampliar la producción nacional y cubrir el mayor número posible de necesidades de defensa. Ello abarca sistemas aéreos no tripulados, carros de combate, vehículos de combate de infantería, transportes blindados de personal, municiones, misiles de crucero y equipos de comunicaciones. Según el presidente Zelenski, en septiembre de 2025 “Ucrania ha alcanzado el punto en el que casi el 60% de las armas que tenemos, las armas en manos de nuestros soldados, son de fabricación ucraniana.”

Ucrania ha incrementado de forma drástica su industria de drones, convirtiendo los sistemas aéreos no tripulados (UAS) y los drones de vista en primera persona (FPV) en una de las herramientas de guerra asimétrica más importantes en sus campos de batalla. Nacida de la necesidad, la industria ucraniana de drones se ha convertido en un pilar central de su respuesta industrial en tiempo de guerra: los UAS y los drones kamikaze FPV, baratos y de producción rápida, ofrecen una elevada relación coste-efectividad que se adapta bien a un conflicto prolongado de desgaste. La producción se ha disparado: los medios ucranianos y los observadores del sector cifran ahora la producción mensual en más de 200.000 drones, mientras Kyiv ha fijado planes de adquisición de unos 4,5 millones de drones FPV solo en 2025, respaldados por un presupuesto de compra de varios miles de millones de dólares.

Ucrania también ha puesto en marcha una estrategia de establecimiento de líneas de producción de armamento en el extranjero. Este enfoque permite fabricar en países aliados equipos militares diseñados en Ucrania, sorteando las limitaciones de producción interna y reduciendo la vulnerabilidad frente a los ataques rusos. Por ejemplo, en septiembre de 2025, la empresa ucraniana Fire Point inauguró su primera planta de producción conjunta en Dinamarca. Esta iniciativa forma parte del programa más amplio “Build for Ukraine,” que pretende proteger las infraestructuras críticas de defensa mediante la relocalización de la producción en Estados miembros de la OTAN. Dinamarca ha aportado 50 millones de dólares para apoyar la localización de líneas de producción en su territorio. Noruega, Alemania, el Reino Unido y Lituania también han manifestado interés en participar en este programa. Estas líneas de producción en el extranjero no solo refuerzan la seguridad y la escalabilidad de las capacidades de drones de Ucrania, sino que también profundizan los vínculos de defensa con los socios europeos.

El alcance y las capacidades de estos sistemas cubren igualmente un amplio espectro: desde cuadricópteros FPV de corto alcance, utilizados para ataques a nivel de trinchera y reconocimiento y que operan normalmente en radios de unos pocos kilómetros, hasta municiones merodeadoras tácticas y UAS de ataque específicos que alcanzan más de 40–300 km. Los fabricantes ucranianos han ido más allá de los enjambres de drones FPV baratos, desarrollando capacidades de largo alcance. Entre los ejemplos figuran el Peklo, un “dron-cohete” de propulsión turbo/mixta tipo crucero concebido para ataques a varios centenares de kilómetros, así como diseños de mayor tamaño con prestaciones similares a misiles de crucero, como el Flamingo de Fire Point, capaz de recorrer 3.000 km y transportar una carga útil de 1.150 kg. Desde el punto de vista estratégico, unas armas creíbles de ataque en profundidad amplían las opciones disuasorias y operativas de Ucrania al obligar a las fuerzas rusas a dispersarse y defender las áreas de retaguardia, complicando la logística y el dispositivo de mando de Moscú. Al mismo tiempo, los drones de alcance medio han permitido a Ucrania establecer una “zona de muerte,” un territorio de hasta 30 km a ambos lados de la línea del frente donde los UAV siguen cada movimiento y neutralizan objetivos con facilidad. Esta táctica es empleada ampliamente por ambas partes, y el desarrollo constante de estas capacidades define cada vez más quién lleva la iniciativa en el combate.

