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Los autores expresan su agradecimiento a John Drennan, Maksym Chebotarov y Maksym Skrypchenko por sus valiosos comentarios y sugerencias.
El presente informe ha sido elaborado por el Transatlantic Dialogue Center con el apoyo del Askold and Dir Fund, en el marco del proyecto «Una sociedad civil fuerte en Ucrania: motor de reformas y democracia», ejecutado por ISAR Ednannia y financiado por Noruega y Suecia. El contenido de esta publicación es responsabilidad exclusiva del Transatlantic Dialogue Center y en ningún caso debe considerarse que refleja la postura oficial del Gobierno de Noruega, del Gobierno de Suecia o de ISAR Ednannia.
Las relaciones transatlánticas están atravesando su prueba más severa en décadas, impulsadas no sólo por los cambios políticos de Washington, sino también por una reorientación estratégica más profunda de los Estados Unidos. Debates de larga data sobre el reparto de cargas, prioridades estratégicas, y el nacionalismo económico se han traducido en cambios políticos concretos durante el primer año del segundo mandato de Donald Trump, llevando a los aliados transatlánticos al borde de guerras comerciales y tensiones militares sin precedentes sobre Groenlandia.
La redirección de los recursos de los EE. UU. hacia la seguridad nacional y la competencia estratégica con China, la reducción de apoyo a Ucrania, las críticas constantes a las instituciones de la UE y a las políticas internas europeas, las medidas comerciales proteccionistas y la despriorización del liderazgo climático global apuntan, en conjunto, una transformación fundamental de la asociación transatlántica. Como consecuencia, los valores compartidos que en su día sustentaron la alianza se han debilitado, haciendo que un enfoque pragmático de interacción sea cada vez más necesario.
Esta erosión del compromiso de EE. UU. ha provocado una respuesta estratégica por parte de la UE. Ante la mayor incertidumbre sobre la fiabilidad de Washington, la UE ha avanzado hacia una mayor autonomía estratégica, un rearme acelerado, y un papel más prominente en el apoyo a Ucrania. Las decisiones adoptadas en la Cumbre de la OTAN en La Haya celebrada en 2025, junto con iniciativas como el Plan Rearm Europe/Readiness 2030 yla Prioritized Ukraine Requirements List (PURL), reflejan los esfuerzos de la UE por adaptarse a un entorno de seguridad cambiante ante la disminución del liderazgo de los EE. UU., con un énfasis creciente en el reparto de la carga europea.
Sin embargo, gran parte de la investigación sobre las relaciones transatlánticas sigue enfocándolas principalmente como una asociación bilateral EE. UU.-UE, pasando por alto el papel central de Ucrania en la seguridad europea y el futuro de la cooperación EE. UU.-UE. La guerra ruso-ucraniana se ha convertido en una prueba de estrés decisiva para esta relación en evolución: los esfuerzos de EE. UU. por poner fin a la guerra rápidamente se han estancado, los Estados miembros de la UE siguen excluidos de las negociaciones de paz que están en curso, mientras que Rusia continúa obstaculizando el proceso y persiguiendo una prolongada confrontación con Occidente.
En este contexto, mientras Estados Unidos se está desvinculando estratégicamente de Europa, sigue siendo de vital interés tanto para Ucrania como para la UE el identificar oportunidades de implicación táctica con Washington en medio de la guerra en curso con Rusia. Esto refleja una doble dinámica: A corto plazo, tanto Ucrania como la UE siguen dependiendo política y materialmente de Washington, incluso mientras buscan desarrollar estrategias a largo plazo para una mayor autonomía. En términos más amplios, en un entorno internacional cada vez más complejo y volátil, los Estados Unidos, la UE, y Ucrania se enfrentan a una necesidad compartida de identificar pragmáticamente los puntos en los que sus esfuerzos pueden ser coordinados o, como mínimo, alinear sus posiciones. Esta investigación busca identificar dichos ámbitos y formular recomendaciones de política para lograr una alineación pragmática, si no una cooperación plena entre aliados. Al analizar tanto los puntos de divergencia como las áreas de convergencia aún poco exploradas —entre ellas, la lucha contra los poderes autocráticos, la participación a escala mundial y el desarrollo de la cooperación en materia de defensa—, el documento pone de relieve las oportunidades que ofrece la colaboración trilateral. De este modo, también ofrece recomendaciones para la UE y Ucrania sobre la gestión de las relaciones con Estados Unidos bajo la Administración de Trump.
Capítulo 1. Retos en las relaciones transatlánticas y posiciones divergentes EE.UU.-UE-Ucrania

El regreso de Trump a la Casa Blanca ha intensificado la crisis de confianza en las relaciones transatlánticas, marcando un giro que se aleja de la alineación estratégica y el multilateralismo basado en valores de las administraciones anteriores hacia un pragmatismo bilateral y transaccional bajo una renovada doctrina «America First»[1] [2]. Este cambio refleja una retórica de los EE. UU. cada vez más confrontativa, el uso de la diplomacia coercitiva y el aumento de las divergencias políticas en cuestiones que anteriormente habían sido áreas de estrecha coordinación, sobre todo a través del diálogo directo con Rusia y la creciente presión sobre los socios en materia de gasto en defensa, Groenlandia y las condiciones para poner fin a la guerra ruso-ucraniana.
A medida que las alianzas adquieren cada vez más la forma de acuerdos condicionales, la confianza y el espíritu de solidaridad se hanerosionado. Este capítulo examina las áreas clave en las que han surgido estas posiciones divergentes entre EE. UU.-UE-Ucrania surgieron ycómo han reconfigurado las relaciones transatlánticas contemporáneas.
El presidente de los EE. UU., Donald Trump, ha declarado públicamente que su ejercicio del poder global está limitado primordialmente por su propia moralidad y no tanto por el Derecho Internacional[3]. Su política exterior refleja una lógica altamente transaccional en la que las instituciones internacionales y las normas jurídicas quedan subordinadas a los intereses a corto plazo de los EE. UU., filtrados a través de las preferencias personales del presidente. Acciones unilaterales como las operaciones militares en Venezuela e Irán, reclamos territoriales sobre Groenlandia y la decisión de retirarse de 66 organizaciones internacionales ilustran este giro[4]. El distanciamiento de Washington de los mecanismos de justicia internacional y el acercamiento del Presidente Trump a Vladímir Putin a pesar de la orden de detención de la CPI, subrayan una erosión más amplia de las restricciones normativas sobre el comportamiento de las grandes potencias.
En respuesta a las operaciones militares de EE. UU. en Venezuela e Irán, los líderes de la UE han hecho hincapié en la moderación y han reafirmado los principios de la Carta de Naciones Unidas, incluyendo la prohibición del uso de la fuerza y el respeto de la integridad territorial[5]. Los responsables políticos también advirtieron que la intervención en Venezuela corría el riesgo de legitimar las esferas de influencia de las grandes potencias, potencialmente alentando una asertividad similar por parte de China y Rusia. La opinión pública refleja estas preocupaciones: a principios de 2026,
solo el 16 % de los ciudadanos de la UE consideraba a los EE. UU. un aliado,
lo que refleja una erosión significativa de la confianza en Washington y una creciente inquietud sobre la durabilidad de los lazos de la seguridad transatlántica[6].
Paradójicamente, como país que más ha sufrido las violaciones del derecho internacional, Ucrania se adhiere estrictamente al derecho internacional humanitario y a las normas de los conflictos armados, participando activamente en las instituciones globales como la ONU y la CPI para exigir responsabilidad por la agresión rusa. El presidente Zelenski ha hecho hincapié en la resistencia frente a las amenazas autoritarias, especialmente en su discurso en Davos[7], haciendo un llamamiento a una acción colectiva más firme por parte de las democracias occidentales. Dentro de este marco,Ucrania ha planteado su respuesta a las acciones de EE. UU. con cautela: respaldando los ataques contra las instalaciones nucleares iraníes como una señal contra la proliferación y el apoyo a Rusia[8], al tiempo que niega a reconocer la legitimidad de Nicolás Maduro[9], alineando estas posiciones con su compromiso más amplio con las normas internacionales.
Para los Estados Unidos, Europa ya no es la principal prioridad estratégica; la defensa nacional y la disuasión de China han ocupado su lugar. En Washington, este cambio suele considerarse justificado: la provisión de seguridad para Europa por parte de Estados Unidos, asumiendo una parte significativa de los costes asociados, permitió a los Estados Europeos desarrollar sistemas de bienestar robustos. Ante el riesgo de una sobrecarga al librar dos grandes guerras simultáneamente, los EE. UU. han dado prioridad, de forma pragmática, al escenario que consideran más crítico: el Indo-Pacífico. En este contexto,
Estados Unidos ve cada vez más a Europa como un actor débil, cargado por problemas internos e insuficientemente capaz de defenderse por sí mismo.
Para la UE, este cambio ha supuesto un duro golpe. Muchos europeos perciben esto como una traición a la unidad transatlántica que había existido durante décadas. Como resultado, se están debatiendo nuevos formatos para la seguridad europea, incluyendo un Consejo de Seguridad Europeo[10], un pilar europeo más sólido dentro de la OTAN y la búsqueda de la autonomía estratégica europea[11]. Al mismo tiempo, algunos en Europa aún esperan un compromiso renovado por parte de EE. UU. y siguen creyendo que una futura Administraciónestadounidense podría revertir el rumbo actual[12]. Para Ucrania, el giro de EE. UU. genera una aguda incertidumbre estratégica, ya que su supervivencia depende de la cohesión transatlántica.
Con el cambio de las prioridades estratégicas surgen diferentes evaluaciones de las amenazas, lo que complica la posibilidad de una visión transatlántica coherente.
Mientras que China es vista por diferentes instituciones de EE. UU. como una amenaza creciente o como el principal competidor económico, el desafío que plantea Rusia se minimiza cada vez más[13]. Mientras que la Administración Biden enmarcó a Rusia y China como parte de una contienda más amplia con potencias autoritarias, la Administración Trump sostiene que ambas pueden desacoplarse, buscando atraer a Moscú hacia Washington[14]. La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de EE. UU. adopta una retórica comparativamente moderada hacia Moscú y anima a los Estados europeos a buscar un restablecimiento de la estabilidad estratégica con Rusia[15].
Esto enfatiza cada vez más los puntos de divergencia con los aliados europeos. Las principales representantes de la UE, Ursula von der Leyen[16] y Kaja Kallas, se refieren a Rusia como una amenaza existencial[17]. Sin embargo, las posturas de los Estados miembros difieren al respecto: Los países de Europa Central y Oriental (CEE), Rusia es el principal desafío en materia de seguridad[18], mientras que otros se muestran más reacios a considerar al Kremlin como una amenaza directa[19]. En comparación, aunque la UE aborda las relaciones con China con más cautela que hace 7–10 años, sigue dependiendo de manera crítica de China en cuanto a materias primas y tecnologías de energía limpia[20].
Trata a China simultáneamente como un socio, competidor económico y un rival sistémico[21] [22], al tiempo que intenta cubrir los riesgos en las relaciones con EE. UU. mediante una cooperación selectiva con Pekín[23].
Ucrania ve a Rusia como la principal amenaza para la seguridad europea, argumentando que el Kremlin no tiene ninguna intención de acabar la guerra y se está preparando para una potencial confrontación directa con la OTAN en 2029–2030[24]. El respaldo de China a Rusia mediante la evasión de sanciones y los bienes de doble uso refuerza aún más esta percepción de amenaza, lo que contribuye a opiniones muy negativas entre dos tercios de los ucranianos[25] y convierte a Ucrania en uno de los dos únicos países del mundo donde la mayoría de la población (55 %) ve a China como un adversario o rival[26].
El creciente desajuste entre el ritmo de la reorientación estratégica de EE. UU. y la capacidad de Europa para asumir una mayor responsabilidad en materia de su propia seguridad constituye otro reto transatlántico. El esfuerzo de EE. UU. por reasignar la responsabilidad de la mayor parte de las capacidades de defensa convencional de la OTAN a los aliados europeos para 2027[27] contrasta con la lenta capacidad de rearme de Europa, lo que crea una brecha de transición: se espera que Europa ejerza la disuasión, pero aún no está equipada para hacerlo. El problema no es la inacción europea per se, sino la ausencia de un cronograma sincronizado para la transferencia de las responsabilidades de disuasión, lo que amenaza la credibilidad y la cohesión de la arquitectura de seguridad europea.

La actual Administración de EE. UU. considera a los Estados miembros de la UE como el «free riders club»[28], por haber dependido durante décadas de las garantías de seguridad estadounidenses aportando demasiado poco a cambio[29]. Washington lleva mucho tiempo presionando para que Europa asuma una mayor responsabilidad en su propia defensa convencional[30] y aumente el gasto en defensa, altiempo que señala una rápida reducción de su presencia militar y de sus implicaciones de seguridad en el continente. La retirada de lasfuerzas de EE. UU. de los países de la UE ya está parcialmente en marcha: en octubre de 2025, EE. UU. anunció una reducción de su presencia militar en Rumanía de aproximadamente 2000 a 1000 efectivos.[31]
La UE, aunque de forma lenta y dolorosa, ha aceptado esta realidad y ha dado pasos significativos hacia el rearme, pero sus plazos no se alinean a las expectativas de EE. UU. Ha puesto en marcha importantes iniciativas de defensa e industriales: la adopción de nuevos marcos estratégicos (EDIS, EDIP)[32], la introducción de reformas institucionales (Comisario Europeo de Espacio y Defensa)[33] y el despliegue de instrumentos financieros (Plan Rearm Europe/Readiness 2030)[34]. Sin embargo, estos esfuerzos requieren tiempo, y algunas capacidades de alto nivel no pueden sustituirse, como las plataformas de ataque de largo alcance, los sistemas avanzados de lanzacohetes múltiples como el M142 HIMARS, los activos de defensa contra misiles balísticos y las municiones clave.
EE. UU. sigue siendo el principal proveedor de estos sistemas, al tiempo que expresa su preocupación por que las nuevas iniciativas de defensa de la UE restrinjan el acceso al mercado de las empresas estadounidenses[35].
Esto crea una paradoja en la que se insta a Europa a ser más autónoma, al tiempo que sigue dependiendo de manera crítica de las capacidades y las exportaciones de defensa estadounidenses.
En la práctica, muchas capitales europeas se enfrentan a un dilema entre el corto y el largo plazo: adquirir sistemas estadounidenses para cerrar brechas urgentes y, al mismo tiempo, desarrollar capacidades europeas para reducir la dependencia a largo plazo. En este contexto, algunos Estados miembros de la UE siguen favoreciendo a los proveedores estadounidenses, viendo estas compras como una forma de reforzar los lazos de seguridad con Washington[36].
La dependencia de Ucrania de la defensa aérea suministrada por EE. UU. ilustra los riesgos de este desequilibrio. La capacidad de Kyiv para proteger infraestructuras críticas depende en gran medida de la defensa aérea estadounidense(en particular, de los sistemas Patriot), lo que subraya la limitada capacidad de Europa para ofrecer una protección comparable con unos niveles de producción industrial suficientes. Una retirada de EE. UU. demasiado rápida, ya sea en cuanto a presencia de tropas o a asistencia en materia de seguridad, podría dejar a los aliados europeos expuestos durante un prolongado período de ajuste, lo que debilitaría la disuasión, erosionando la confianza de los aliados y enviaría señales desestabilizadoras a Rusia.
La cooperación en materia de industria de defensa entre EE. UU., la UE y Ucrania se enfrenta a obstáculos persistentes, incluyendo los controles de exportación estadounidenses, las barreras regulatorias, las preocupaciones sobre la seguridad de las instalaciones de producción en Ucrania y las restricciones a la transferencia de tecnología. Los acontecimientos políticos de 2025 han tensado aún más las relaciones, erosionando la confianza y acelerando el impulso de Europa hacia una mayor autosuficiencia industrial-defensiva.
Aunque muchas empresas estadounidenses se presentan como proveedores responsables, por parte del Gobierno, la cooperación industrial transatlántica se ve limitada por el Reglamento sobre el Tráfico Internacional de Armas (ITAR), que restringe la transferencia de tecnología relacionada con la defensa a personas no estadounidenses sin autorización e impone estrictos requisitos de licencia, control de datos y registro. Estas normas complican proyectos conjuntos como el F-35 y limitan la coproducción. En la cooperación con Ucrania, los riesgos de seguridad y las preocupaciones sobre la transferencia de tecnología siguen siendo los principales obstáculos para establecer instalaciones de producción o empresas conjuntas.
Para evitar las restricciones del ITAR, los productores de defensa de la UE buscan cada vez más desarrollar sistemas sin componentes de origen estadounidense, a pesar de que la UE sigue dependiendo fuertemente de ellos[37].
Más allá del hardware, la dependencia de Europa del software estadounidense, que requiere actualizaciones constantes y puede estar sujeto a interruptores de apagado, crea vulnerabilidades en la disuasión de la UE[38]. A nivel interno, la fragmentación de la industria de defensa, el proteccionismo nacional y la limitada confianza entre los fabricantes siguen obstaculizando una cooperación industrial-defensiva europea más profunda. Si bien la iniciativa SAFE (Security Action for Europe), dotada con 150 000 millones de euros, tiene como objetivo ampliar la capacidad y permitir la participación de Ucrania[39], las empresas conjuntas con Ucrania siguen limitadas por preocupaciones sobre garantías de seguridad, propiedad intelectual y transferencia de tecnología.
Ucrania ha expandido rápidamente su industria de defensa bajo la presión de la guerra y busca integrarse en las cadenas de suministro europeas. Sin embargo, la fiabilidad de Ucrania como socio industrial se ve limitada por riesgos de seguridad, restricciones parciales a la exportación y limitaciones financieras:
se prevé que Ucrania financie sólo alrededor del 60 % de su capacidad de producción en 2026[40].
A pesar de los pocos ejemplos de éxito, los esfuerzos por establecer una cooperación siguen siendo limitados hasta la fecha. Si bien Ucrania podría convertirse en un importante contribuyente al rearme de Europa, su industria de defensa en rápido crecimiento también es vista cada vez más por los productores de la UE como un competidor potencial.
No existe una visión transatlántica unificada sobre el arreglo pacífico, el objetivo final de la guerra o el futuro a largo plazo de Ucrania. Lasposturas de la Unión Europea y de Estados Unidos difieren notablemente tanto en sus principios como en sus visiones para poner fin a la guerra ruso-ucraniana.
La nueva Administración estadounidense da prioridad a un alto el fuego rápido y parece dispuesta a utilizar herramientas como las conversaciones directas entre los presidentes Trump y Putin para lograrlo[41]. Sin embargo, muestra poco interés en una paz justa o en larendición de cuentas de Rusia, ya que varios planes propuestos sugieren un retorno a las relaciones normales sin consecuencias para la agresión rusa[42].
El presidente Trump evita atribuir la responsabilidad de la guerra a Rusia y ejerce más presión sobre Kyiv que sobre Moscú, al menos verbalmente. Los responsables políticos estadounidenses retratan a los europeos como excesivamente beligerantes, criticándolos por carecer de iniciativas de paz coherentes y por un apoyo insuficiente a Ucrania[43]. Las múltiples rondas de negociaciones han dado hasta ahora pocos frutos, marcadas por la falta de una visión compartida para la resolución pacífica de la guerra.