La exposición de Ucrania a las interrupciones de suministros externos y a las pausas políticas en la ayuda también se vuelve menos aguda. No obstante, los componentes de vanguardia (sensores ópticos, motores, sistemas de guiado seguro y comunicaciones) siguen dependiendo en gran medida de importaciones, sobre todo de Europa y Estados Unidos.

Aun así, Ucrania depende de manera considerable de la asistencia militar, la tecnología y las capacidades extranjeras. Entre otras cosas, la dependencia es particularmente acusada en los sistemas occidentales de defensa antiaérea y en las capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR). La defensa antiaérea sigue siendo la principal carencia crítica: Ucrania depende de sistemas Patriot y NASAMS suministrados por Estados Unidos, así como de contribuciones europeas como los IRIS-T (Alemania), SAMP/T (Francia–Italia) y los cañones antiaéreos Gepard (Alemania). Lo alentador es que los fabricantes de defensa occidentales están cada vez más dispuestos a establecer líneas de producción y empresas conjuntas en Ucrania. Diehl Defence (Alemania) ha firmado un contrato por 2.200 millones de euros con Kyiv para producir sistemas y misiles IRIS-T de defensa antiaérea, mientras que Kongsberg Defence & Aerospace (Noruega) planea fabricar misiles NASAMS localmente y negocia una empresa conjunta para permitir la producción en masa basada en tecnología ucraniana. Existen iniciativas similares con Thales International (Francia), que colaborará en defensa antiaérea, radares, guerra electrónica y sistemas de comunicaciones, y Dinamarca ha aceptado albergar la producción ucraniana de combustible sólido para cohetes en su territorio, algo inédito en un país de la OTAN. Estos esfuerzos reflejan una tendencia más amplia hacia la transferencia de tecnología y la creciente confianza en los socios ucranianos.

Al mismo tiempo, los fabricantes ucranianos están probando sistemas avanzados de defensa antiaérea desarrollados en el país, apoyados por la incubadora estatal Brave1 de tecnologías de defensa, con el fin de ayudar a cubrir las lagunas generadas por el suministro limitado de sistemas y municiones occidentales.

Bajo la administración Trump, Estados Unidos ha señalado un giro respecto al apoyo abierto, lo que ha llevado a la creación de un nuevo mecanismo de la OTAN, la Lista Priorizada de Necesidades de Ucrania (PURL), diseñado para coordinar las necesidades urgentes del campo de batalla. PURL canaliza armas estadounidenses procedentes de los arsenales de EE. UU., pero exige a los aliados europeos financiar las entregas, en línea con el enfoque de Trump en el reparto de cargas. Hasta ahora, los Países Bajos, los Estados nórdicos y Alemania han prometido en conjunto unos 1.500 millones de dólares a través de PURL, y los primeros paquetes se centran en defensa antiaérea y municiones. Al permitir que Ucrania dependa de la financiación aliada para adquirir armas de fabricación estadounidense, PURL proporciona un colchón frente a la imprevisibilidad de los flujos de ayuda de EE. UU. A julio de 2025, Estados Unidos había comprometido casi 960 millones de dólares en ventas de armas a Ucrania en el marco del programa de Ventas Militares al Extranjero (FMS). Sin embargo, si las existencias estadounidenses se agotan, futuras FMS podrían quedar supeditadas a la política exterior más transaccional de Trump.

En materia de ISR, Ucrania depende en gran medida de las capacidades occidentales. Las imágenes satelitales estadounidenses, la inteligencia de señales y las plataformas aéreas siguen siendo importantes para la designación de objetivos y la alerta temprana. La suspensión de la transmisión de inteligencia estadounidense en marzo de 2025 –que incluyó la desactivación del acceso ucraniano a la plataforma de imágenes satelitales Global Enhanced GEOINT Delivery (GEGD)– tuvo consecuencias inmediatas en el campo de batalla: los operadores de defensa antiaérea ucranianos perdieron la alerta oportuna de misiles y drones entrantes, mientras los comandantes en primera línea informaban de retrasos en los datos de designación de objetivos de precisión. Los actores europeos han intentado reforzar sus contribuciones, con la UE dirigiendo nuevos fondos al reconocimiento satelital en el marco del Fondo Europeo de Defensa. Sin embargo, la capacidad europea de ISR sigue poco desarrollada: la mayoría de los Estados miembros de la UE carecen de constelaciones satelitales soberanas capaces de ofrecer imágenes de alta resolución y vigilancia persistente sobre el campo de batalla, y los proyectos conjuntos tardarán años en alcanzar la madurez operativa. Los analistas señalan que la naturaleza fragmentada y lenta de la adquisición de defensa en Europa hace improbable que el continente pueda cerrar la brecha de ISR en el corto y medio plazo. Sin un acceso estable a las capacidades espaciales de ISR de Estados Unidos, Ucrania se ve obligada a apoyarse en un mosaico de sistemas europeos, lo que deja más expuestas las infraestructuras críticas y limita la capacidad de Kyiv para sostener operaciones de combate eficaces.

Energía e infraestructuras críticas

Desde 2022, el sistema energético y las infraestructuras críticas de Ucrania han sufrido daños graves tras convertirse en uno de los objetivos clave de Rusia. De una capacidad previa a la guerra de generación de 25 GW, la producción energética de Ucrania se desplomó hasta aproximadamente 9 GW en 2023–2024. Tras campañas de reparación, la capacidad de generación se situaba en torno a 15 GW a comienzos de 2025, con un déficit de unos 3 GW para cubrir las necesidades básicas de electricidad del país.

Ucrania ha ido construyendo de forma constante un sistema estratificado de protección de su energía y sus infraestructuras críticas, aprendiendo sobre la marcha. En un primer momento, la respuesta fue ad hoc: generadores de emergencia, reparaciones improvisadas y entregas humanitarias de combustible mantuvieron en funcionamiento los servicios esenciales. Esta evolución gradual transformó la protección de infraestructuras de un parche de emergencia en un esfuerzo coordinado de resiliencia nacional. Para 2025, el énfasis se desplazó de la mera reparación de las centrales centralizadas dañadas hacia la reconfiguración de la arquitectura de la propia red. La descentralización se convirtió en principio rector: se animó a municipios y zonas industriales a desplegar capacidad de generación local, a menudo con turbinas de gas o renovables, capaces de mantener en funcionamiento los servicios críticos incluso si se cortaban las líneas de transmisión. Al mismo tiempo, los donantes y los planificadores ucranianos empezaron a percibir la energía renovable no solo como parte de la transición verde del país, sino también como un activo de seguridad: las instalaciones solares y eólicas distribuidas, combinadas con sistemas de almacenamiento en baterías, ofrecían redundancia que las grandes plantas térmicas o nucleares no podían proporcionar.

La ayuda exterior ha desempeñado un papel clave en el refuerzo de la resiliencia energética de Ucrania. Estados Unidos, que fue una fuente importante de asistencia técnica y financiera directa, ha cambiado su enfoque bajo el presidente Trump. Entre 2022 y 2024, el apoyo estadounidense –canalizado en gran medida a través del Energy Security Project de USAID y programas afines– financió reparaciones de emergencia, estabilización de la red y apoyo asesor para reformas del mercado de renovables. En conjunto, el compromiso de EE. UU. con el sistema energético ucraniano ascendió a unos 1.500 millones de dólares desde 2022. Desde comienzos de 2025, Washington ha reorientado su papel hacia la inversión estratégica y la seguridad de recursos. El Acuerdo sobre Recursos Minerales entre Estados Unidos y Ucrania, firmado en mayo de 2025, concede a empresas estadounidenses acceso preferente a los minerales críticos de Ucrania a cambio de apoyo a la reconstrucción del sector energético. Según el CSIS, se está estudiando la creación de un Fondo de Energía Limpia para Ucrania, financiado conjuntamente por la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de EE. UU. (DFC) y socios europeos, que permitiría coinvertir en proyectos de renovables descentralizadas en todo el país. A diferencia de los programas anteriores de USAID, este enfoque privilegia las alianzas con el sector privado sobre la ayuda directa.