Por el contrario, para los principales actores de la UE, la integridad territorial de Ucrania no es negociable[44]; defienden el principio de «nada sobre Ucrania sin Ucrania»[45] y apoyan el enjuiciamiento de altos cargos rusos, incluido Vladímir Putin[46]. Al mismo tiempo, los Estados europeos siguen estando en gran medida excluidos del proceso de negociación de paz y, por consiguiente, ejercen sólo una influencia limitada sobre su rumbo, expresando su preocupación por los contactos diplomáticos unilaterales de Estados Unidos con funcionarios rusos.

Ucrania aboga por una paz justa y duradera, mientras participa simultáneamente en las negociaciones y coordina estrechamente con sus socios estadounidenses y europeos. Mientras que al inicio de la guerra la mayoría de los ucranianos rechazaba cualquier concesión territorial, las encuestas recientes muestran una apertura condicionada al compromiso[47], junto con una gran sensibilidad hacia los términos de un posible acuerdo.
Cabe destacar que el 86 % de los ucranianos espera otra invasión en algún momento, incluso si se alcanza un alto el fuego[48].
A pesar del proceso de negociación trilateral en curso entre EE. UU.-Ucrania-Rusia[49], no se sabe públicamente si existe consenso sobre cuestiones como la adhesión de Ucrania a la OTAN, la naturaleza de las garantías de seguridad[50] y las concesiones territoriales[51].
Aunque el apoyo militar a Ucrania sigue siendo considerable en términos globales, aunque politizado e insuficiente para que Ucrania gane la guerra, las interrupciones en la ayuda estadounidense y la implicación desigual de Europa han reducido la previsibilidad y la coherencia enuna fase crítica de la guerra.
La visión de EE. UU.: Washington ha acusado repetidamente a los países de la UE de prestar un apoyo insuficiente a Ucrania, incluso bajo la Administración Biden. El presidente Trump sobreestimó considerablemente la contribución estadounidense, afirmando que el apoyo total de EE. UU. superaba los 300 000 millones de dólares, aunque las cifras reales —incluida la ayuda directa, las inversiones en las propias fuerzas armadas estadounidenses y los gastos relacionados— ascendieron aproximadamente a 175 000 millones de dólares[52]. Bajo su Administración, se intensificó el escepticismo hacia la ayuda[53]: varios programas aprobados bajo la Administración anterior, incluida la Iniciativa de Asistencia de Seguridad de Ucrania (USAI), fueron suspendidos repetidamente[54], y la financiación adicional se redujodrásticamente: de 60 000 millones de dólares en 2024 a unos 800 millones de dólares en 2026[55].
Tras el enfrentamiento en el Despacho Oval entre Trump, el vicepresidente de EE. UU. JD Vance y Zelenski en febrero de 2025[56], EE. UU.suspendió temporalmente el intercambio de inteligencia y la ayuda militar a Kyiv, demostrando que el apoyo a Ucrania puede utilizarse como herramienta de presión política. Las interrupciones tanto en el armamento estadounidenses como en el apoyo de inteligencia contribuyeron a la pérdida de algunos territorios ucranianos y al bombardeo generalizado de ciudades[57].
Aunque posteriormente se restableció el intercambio de inteligencia y se reanudaron los envíos, el episodio puso de manifiesto la fragilidad de las implicaciones de EE. UU. A pesar de las expresiones periódicas de frustración por la falta de voluntad de Putin para negociar[58] [59], el retorno a una asistencia directa de EE. UU. a gran escala sigue siendo poco probable, en medio de la reorientación de la Administración hacia el Indo-Pacífico y las preocupaciones por el agotamiento de las reservas[60].
La perspectiva de la UE: A principios de 2025, la ayuda militar de la UE a Ucrania quedaba rezagada respecto a la de Estados Unidos —52 000 millones de dólares frente a 65 000 millones—, aunque Europa proporcionó más ayuda humanitaria y económica[61].
Sin embargo, a finales de año, la UE aumentó significativamente su apoyo militar, superando las contribuciones totales de Estados Unidos (70 000 millones de dólares)[62].
Aunque los Estados miembros no lograron alcanzar un consenso sobre el uso de los activos rusos congelados, la UE ha acordado congelar indefinidamente dichos activos[63] y continuar el apoyo mediante un préstamo de la UE de 90 000 millones de euros respaldado por el margen de maniobra presupuestario[64]. Aunque carece de un fuerte impacto simbólico, la decisión demostró la capacidad de la UE para avanzar mediante el compromiso, a pesar de las posiciones iniciales de Hungría y Eslovaquia[65].
Muchos en la UE dudaban de que Estados Unidos estuviera dispuesto siquiera a vender armas a Ucrania. Sin embargo, surgió la iniciativa ad hoc PURL para financiar las armas estadounidenses destinadas a Ucrania con fondos europeos, con el objetivo de evitar nuevos reveses en el frente y satisfacer las necesidades militares más urgentes de Ucrania[66], aunque sin la plena participación de la UE. No obstante, los Estados miembros de la UE siguen sin poder sustituir ciertas capacidades críticas proporcionadas por EE. UU., en particular en materia de comunicaciones e inteligencia, debido a la limitada infraestructura satelital[67]. También persiste la incertidumbre sobre la sostenibilidad de los suministros de armas estadounidenses, en medio de preocupaciones sobre las reservas, y sobre la voluntad y la capacidad de Europa para seguir comprando armas estadounidenses al mismo nivel, en un contexto de crecientes tensiones políticas y económicas con Washington.

Unas garantías de seguridad creíbles son uno de los elementos fundamentales para que Ucrania participe en cualquier negociación de paz. Sin embargo, no hay detalles concretos sobre el alcance de las implicaciones de EE. UU., mientras que Europa, aunque en principio se muestra más dispuesta, se enfrenta a cuestiones sin resolver sobre su capacidad de decisión y su capacidad a largo plazo. El desajuste entrelas expectativas de Ucrania, la moderación de EE. UU. y la incertidumbre europea define el actual dilema trilateral.
EE. UU. dejó claro que no ofrecerá garantías de seguridad directas con tropas sobre el terreno ni liderará una misión de imposición de la paz[68]. Aunque la Casa Blanca ha acogido con favorablemente la idea de una «coalición de voluntarios» liderada por Europa, el apoyo de EE. UU. sigue sin estar definido en gran medida[69][70].
Es probable que cualquier participación estadounidense sea indirecta (facilitadores estratégicos, ISR, monitorización), dejando la responsabilidad operativa principalmente en manos de los socios europeos.
Al mismo tiempo, persiste la incertidumbre sobre si la actual Administración cumpliría de forma fiable las garantías de seguridad que ofrece.
Para muchos en Europa, el objetivo principal de la coalición de voluntarios es demostrar determinación y enviar una señal a EE. UU. de quelos europeos están preparados para asumir la responsabilidad de su propia seguridad[71]. Sin embargo, la participación está muy condicionada y está sujeta a tres requisitos previos clave: un alto el fuego, el despliegue lejos de las zonas de combate activo y un respaldo político y logístico suficiente por parte de EE. UU.[72] Cualquier despliegue requeriría además equilibrar las prioridades de defensa nacional, las reservas estratégicas de la OTAN y la presencia de tropas en el Flanco Oriental[73]. Aunque se ha informado que los ejércitos francés, británico y ucraniano han determinado las contribuciones de fuerzas, los mandatos y las estructuras de mando, estos detalles siguen siendo desconocidos para el público en general[74].
Para Ucrania, la incertidumbre sobre las garantías de seguridad sigue siendo un reto importante. El presidente Zelenski subraya constantemente que las garantías de seguridad son esenciales para disuadir una nueva agresión rusa y para permitir que Ucrania pueda apoyar a sus socios europeos en caso de que estos sean atacados[75]. La sociedad también apoya el despliegue de tropas aliadas dentro dela coalición de voluntarios en Ucrania (72,7 %)[76] y considera que dicha participación extranjera es importante para la disuasión. Al mismo tiempo, persisten las dudas sobre la credibilidad y la durabilidad de la implicación europea ante la ausencia de implicaciones firmes por parte de EE. UU.
Cuando en 2025 Estados Unidos impuso aranceles del 20 % a los productos de la UE y amenazó con aumentarlos al 30 %, la Casa Blanca presentó estas medidas como necesarias para fortalecer la industria manufacturera nacional, reducir los déficits comerciales y garantizar la seguridad de las cadenas de suministro críticas[77]. Algunos aranceles sectoriales y amenazas parecían tener motivaciones políticas: a nivel nacional, para apoyar a las industrias que competían con las importaciones en estados bisagra como Míchigan, Wisconsin y Pensilvania[78]; y a nivel internacional, para influir en los socios europeos en relación con Groenlandia[79].
En la práctica, los aranceles de 2025 no alcanzaron sus objetivos: produjeron resultados económicos mixtos[80], generaron una fuerte oposición interna, con aproximadamente el 60 % de los estadounidenses considerando los aranceles ilegales[81], y tensaron la confianza y la cohesión en las relaciones transatlánticas[82].
Los responsables políticos europeos consideraron que los aranceles eran desproporcionados y desestabilizadores para los lazos económicos através del Atlántico. No obstante, para mantener unas relaciones estables con Washington, Bruselas aceptó condiciones comerciales que de otro modo habrían sido difíciles de justificar: la mayoría de los aranceles se limitaron al 15 %, mientras que se mantuvieron aranceles de l50 % sobre el acero, el aluminio y el cobre[83] [84].
Aunque el acuerdo redujo la incertidumbre inmediata, puso de relieve la politización de la política económica de EE. UU. y reveló la vulnerabilidad de la UE ante la coacción económica mientras siga dependiendo de Estados Unidos en materia de seguridad. En este contexto, la sentencia del Tribunal Supremo que declara ilegales la mayoría de los aranceles de 2025 proporciona a la UE una base jurídica y política para reevaluar o suspender la aplicación del acuerdo[85].

Las críticas persistentes del presidente Trump, sus esfuerzos por socavar la legitimidad política de la UE y los desafíos a sus normas democráticas están erosionando la relación de larga data y basada en la confianza entre Washington y Bruselas.
La Administración de EE. UU. presenta a la UE como responsable del supuesto desvío de Europa[86], del «borrado de la civilización» y de la «erosión de las identidades nacionales» [87]. Estas narrativas, que se repiten en discursos oficiales y en la Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU., reflejan una postura de confrontación hacia Bruselas. Las tensiones se ven reforzadas por la posición de la UE como unpoderoso actor regulador que se resiste a la presión externa. Las disputas sobre la regulación digital ilustran esta dinámica: el Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, calificó las sanciones de la UE a Elon Musk por violar las normas europeas como un ataque a las empresas tecnológicas estadounidenses y, por extensión, al pueblo estadounidense[88].
Para la UE, este enfoque pone de manifiesto una creciente asimetría en la relación transatlántica. Si bien los Estados europeos individuales pueden ser vulnerables a la presión bilateral, el poder regulador y económico de la Unión la convierte en un blanco frecuente de ataques políticos. Esa retórica corre el riesgo de erosionar la confianza, complicar la cooperación en distintos ámbitos políticos y envalentonar a los partidos euroescépticos de extrema izquierda y extrema derecha para debilitar a la UE desde dentro.
Para Ucrania, la aspiración a la adhesión a la UE sigue siendo la piedra angular de su política exterior. La UE unida también es uno de los principales defensores de Kyiv para la ayuda financiera y de seguridad dentro de Europa. Por lo tanto, los esfuerzos que socavan la autoridad política de la UE son inaceptables para Ucrania.
A pesar de los avances de Ucrania en las reformas de integración en la UE y de las valoraciones positivas de la Comisión Europea[89], los obstáculos políticos siguen bloqueando la adhesión. El veto de Hungría ha impedido la apertura de los bloques de negociación[90], lo que ha paralizado la ampliación y dejando en descubierto una debilidad estructural en la toma de decisiones de la UE. Al mismo tiempo, no existe consenso sobre la adhesión por vía rápida de Ucrania, respaldada por EE. UU.
Desde la perspectiva estadounidense, el veto de Hungría refuerza la percepción de debilidad y fragilidad de la UE.
Estados Unidos respalda la integración de Ucrania en la UE y considera que una adhesión acelerada —con plazos ambiciosos y, a juicio de algunos, realistas, como 2027— es una de las principales prioridades para poner fin a la guerra y trasladar la responsabilidad a la UE [91].
Sin embargo, este apoyo suele enmarcarse desde una perspectiva politizada, lo que refleja una comprensión limitada por parte de Estados Unidos de la ampliación de la UE: no como un proceso impulsado por las reformas, sino como una negociación que puede acelerarse mediante el regateo o la presión sobre la UE. Esta desconexión socava la confianza de EE. UU. en la capacidad de la UE para actuar como un actor geopolítico autónomo dispuesto a compartir riesgos.
La frustración dentro de la UE por el uso del veto por parte de Hungría va en aumento, pero no se han tomado medidas decisivas para salir del punto muerto, como pasar de la unanimidad a la votación por mayoría cualificada.
Esta inacción refleja la renuencia de algunos Estados miembros a buscar una solución estructural a largo plazo, optando en su lugar por gestionar el problema mediante el adelanto de fases y soluciones procedimentales provisionales. La dependencia prolongada de tales tácticas corre el riesgo de normalizar el uso del veto como arma y debilitar el proceso de ampliación[92]. Al mismo tiempo, aunque la Comisión Europea ha propuesto ideas como la «ampliación inversa» o la integración gradual de Ucrania[93], los Estados miembros, incluidosFrancia y Alemania, siguen mostrándose escépticos ante una adhesión por la vía rápida[94].
Para Ucrania, el bloqueo continuado de la apertura de los bloques de negociación es profundamente desestabilizador. Kyiv busca negociaciones formales como reconocimiento del progreso de las reformas y como señal de la implicación de la UE. Los retrasos prolongados corren el riesgo de erosionar el apoyo interno a las reformas, alimentar el euroescepticismo y socavar el impulso de la ampliación en un momento crítico de la trayectoria de Ucrania hacia la UE.
Kyiv considera la adhesión a la UE como una importante garantía de seguridad «blanda».
Con este fin, el presidente Volodímir Zelenski sostiene que la adhesión es viable en un escenario de vía rápida y debería estar vinculada a una fecha clara en cualquier acuerdo, poniendo fin a la guerra[95].

Las crecientes tensiones transatlánticas están quebrando a la OTAN, la encarnación institucional central de décadas de cooperación transatlántica. Aunque los europeos siguen dependiendo en gran medida de Estados Unidos, especialmente del paraguas nuclear, los efectivos militares y las bases militares, las fricciones políticas socavan directamente la cohesión de la alianza.
La Administración de EE. UU. ha hecho hincapié en el papel central de Estados Unidos en la OTAN para justificar la reestructuración de laAlianza en torno a las prioridades del presidente, en lugar del consenso colectivo[95], y ha presentado la presión ejercida sobre los aliados en materia de gasto en defensa como una medida que ha «salvado a la OTAN». Este enfoque va más allá del reparto de cargas: la retórica sobre la incorporación de Groenlandia a EE. UU.[96] socava el respeto por la soberanía estatal, y las amenazas de aranceles indican la voluntad de ejercer presión sobre los aliados[97]. Al mismo tiempo, Washington persigue la «OTAN 3.0», trasladando la responsabilidad principal de la defensa convencional a Europa, mientras concentra los recursos estadounidenses en otros frentes[98]. Así, a principios de 2026, EE. UU. transfirió tres Comandos de Fuerzas Conjuntas al control europeo[99], al tiempo que asumió el mando de las fuerzas marítimas (MARCOM)[100].
En respuesta a la presión de EE. UU., la mayoría de los miembros europeos de la OTAN cumplieron el objetivo de gasto en defensa del 2 % del PIB para La Cumbre de la OTAN de La Haya de 2025 y aceptaron un nuevo objetivo de referencia del 5 % para 2035[101]. Sin embargo, la aplicación de este último sería un reto. Si bien la UE se ha adaptado retórica y financieramente, la presión de EE. UU. sobre Groenlandia se ha convertido en un impacto político, lo que ha desencadenado una preocupación más profunda sobre la fiabilidad de la alianza. Al mismo tiempo,
una «OTAN europea» sigue siendo estructuralmente difícil sin cambios importantes en la estructura de la alianza: el Comandante Supremo Aliado en Europa (SACEUR) es siempre estadounidense, y Estados Unidos preside de forma permanente el Grupo de Planificación Nuclear de la OTAN.
Esto pone de relieve la dependencia de Europa del liderazgo de EE. UU., incluso cuando la confianza en ese liderazgo se erosiona.
La futura adhesión de Ucrania a la OTAN sigue siendo un punto de divergencia dentro de la Alianza. La Cumbre de la OTAN de 2023 en Vilna consolidó la prospectiva de acceso de Ucrania[103], pero el panorama estratégico cambió bajo el mandato de Donald Trump. Aunque las implicaciones colectivas anteriores de la Alianza no se revocaron formalmente, Washington señaló que la adhesión de Ucrania está fuera de la discusión[104], con propuestas que, según se informa, exige a Kyiv que renuncie a sus ambiciones de adhesión[105]. Kyiv sigue considerando la adhesión a la OTAN como su garantía de seguridad preferida a largo plazo, reconociendo que la adhesión no puede producirse mientras haya hostilidades activas, pero con la esperanza de que la ventana se vuelva a abrir a medida que evolucionen las circunstancias políticas[106]. En este contexto, la mayoría de los aliados europeos defienden el principio de puertas abiertas y apoyan la eventual adhesión de Ucrania, aunque persisten algunas excepciones, tanto expresadas abiertamente como tácitas[107].

La competitividad empresarial, China y el Ártico parecen figurar entre las prioridades fundamentales de la actualpolítica exterior y económica de EE. UU. Para Europa, la cooperación pragmática con Washington en estos y otros ámbitos similares ofrece una vía viable para estabilizar unas relaciones transatlánticas cada vez más frágiles, en un momento en que la alineación basada en valores ha perdido gran parte de su fuerza movilizadora. Este capítulo examina diversos ámbitos políticos concretos en los que los intereses de EE. UU., la UE y Ucrania siguen convergiendo. También evalúa cómo la cooperación en estos ámbitos puede reforzar la coordinación transatlántica a pesar de la actual turbulencia geopolítica.
Estados Unidos, la UE y Ucrania cuentan con una base sólida para alcanzar un consenso y poner fin a la guerra ruso-ucraniana en condiciones justas y sostenibles, de modo que Ucrania sea capaz de defenderse y conserve la capacidad de tomar la iniciativa táctica en el campo de batalla.
Aunque la actual Administración de EE. UU. parece dar prioridad a un rápido acuerdo de paz antes de las elecciones de medio mandato, una paz justa y duradera se ajusta, de hecho, a los intereses estratégicos tanto de EE. UU. como de la UE
y posiciona al presidente Donald Trump como un pacificador creíble, que puso fin a la mayor guerra europea desde la Segunda Guerra Mundial. Además, el creciente reconocimiento en algunos sectores de la comunidad política estadounidense de que los acuerdos comerciales con Rusia serían en gran medida vacíos[108] [109] sugiere que la paz debería enmarcarse como un imperativo estratégico más que como un acuerdo transaccional.