Economía y resiliencia fiscal

La economía ucraniana sigue sometida a una fuerte tensión fiscal, ya que la guerra continúa lastrando la producción y exigiendo un elevado gasto público. El crecimiento del PIB real es modesto (en torno al 2% en 2025), mientras que la inflación se mantiene elevada. La posición fiscal del Gobierno está muy presionada: el gasto público, con unas partidas de defensa particularmente altas, ha empujado el déficit presupuestario hasta alrededor del 20% del PIB en 2025, con la deuda pública y garantizada por el Estado acercándose a niveles de tres cifras en proporción al PIB. Estas dinámicas han obligado a Kyiv a depender en gran medida del apoyo presupuestario exterior y de la financiación concesional para cubrir tanto las necesidades recurrentes como las prioridades de reconstrucción.

La financiación de donantes y el apoyo de las instituciones financieras internacionales (IFI) apuntalan la estabilidad fiscal a corto plazo y la planificación de la reconstrucción a medio plazo. Una evaluación actualizada del Banco Mundial sitúa las necesidades de recuperación y reconstrucción de Ucrania en unos 524.000 millones de dólares a lo largo de la próxima década, mientras que la brecha de financiación a corto plazo solo para 2025 se estimaba en unos 10.000 millones de dólares tras las asignaciones de los donantes. Las necesidades de financiación exterior de Kyiv para 2025 se cifran en alrededor de 39.000–40.000 millones de dólares, de los cuales una parte significativa debe obtenerse de prestamistas multilaterales, paquetes de la UE y socios bilaterales.

Bajo la administración Biden, Estados Unidos proporcionó una asistencia económica y financiera sustancial a Ucrania para apoyar su economía devastada por la guerra y los esfuerzos de reconstrucción. Entre 2022 y comienzos de 2025, el Congreso destinó aproximadamente 37.800 millones de dólares en apoyo financiero directo al presupuesto central de Ucrania. Esta financiación perseguía estabilizar la economía ucraniana, cubrir gastos esenciales como pensiones y salarios del sector público y facilitar las iniciativas de reconstrucción. Además, Estados Unidos cumplió plenamente su compromiso de proporcionar apoyo económico a través de préstamos del mecanismo de Aceleración Extraordinaria de Ingresos (ERA), poniendo a disposición unos 20.000 millones de dólares como parte del paquete ERA del G7, que asciende a 50.000 millones. Estos préstamos, desembolsados mediante el fondo fiduciario FORTIS del Banco Mundial, están diseñados para reembolsarse con los ingresos generados por los activos soberanos rusos inmovilizados, garantizando que el apoyo no recaiga sobre los contribuyentes estadounidenses.

En cambio, la administración Trump, que asumió el cargo en enero de 2025, ha adoptado un enfoque más transaccional de la ayuda económica. Estados Unidos y Ucrania han creado el Fondo de Inversión para la Reconstrucción Estados Unidos–Ucrania, tras la firma del Acuerdo sobre Minerales Críticos entre ambos países. Ucrania y la DFC estadounidense han anunciado recientemente compromisos por un total de 75 millones de dólares para el fondo, destinado a financiar proyectos en los ámbitos de energía, infraestructuras y minerales críticos. En virtud del acuerdo, Estados Unidos obtiene acceso preferente a nuevos proyectos mineros en Ucrania, mientras que la mitad de los ingresos generados por la extracción de minerales se canaliza al fondo, con beneficios compartidos entre Kyiv y Washington. Al aprovechar la riqueza de recursos naturales de Ucrania, el acuerdo pretende garantizar un flujo constante de financiación para proyectos de reconstrucción, contribuyendo así a la resiliencia económica del país frente a los desafíos persistentes. Sin embargo, la reducción de la ayuda financiera directa de Estados Unidos ha añadido presión adicional sobre Ucrania para conseguir financiación de otros socios internacionales.

Referencias

Del multilateralismo a “America First”: el giro de la política exterior de EE. UU.

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Europa se quedó sin una base sólida, pero busca un equilibrio justo

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El cálculo de Rusia ante los cambios en la política exterior de EE. UU.

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La explotación de la ambigüedad estratégica

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  7. Elina Beketova (May, 2025). Behind the Lines: Russia Makes Ukrainians Foreigners in Their Own Country. CEPA. https://cepa.org/article/behind-the-lines-russia-makes-ukrainians-foreigners-in-their-own-country
  8. Kseniya Kvitka (March, 2025). Get a Passport or Leave: Russia’s Ultimatum to Ukrainians. New Decree Threatens Rights of Civilians in Russian-Occupied Areas. HRW. https://www.hrw.org/news/2025/03/25/get-passport-or-leave-russias-ultimatum-ukrainians
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  10. Editorial Staff (September, 2025). Russian forces attack power station in Kyiv region, Ukraine’s energy ministry says. Reuters. https://www.reuters.com/world/europe/russian-forces-attack-power-station-kyiv-region-ukraines-energy-ministry-says-2025-09-08
  11. Editorial Staff (September, 2025). Russian attack on Ukraine’s Kirovohrad region cuts power, governor says. Reuters. https://www.reuters.com/world/europe/russian-attack-ukraines-kirovohrad-region-cuts-power-governor-says-2025-09-17

Las ganancias silenciosas de China

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  3. Luke Harding (February, 2023). Zelenskiy open to China’s peace plan but rejects compromise with ‘sick’ Putin. The Guardian. https://www.theguardian.com/world/2023/feb/24/zelenskiy-open-to-chinas-peace-plan-but-rejects-compromise-with-sick-putin
  4. Jasper Ward (September, 2025). Zelenskiy thinks Trump could help change Xi’s position on Russia’s war in Ukraine. Reuters. https://www.reuters.com/world/china/zelenskiy-thinks-trump-could-help-change-xis-position-russias-war-ukraine-2025-09-23/
  5. Editorial Staff (September, 2025). US coercion over Ukraine crisis an attempt to shift responsibility, pursue own interests. Global Times. https://www.globaltimes.cn/page/202509/1343588.shtml
  6. Christopher S. Chivvis & Jack Keating (October, 2024). Cooperation Between China, Iran, North Korea, and Russia: Current and Potential Future Threats to America. Carnegie Endowment for International Peace. https://carnegieendowment.org/research/2024/10/cooperation-between-china-iran-north-korea-and-russia-current-and-potential-future-threats-to-america?lang=en
  7. Editorial Staff (January, 2025). China-Russia 2024 trade value hits record high – Chinese customs. Reuters. https://www.reuters.com/markets/china-russia-2024-trade-value-hits-record-high-chinese-customs-2025-01-13/
  8. Filip Rudnik (May, 2025). China-Russia trade: asymmetrical, yet indispensable.  MERICS. https://merics.org/en/comment/china-russia-trade-asymmetrical-yet-indispensable
  9. Patricia M. Kim, Asli Kim,  Aslı Aydıntaşbaş,  Aslı Aydıntaşbaş, Angela Stent & Tara Varma (December, 2024). The China-Russia relationship and threats to vital US interests. Brookings Institution https://www.brookings.edu/articles/the-china-russia-relationship-and-threats-to-vital-us-interests/
  10. Maciej Kalwasiński (July, 2025). China-Russia trade in early 2025: Fueling Moscow’s war despite headwinds. OSW. https://www.osw.waw.pl/en/publikacje/analyses/2025-07-30/china-russia-trade-early-2025-fueling-moscows-war-despite-headwinds
  11. Editorial Staff (June, 2025). China has become the most important enabler of Russia’s war machine. The Economist. https://www.economist.com/china/2025/06/19/china-has-become-the-most-important-enabler-of-russias-war-machine
  12. Editorial Staff (July, 2025). China Assists Russia in Gunpowder Production for War against Ukraine. RLI. https://lansinginstitute.org/2025/07/14/china-assists-russia-in-gunpowder-production-for-war-against-ukraine/
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Ucrania: de las esperanzas de victoria a la supervivencia nacional

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