En la práctica, sigue existiendo un espacio limitado para la participación europea en las negociaciones trilaterales de paz EE. UU.-Ucrania-Rusia, aunque sigue siendo restringido. La coordinación de Ucrania con sus socios europeos, así como la comunicación conjunta con el presidente Trump tras el incidente del Despacho Oval en marzo de 2025, demuestra el potencial de una interlocución trilateral indirecta. El documento de posición recientemente elaborado por la UE sobre las concesiones que Rusia debería hacer en las conversaciones diplomáticas en curso con Ucrania es ambicioso[110]. Sin embargo, es razonable que la UE y Ucrania articulen conjuntamente sus posiciones sobre la futura integración de Ucrania en la UE, especialmente a la luz del «plan de paz de 20 puntos» de Estados Unidos y Rusia.
A pesar de las diferencias respecto a los detalles exactos de la participación de las partes, tanto los EE. UU. como los países de la UE reconocen la necesidad de proporcionar a Ucrania sólidas garantías de seguridad o protocolos para evitar que se repita la agresión rusa[111] [112]. Incluso si Estados Unidos se abstiene de desplegar tropas, podría apoyar la coalición de voluntarios a través de facilitadores estratégicos como el intercambio de inteligencia, los servicios de mantenimiento, reparación y revisión (MRO), el transporte aéreo y la logística integral, entre otros. Washington también ha expresado su disposición a proporcionar una fuerza limitada para supervisar y verificar un posible alto el fuego y a profundizar la cooperación bilateral con Ucrania en el período de posguerra[113]. Tal implicación beneficia tanto a los intereses de EE. UU. como a los de la UE, al contribuir a la consolidación de Ucrania como un Estado con capacidades de disuasión creíbles y efectivas.
Dado que la ayuda militar de EE. UU. a Ucrania se ha reducido en gran medida, la iniciativa PURL sigue siendo un modelo funcional para la cooperación entre la UE y Estados Unidos. Para la UE, la adquisición de suministros de EE. UU. para Ucrania sigue siendo inevitable, ya que las capacidades clave solo están disponibles a través de fabricantes de EE. UU., y es poco probable que Europa alcance la autosuficiencia industrial en materia de defensa durante al menos 5–10 años.
Al mismo tiempo, el PURL promueve los intereses de EE. UU. al mantener a Europa como un mercado clave de exportación de defensa, reforzando un modelo tangible de reparto de cargas y alinearse con el énfasis de La Estrategia de transferencia de armas «America First» (AFATS) en apoyar a los socios que invierten en su propia seguridad y desempeñan un papel crítico en la planificación estadounidense[114]. El respaldo interno también sigue siendo significativo:
la aprobación pública del suministro de armas estadounidenses a Ucrania alcanzó el 64 % en 2025, nueve puntos porcentuales más que en 2024[115].
Para reforzar el programa, la participación podría ampliarse y pasar de paquetes de emergencia a un marco de suministro a largo plazo.
Los activos rusos congelados representan otra área potencial de cooperación futura, aunque el apoyo político sigue siendo limitado. La propuesta inicial de asignar activos congelados ha sido sustituida parcialmente por un préstamo de la UE de 90 000 millones de euros aUcrania. Sin embargo, si se transfieren aproximadamente entre 180 000 y 200 000 millones de euros en activos custodiados por Euroclear dela jurisdicción belga a la de la UE, la cuestión podría volver a aparecer en la agenda de la UE[116]. Aunque la Administración Trump se haopuesto al uso de los activos, el Congreso de EE. UU. ha presentado la Ley de Implementación del REPO de 2025, que solicita la transferencia a Ucrania de unos 5000 millones de dólares en activos rusos congelados en los EE. UU. cada 90 días[117].
Los socios también podrían adoptar un enfoque más asertivo para desarticular la flota en la sombra de Rusia, lo que limitaría los ingresos que financian el esfuerzo bélico de Moscú y abordaría riesgos de seguridad más amplios: según se ha informado que la flota ha apoyado actividades híbridas que amenazan infraestructuras marítimas críticas, incluidos los cables de comunicación submarinos[118]. Las medidas anteriores han resultado insuficientes para degradar significativamente la capacidad operativa de estas flotas[119].
Para cerrar esta brecha es necesario mejorar el monitoreo, como integrando la supervisión del registro de buques en el marco del GAFI[120]o aplicando medidas de cumplimiento más rigurosas por parte de la UE, emulando las operaciones de EE. UU. frente a Venezuela[121].
Cualquier campaña de este tipo debería ser integral, en lugar de selectiva, y centrarse en las redes logísticas en su conjunto para limitar la cooperación a largo plazo entre los Estados sancionados.
La reconstrucción de Ucrania supone una oportunidad de inversión a largo plazo tanto para la UE como para EE. UU. Se calcula que las necesidades de recuperación de Ucrania oscilarán entre 587 700 millones[122] y 1 billón de dólares[123] durante la próxima década. La reconstrucción de los puertos, ferrocarriles y carreteras de Ucrania integraría más profundamente las redes logísticas ucranianas en la UE y convertiría a Ucrania en un centro logístico de Europa del Este[124], creando nuevas oportunidades de negocio para EE. UU. al facilitar la entrada de las empresas estadounidenses en las cadenas de valor de la UE[125]. Una Ucrania próspera y resiliente reforzaría la seguridad regional y profundizaría los lazos económicos transatlánticos.
Tanto la UE como EE. UU. reconocen los crecientes riesgos sociopolíticos y de seguridad asociados a la alineación emergente entre China, Rusia, Irán y Corea del Norte, que se percibe ampliamente como un eje desestabilizador en el orden internacional actual[126]. La guerra ruso-ucraniana ilustra esta dinámica: China, Corea del Norte e Irán no solo están apoyando la agresión de Rusia, sino que también están utilizando la guerra para poner a prueba y mejorar sus propias capacidades industrial-militar, incluidos los programas nucleares, y para asegurarse beneficios económicos y tecnológicos relacionados. En este contexto, los socios transatlánticos se enfrentan a una necesidad creciente de desarrollar estrategias coordinadas para disuadir, limitar y responder a las actividades de China, Irán y Corea del Norte.
A pesar de las diferentes percepciones de la amenaza, tanto la UE como EE. UU. se enfrentan a un desafío tangible por parte de China, al menos a través de su creciente alineamiento con Rusia. La cooperación entre Moscú y Pekín está impulsada por un objetivo ideológico compartido: contrarrestar la influencia occidental[127]. A través de esta alianza, China está adquiriendo nuevos conocimientos en tácticas de combate[128], al tiempo que actúa como un facilitador decisivo de la guerra de Rusia.
Según los informes, la República Popular China es responsable de aproximadamente el 80 % de la elusión de sanciones[129],
facilitándola mediante la reexportación de tecnología occidental, sustitutos nacionales e infraestructuras alternativas de transporte y pago que atraen a otros Estados autoritarios[130]. Estos aspectos hacen que una coordinación más estrecha de EE. UU.-UE-Ucrania en relación con China sea tanto urgente como necesaria.
La UE y EE. UU. persiguen el objetivo de salvaguardar las tecnologías críticas y de doble uso, con el fin de impedir su transferencia, especialmente cuando dichas tecnologías podrían apoyar el esfuerzo bélico de Rusia o una posible campaña militar china contra Taiwán[131]. Sin embargo, las brechas de coordinación entre aliados permiten a Pekín y Moscú explotar las debilidades regulatorias y de aplicación de la ley en Occidente. Abordar estas brechas requiere una convergencia de políticas a ambos lados del Atlántico. Estados Unidos debería empezar a tratar a Rusia y China como actores estratégicos cada vez más integrados, mientras que la UE debería adaptar su enfoque siguiendo la práctica de EE. UU. de incluir en listas negras a las empresas de defensa y vigilancia vinculadas a China.

Dichas medidas no deberían limitarse a los paquetes de sanciones contra Rusia, sino integrarse en la estrategia más amplia de la UE para reducir el riesgo frente a China[132]. También es de interés común coordinar las medidas financieras entre las instituciones de EE. UU. y la UE para impedir que los intermediarios con sede en China accedan a los canales del dólar y el euro utilizados para ayudar a eludir las sanciones[133].
Estados Unidos y la UE también deberían sincronizar continuamente las actualizaciones de las listas de control de productos de doble uso, en estrecha coordinación con Ucrania, que desempeña un papel fundamental en la identificación de componentes occidentales utilizados en los sistemas de armas rusos (por ejemplo, piezas de drones, máquinas herramienta, tecnologías)[134]. Sobre esta base, debería elaborarse una lista transatlántica armonizada de entidades «prohibidas para la exportación», que incluya filiales e intermediarios conocidos, con el fin de reducir las zonas grises en las que las entidades restringidas en una jurisdicción siguen siendo accesibles en otra[135]. Si bien es imposible lograr un bloqueo perfecto, la interrupción selectiva de nodos y rutas clave puede ralentizar significativamente tanto la militarización de China como el esfuerzo bélico de Rusia[136].
Las ambiciones militares y nucleares de Irán y Corea del Norte amenazan los intereses de EE. UU. y de sus aliados en Oriente Medio, mientras que su apoyo a la agresión de Rusia representa un riesgo directo para la seguridad de Europa. Corea del Norte suministra munición y misiles a Rusia y ha desplegado, según las estimaciones, unos 15 000 efectivos militares[137].
Irán ha transferido drones Shahed-107[138] y Shahed-136[139], que desempeñan un papel crucial en los ataques de Rusia contra ciudades ucranianas e infraestructuras civiles críticas[140]. El peligro que representan Irán y la RPDC es reconocido tanto por la Estrategia de DefensaNacional de EE. UU.[141] como por las Conclusiones del Consejo Europeo[142], pero es posible articular una estrategia coordinada más eficaz para contenerlos.
Una posible medida para mitigar esta amenaza es mejorar el intercambio de inteligencia entre aliados, en particular el intercambio de datos obtenidos por satélite para evaluar las capacidades militares y de producción de los adversarios. Esto debería complementarse con una coordinación más estrecha de las sanciones secundarias dirigidas a los intermediarios de terceros países implicados en la adquisición y transferencia de componentes electrónicos de doble uso esenciales para la producción de drones rusos y de sistemas de misiles iraníes y de RPDC. Los EE. UU., la UE y Ucrania también deberían priorizar la desarticulación de las cadenas de suministro ilícitas y las flotas en la sombra que facilitan la cooperación entre los actores revisionistas.
La cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea va más allá de la responsabilidad de Estados Unidos en materia de disuasión europea. Se trata de una relación de dependencia mutua:
los bienes europeos son parte integral de las cadenas de suministro de EE. UU., la UE es el mayor socio comercial de Estados Unidos[143] y posee aproximadamente el 24 % del mercado de bonos del Tesoro estadounidense[144]. Los Estados europeos llevan mucho tiempo apoyando el liderazgo de EE. UU. en el sistema internacional, entre otras cosas mediante la participación en la guerra contra el terrorismo, la alineación con los regímenes de sanciones liderados por EE. UU. y la cooperación en la gestión de crisis globales.
Más allá de la alineación diplomática y económica, los Estados miembros de la UE también han apoyado históricamente los objetivos estratégicos de EE. UU. en el Indo-Pacífico, Oriente Medio y África al acoger infraestructuras militares estadounidenses. Más de cuarenta bases militares de EE. UU. están ubicadas en toda Europa, proporcionando plataformas críticas para el despliegue avanzado, la inteligencia y las operaciones de proyección de poder[145] [146]. Los Estados miembros de la UE y Ucrania actúan con frecuencia como socios fundamentales para impulsar las iniciativas de EE. UU. en el seno de las organizaciones internacionales y en apoyo de la visión estadounidense de un «Indo-Pacífico libre y abierto»[147]. Varios países europeos participan en ejercicios militares liderados por EE. UU. en la región, incluidos Talisman Sabre y RIMPAC.
Existen formas viables de mejorar dicha cooperación y extenderla a otras regiones. Bajo el liderazgo de la OTAN, operaciones como Baltic Sentry, puesta en marcha en respuesta a múltiples incidentes de sabotaje submarino en el norte de Europa, y Eastern Sentry, iniciada tras una importante incursión de drones rusos en el espacio aéreo polaco, han demostrado su eficacia operativa. Ampliar y replicar estas prácticas en otras regiones estratégicamente sensibles facilita un reparto más equitativo de los riesgos dentro de la Alianza y reforzaría la disuasión colectiva.
El Ártico es crucial tanto para EE. UU. como para la UE debido a su relevancia estratégica militar, el acceso a los recursos naturales y las rutas marítimas emergentes, como la Ruta del Mar del Norte. Además, la importancia de la región se ve acentuada por las actividades de Rusia y China que amenazan los intereses de EE. UU. y la UE: la militarización y la explotación industrial de Rusia siguen contribuyendo a financiar su guerra contra Ucrania[148] y plantean riesgos medioambientales[149]. Además,
las inversiones de China en rutas marítimas, puertos y satélites del Ártico, respaldadas por la «Ruta de la Seda Polar» y las maniobras militares conjuntas entre China y Rusia, desafían la influencia transatlántica en la región[150].
Por lo tanto, la cooperación entre EE. UU., la UE y Ucrania es esencial para abordar estos retos y existen bases sobre cómo profundizarla.
En primer lugar, la cooperación debe partir de los logros existentes y ampliarlos. La OTAN ya ha incrementado su actividad en la región a través de la misión Arctic Sentry, unificando las actividades de la OTAN y de los aliados en una sola[151].
Además, EE. UU., Canadá y Finlandia firmaron el Pacto ICE[152], destinado a multiplicar la capacidad de fabricación de rompehielos polares y las capacidades relacionadas. El siguiente paso es su puesta en marcha operativa[153]. Aunque Rusia cuenta actualmente con la mayor flota de rompehielos del mundo[154], el acuerdo podría reducir esta brecha y permitir una presencia más persistente de la OTAN en la región[155].


Esto se alinea con el enfoque ártico de la UE basado en la colaboración[156] y permitiría a Washington reforzar su posición en el Alto Norte al compartir riesgos y responsabilidades con los aliados europeos. Ucrania podría ser un subcontratista potencial para las piezas no esenciales de los rompehielos tras la guerra, siempre que se destinen fondos a la restauración de la fábrica Energomashspetsstal, dañada por el ataque con misiles ruso en la región de Donetsk[157].
En segundo lugar, la cooperación puede profundizarse en medio de un entorno de seguridad cambiante: la línea de frente extendida de laOTAN, el creciente papel estratégico de Groenlandia y las consecuencias de la guerra ruso-ucraniana.
La adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN permite un enfoque de fortaleza subregional[158] en el Ártico europeo basado en la disuasión coordinada de la UE-EE. UU. La cooperación podría centrarse en construir una presencia avanzada lista para el combate, reforzar las estructuras regionales de mando y control, mejorar la movilidad militar y las rutas de refuerzo, e integrar nuevas fuerzas europeas bajo una clara división del trabajo basada en funciones y alineada con los planes regionales de la OTAN. Esta coordinación, respaldada porrefuerzos de alta disponibilidad de aliados de la retaguardia, generará una disuasión agregada al obligar a Rusia a dispersar recursos por los distintos frentes de operaciones, reforzando así la estabilidad euroatlántica en su conjunto.
Además, Groenlandia desempeña un papel estratégico para el potencial sistema estadounidense «Golden Dome» como posible vanguardia para sensores de alerta de misiles, sistemas de observación y capacidades de interceptación. El fortalecimiento de la disuasión requiere, por lo tanto, una acción coordinada entre Estados Unidos y Europa en el marco de la OTAN[159], partiendo de los esfuerzos de cooperación ártica existentes establecidos en el Alto Norte tras la Segunda Guerra Mundial.
La iniciativa «Golden Dome» de Trump[160] podría mejorar la disuasión transatlántica tanto para EE. UU. como para la UE, siempre que se lleve a cabo en cooperación y no en competencia con Europa.
Al mismo tiempo, el ataque de Ucrania contra los bombarderos estratégicos rusos en la base aérea de Olenya durante la Operación «Telaraña»[161], las operaciones cibernéticas contra la Armada rusa[162] y la resistencia ucraniana sostenida han degradado aún más la capacidad de Rusia para proyectar su poder en el Ártico, socavando los planes de responder a la ampliación de la OTAN hacia el norte mediante la expansión de sus brigadas árticas[163]. Esto otorga simultáneamente a Occidente el tiempo y la oportunidad de adaptarse a los retos futuros y demostrar la necesidad de la cooperación militar con Ucrania, ya que tiene una influencia estratégica más allá de la guerra.
El mar Negro es una prioridad compartida de UE-EE. UU.-Ucrania en materia de seguridad, comercio, conectividad y resiliencia energética.
La región funciona como un corredor de conectividad fundamental que une Europa, Oriente Medio, Asia Central y el Mediterráneo.
Facilita las exportaciones agrícolas esenciales para la seguridad alimentaria mundial y sirve como ruta de tránsito para el petróleo y el gas, con el potencial de integrar en el futuro los mercados energéticos europeos y de Asia Central. Además, el mar Negro contiene importantes reservas de gas en alta mar, lo que lo convierte en un elemento central de los esfuerzos de la UE y EE. UU. por diversificar el suministro energético más allá de Rusia.

Esta importancia estratégica se ha traducido en una creciente atención institucional por parte de los actores occidentales. En mayo de 2025,la Comisión Europea lanzó su primera estrategia para el Mar Negro[164]. Estados Unidos se ha involucrado a través de audiencias en el Congreso sobre el futuro de la estrategia de EE. UU. para el Mar Negro en septiembre de 2025 y la Ley de Seguridad del Mar Negro de2023[165]. Los aliados de la OTAN afirmaron la importancia central de la región en la Cumbre de Vilna de julio de 2023[166].
Sin embargo, la agresión militar rusa supone una amenaza significativa para estos intereses comunes de Europa y Estados Unidos, al convertir el territorio ocupado de Ucrania en una base militar gigante para controlar las rutas comerciales y proyectar su poder en el Cáucaso, los Balcanes y Oriente Medio, así como la creciente presencia económica e infraestructural de China, incluido el desarrollo del puerto de Anaklia en Georgia como parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta[167]. En este contexto, la UE, EE. UU. y Ucrania pueden profundizar su cooperación en varias áreas prioritarias.
En primer lugar, la seguridad marítima, en particular el desminado, representa una prioridad inmediata. Desde 2014, Rusia ha recurrido a una estrategia de bloqueo en dos fases: declarar «inseguras» amplias zonas marítimas y disuadir a la navegación neutral mediante el uso de minas marinas, el aumento de los costes de los seguros y ataques recurrentes[168]. Los esfuerzos conjuntos con el Centro de Transporte Marítimo de la OTAN, las oficinas hidrográficas nacionales e iniciativas como el grupo de Fuerza de Medidas contra las Minas en el Mar Negro (MCM), liderado por Turquía, Rumanía y Bulgaria, ya han demostrado su eficacia a la hora de garantizar la seguridad alimentaria mundial[169].
Estas iniciativas podrían ampliarse para incluir plataformas de reconocimiento estadounidenses, como los drones MQ-9 Reaper, y la participación de Ucrania en el marco trilateral. Dicha cooperación ayudaría a garantizar una navegación libre y segura en el período de posguerra.
En segundo lugar, la seguridad energética constituye otro pilar crítico para la colaboración trilateral.
Los esfuerzos coordinados y la inversión extranjera en las reservas offshore de Rumanía, Bulgaria y Turquía[170] podrían impulsar las economías regionales y desplazar el gas ruso de los mercados de la UE[171], en línea con los intereses estratégicos de EE. UU.
En este contexto regional, Ucrania ha comenzado a importar gas natural licuado estadounidense (1000 millones de metros cúbicos en 2026[172]) y propone desarrollar una terminal de GNL en Odesa[173], al tiempo que ofrece activos energéticos al fondo de inversión para la reconstrucción de EE. UU.-Ucrania en el marco del Pacto de Recursos de EE. UU.[174] Sin embargo, las vastas reservas ucranianas de gas en el mar Negro —que podrían superar los dos billones de metros cúbicos[175]— siguen siendo en gran medida inaccesibles debido a la ocupación rusa y a la militarización de las plataformas marinas capturadas[176].
Es necesaria una cooperación regional más amplia en materia de seguridad, que podría profundizarse a través de un marco integrado UE-OTAN. El Centro de Seguridad Marítima del Mar Negro, recientemente propuesto por la Comisión Europea[177], tenía como objetivo mejorar el intercambio de inteligencia, reforzar la cooperación entre los guardacostas y supervisar infraestructuras críticas como cables submarinos, gasoductos y parques eólicos. Incluir a Ucrania y Turquía en esta iniciativa permitiría a la UE incorporar las innovaciones navales de Kyiv y su experiencia en inteligencia de guerra, al tiempo que reforzaría la disuasión frente a la agresión rusa y fortalecería la cooperación UE-OTAN[178].
Como complemento a estos esfuerzos, la OTAN puede mejorar la movilidad militar en toda la región mediante la auditoría de infraestructuras clave en Rumanía y Bulgaria, garantizando el despliegue rápido de fuerzas y equipos durante contingencias. Una presencia naval continua de la OTAN durante los 365 días del año en el mar Negro y unos ejercicios navales conjuntos más frecuentes, reforzarían aún más la disuasión y demostrarían la implicación de los Aliados con la seguridad regional[179]. En el período de posguerra, Ucrania podría ser un socio clave en el entrenamiento de las fuerzas navales occidentales debido a la experiencia operativa de la Armada ucraniana y al legado de los ejercicios Sea Breeze[180].
Finalmente, el Mar Negro ha surgido como un caso de estudio exitoso en la aplicación de una estrategia asimétrica. La campaña naval deUcrania[181], que incluye la eliminación del 30 % de la Flota del Mar Negro de Rusia y el hundimiento de su buque insignia «Moskva» proporciona lecciones valiosas sobre la proyección de poder utilizando tecnología asequible y escalable, como drones marítimos y misiles de base terrestre (por ejemplo, el Neptune), ampliando drásticamente los rangos de defensa costera[182]. Al compartir estos conocimientos, EE. UU., la OTAN y los socios regionales pueden acelerar la integración de tecnologías no tripuladas en la planificación naval general[183].
En particular, la colaboración con Ucrania proporcionaría a Washington ventajas operativas y tecnológicas para potenciales conflictos en el Indo-Pacífico, respaldando la «estrategia Hellscape» en la que drones de bajo coste forman un escudo autónomo y letal contra una amenaza anfibia hacia Taiwán[184].
En 2023, China fue el principal productor de 29 de los 50 minerales críticos incluidos en la lista de minerales críticos de 2022[185]. La Unión Europea y los Estados Unidos consideran que la resiliencia de la cadena de suministro es un componente fundamental para hacer frente a los retos estratégicos que plantea China, ya que sus controles coercitivos a la exportación de materias primas críticas constituyen un arma geoeconómica potencial que deja al descubierto las dependencias estratégicas y la vulnerabilidad industrial[186].
En febrero de 2026, Estados Unidos puso en marcha el Foro sobre el Compromiso Geoestratégico en materia de Recursos Naturales (FORGE),que reunió a 54 representantes, entre ellos Ucrania[187] y la Comisión Europea[188].
Este es el ejemplo más claro de que, a pesar de los casos de políticas no cooperativas por parte de EE. UU., el sector de los minerales críticos sigue siendo un desafío estratégico compartido[189] y, para superarlo, es necesario pasar de la competencia a una mayor cooperación.
Algunas de las posibles opciones de cooperación en este ámbito son la armonización de los estándares[190] y la coordinación de la expansión industrial en Europa para ampliar la capacidad de procesamiento fuera de China y asegurar el abastecimiento transatlántico para industrias clave. Con este fin, también es vital establecer un mecanismo de cofinanciación entre la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de los Estados Unidos y el Banco Europeo de Inversiones[191] para apoyar proyectos que reduzcan el riesgo de la minería, el procesamiento y el reciclaje en terceros países, y para atraer capital privado.
La cooperación EE. UU.-UE en Ucrania puede ser un primer paso para armonizar las políticas de la UE y EE. UU. en materia de suministro de recursos.
Ucrania posee yacimientos de 22 de los 50 minerales designados como críticos por el Gobierno de EE. UU. y de 25 de los 34 minerales que figuran en la lista de materias primas críticas de la Unión Europea[192].
El acuerdo bilateral firmado en abril de 2025 otorga a Estados Unidos acceso privilegiado[193] a los minerales críticos de Ucrania y constituye la base para la cooperación con Ucrania bajo la Administración Trump. Desde 2021, Ucrania también es socio oficial de la UE en materia de materias primas críticas en virtud de un memorando de Entendimiento[194].
Los recursos minerales de Ucrania tienen un valor estratégico para Europa, especialmente dada la escasez de yacimientos nacionales de laUE. Además, la capacidad relativamente limitada de Europa para diversificar sus destinos de exportación hace que las reservas de Ucrania sean aún más significativas[195]. La UE posee ventajas estructurales como la proximidad geográfica, redes logísticas y comerciales establecidas, y marcos regulatorios capaces de integrar a Ucrania tanto en los mercados europeos como en los estadounidenses. Un enfoque coordinado permitiría a ambos socios compartir los riesgos y los costes asociados al desarrollo del sector extractivo de Ucrania, al tiempo que se refuerzan las garantías de seguridad e inversión para Kyiv.
Aunque la UE no pretende ni puede sustituir a la OTAN[196], dada la falta de un mando militar unificado, de capacidad de vigilancia y de disuasión nuclear, sí puede reforzar la cooperación con la Alianza y con Ucrania para convertir a Europa en un actor más sólido en materia de seguridad. Desde la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, la cooperación UE-OTAN se ha intensificado significativamente.
Este progreso se refleja en la tercera Declaración Conjunta sobre la cooperación UE-OTAN, siete Diálogos Estructurados y la Coordinación de Estados Mayores UE-OTAN sobre Ucrania[197]. Paralelamente, la cooperación práctica se ha ampliado a la ciberdefensa, la movilidad militar y la protección de infraestructuras críticas[198]. La UE también movilizó fondos a través del mecanismo SAFE y la activación de la cláusula nacional de escape para apoyar el cumplimiento de los objetivos clave de capacidad de la OTAN[199].

Partiendo de estos avances, nuevas medidas podrían fortalecer la cooperación UE-OTAN y mejorar la interoperabilidad. La UE podría utilizar su poder regulador y sus incentivos financieros para acelerar la implementación de las normas de la OTAN en materia de equipamiento, por ejemplo, tanques, así como las pruebas y la certificación conjuntas a nivel europeo para mejorar la interoperabilidad.
Esta necesidad ha quedado subrayada con la guerra ruso-ucraniana, que expuso las interpretaciones inconsistentes de las normas de la OTAN sobre munición[200].
Un mejor intercambio de información y de inteligencia, mediante el abordaje de las persistentes limitaciones entre Grecia y Turquía, reforzaría significativamente el conocimiento de la situación y la coordinación de políticas. A nivel operativo, recurrir a las estructuras de mando de la OTAN en virtud del acuerdo «Berlín Plus» para futuras crisis ajenas a la OTAN, en lugar de crear una cadena de mando europea separada, ayudaría a fomentar la confianza y a evitar duplicidades innecesarias[201].
Más allá de la cooperación bilateral UE-OTAN, también es posible una implicación trilateral más profundo con Ucrania. Dada la falta de apoyo de Washington a la adhesión de Ucrania a la OTAN a corto plazo, acelerar la integración de Ucrania en la UE e introducir diálogos trilaterales estructurados UE-OTAN-Ucrania podría, mientras tanto, acercar a Ucrania a las estructuras de defensa europeas y mejorar la interoperabilidad[202]. En un contexto de posguerra, el ejército ucraniano, probado en combate, también podría actuar como instructor en ejercicios militares de la UE y la OTAN. En términos más generales,
la experiencia de combate ucraniana adquirida a través de la EUMAM, la NSATU y la JATEC podría integrarse sistemáticamente en los programas europeos de formación para soldados y reservistas.
La necesidad de estas medidas queda patente en los ejercicios militares Hedgehog 2025, que revelaron deficiencias sustanciales en la preparación de la OTAN para la guerra electrónica y aérea no tripulada moderna en comparación con las unidades ucranianas curtidas en el campo de batalla[203].
Desde 2022, Ucrania se ha convertido en un campo de pruebas para una gran variedad de sistemas occidentales. En el verano de 2025, Kyiv institucionalizó este proceso y puso en marcha la iniciativa «Test in Ukraine», que, según el Gobierno ucraniano, ofrece a las empresas extranjeras una oportunidad única para evaluar sus sistemas en condiciones similares a las de combate, junto a unidades con amplia experiencia en el campo de batalla[204].
Este modelo proporciona retroalimentación operativa directa de los militares, lo que permite un rápido perfeccionamiento de las tecnologías y su adaptación a las demandas prácticas de la guerra moderna. Cuarenta y cinco empresas internacionales ya se han sumado ala iniciativa[205], y una participación más amplia mejoraría aún más la capacidad de Occidente para adaptarse a los modos de guerra en constante evolución, contribuyendo así a la resiliencia de Ucrania, así como a las capacidades de disuasión de sus socios.
Según el Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, la capacidad de producción potencial del país alcanzará los 50 000 millones de dólares en 2026[206]. Sin embargo, el propio presupuesto estatal de Ucrania para 2026 destina aproximadamente entre 15 000 y 17 000 millones de dólares[207] a la adquisición de armas y equipos, lo que deja sin financiación a más del 50 % de la capacidad total de producción de defensa de Ucrania[208]. A pesar de las numerosas preocupaciones que suscita a las empresas occidentales la idea de venir a coproducir con los ucranianos, los beneficios de tal cooperación siguen siendo múltiples, y existen numerosos mecanismos para llevarla a cabo.
Para los Estados miembros de la UE, la producción conjunta de armas con Ucrania ofrece una forma de seguir el ritmo de la rápida adaptación tecnológica de Rusia, al tiempo que fortalece la resiliencia de Ucrania y la credibilidad de Europa como socio en el reparto de la carga. Más de 25 empresas occidentales ya participan en la producción o modernización de armas en el marco de la iniciativa Build inUkraine[209], y la posible participación de Ucrania en proyectos financiados por SAFE podría garantizar financiación adicional. A principios de 2026, Ucrania y Alemania han puesto en marcha instalaciones conjuntas de producción de drones[210], con acuerdos respectivos firmados con Finlandia, Dinamarca y Letonia[211].
A medio plazo, las adquisiciones a Ucrania podrían ofrecer a los países de la UE una forma rentable de acelerar el rearme, al tiempo que se mantiene el gasto interno en bienestar[212].
La cooperación con Estados Unidos se centra actualmente en ampliar la producción de munición de artillería[213], pero Ucrania podría convertirse en un socio a largo plazo en tecnologías de defensa avanzadas. El presidente Trump y el Secretario del Ejército Driscoll han expresado su interés en ampliar la cooperación en la producción de drones, incluido un acuerdo de posguerra para intercambiar UAV ucranianos por sistemas de EE. UU.[214] Esta intención estratégica ya se refleja en las iniciativas de obtención de EE. UU. Dos empresas ucranianas fueron invitadas por el Departamento de Guerra de EE. UU. a unirse a Drone Dominance, un programa de 1000 millones de dólares para adquirir pequeños drones letales en 2026-2027, lo que subraya el reconocimiento de las capacidades tecnológicas y la experiencia en el campo de batalla de Ucrania[215].
Ucrania ha demostrado un crecimiento sin precedentes en su base industrial de defensa: de una capacidad de producción de 1000 millones de dólares en 2021 a 50 000 millones en 2026. La capacidad de escalar rápidamente es la habilidad que más necesitan los socios europeos en un momento en el que deben pasar rápidamente de la dependencia de EE. UU. a la autosuficiencia. La colaboración también es posible en el ámbito del desarrollo de tecnología militar, donde Ucrania ofrece soluciones innovadoras y rentables, así como una gran adaptabilidad a las necesidades cambiantes del campo de batalla.
La OTAN ya está aprendiendo de Ucrania en el marco de JATEC en materia de planificación de la guerra, doctrinas y entrenamiento.
Sin embargo, la colaboración con Kyiv también podría ayudar a la UE a definir futuros planes de capacidades y doctrinas, dada la enorme experiencia de combate de Ucrania.
Por ejemplo, Ucrania puede contribuir de manera significativa al desarrollo de las capacidades de defensa occidentales mediante la introducción de nuevas tecnologías y el perfeccionamiento de su uso operativo.
La violación del espacio aéreo polaco y rumano por drones rusos en 2025[216] y los ataques de Irán en 2026 contra los países del Golfo[217]han demostrado que, aunque los sistemas de defensa aérea contemporáneos siguen siendo tecnológicamente avanzados, no siempre son rentables en condiciones de combate reales[218]. La arquitectura híbrida de defensa aérea de Ucrania, que combina sistemas de la era soviética, occidentales y autóctonos, demuestra cómo los Estados pueden adaptarse para proteger su espacio aéreo en una guerra de alta intensidad. Ofrece lecciones para el flanco oriental de la OTAN y oportunidades para la diplomacia de defensa con terceros países que buscan soluciones rentables económicamente[219].
El desarrollo conjunto de drones interceptores ucranianos, que ya está en marcha en el Reino Unido[220], podría servir de anclaje para unaarquitectura de defensa de drones europea más amplia, no obstante, contrarrestar la amenaza en evolución de Rusia requerirá la expansión a más Estados europeos, una producción a escala y una doctrina probada en el frente. Integrar a Ucrania en iniciativas como el MuroAnti Drones y la Iniciativa Europea de Protección del Cielo (ESSI) aceleraría la adaptación[221], reduciría los costes de obtención y aceleraría el despliegue de tecnologías anti drones.
La experiencia operativa de Ucrania en Defensa aérea de corto alcance (SHORAD), fusión de sensores, guerra electrónica y sistemas contra-UAS aportaría una experiencia técnica crítica y agilidad institucional, ayudando a convertir los esfuerzos nacionales fragmentados en un sistema de defensa aérea y de drones europeo resiliente, interoperable y por capas.
1. Comunicación con la administración Trump
2. Fortalecimiento de Ucrania
3. Hacia la autonomía de seguridad europea
4. Respuesta conjunta a las amenazas globales
5. Negociación transatlántica

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[71] Karlsrud, J., & Reykers, Y. (2025, 1 décembre). Coalition des volontaires pour l’Ukraine : une force multinationale en cours de constitution (note de synthèse n° 26/2025). Norwegian Institute of International Affairs. https://www.nupi.no/en/publications/cristin-pub/coalition-of-the-willing-for-ukraine-a-multinational-force-in-the-making
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[73] Karlsrud, J., & Reykers, Y. (2025, 1 décembre). Coalition des volontaires pour l’Ukraine : une force multinationale en cours de constitution (note de synthèse n° 26/2025). Norwegian Institute of International Affairs. https://www.nupi.no/en/publications/cristin-pub/coalition-of-the-willing-for-ukraine-a-multinational-force-in-the-making
[74] Présidence de l’Ukraine. (2026, 6 janvier). Il est important que la coalition dispose désormais de documents de fond : une déclaration conjointe de tous les pays de la coalition et une déclaration trilatérale de la France, du Royaume-Uni et de l’Ukraine. Présidence de l’Ukraine. https://www.president.gov.ua/en/news/vazhlivo-sho-sogodni-ye-gruntovni-dokumenti-koaliciyi-ohochi-102317
[75] Présidence de l’Ukraine. (2026, 24 février) Nous devons aujourd’hui être aussi déterminés et forts que nous l’étions au début de l’invasion – discours du président ukrainien au Parlement européen. https://www.president.gov.ua/en/news/sogodni-mi-mayemo-buti-takimi-zh-rishuchimi-ta-silnimi-yak-i-103045
[76] New Europe Center. (2025, 15 décembre). Politique étrangère et sécurité : opinions de la société ukrainienne – 2025. https://neweurope.org.ua/en/analytics/zovnishnya-polityka-i-bezpeka-nastroyi-ukrayinskogo-suspilstva-2025/
[77] La Maison-Blanche. (2025, 2 avril). Fiche d’information : le président Donald J. Trump déclare l’état d’urgence national afin d’accroître notre avantage concurrentiel, de protéger notre souveraineté et de renforcer notre sécurité nationale et économique.
[78] Jäger, M. (2025, 15 octobre). L’Amérique de Trump : un défi économique pour l’UE. Internationale Politik Quarterly. https://ip-quarterly.com/en/trumps-america-economic-challenge-eu
[79] Mackintosh, T. (2026, 20 janvier). Trump affirme qu’il mettra « à 100% » à exécution sa menace de droits de douane sur le Groenland, tandis que l’UE promet de protéger ses intérêts. https://www.bbc.com/news/articles/c4g5345ylk0o
[80] Kiel Institute for the World Economy. (2025, 3 avril). Les nouveaux droits de douane américains frappent surtout les États-Unis eux-mêmes [actualités]. https://www.kielinstitut.de/publications/news/new-us-tariffs-hit-the-us-itself-hardest/
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[220] Militarnyi. (2025, 28 septembre). Les drones intercepteurs ukrainiens deviendront la base du « mur européen de drones ». https://militarnyi.com/en/news/ukrainian-interceptor-drones-will-become-the-basis-of-the-european-drone-wall/
[221] Davlikanova, E., & Orobets, L. (2025, 4 décembre). Un mur de drones sans l’Ukraine ? Une barricade sans briques. CEPA. https://cepa.org/article/a-drone-wall-without-ukraine-a-barricade-lacking-bricks/
El presente informe ha sido elaborado por el Transatlantic Dialogue Center con el apoyo del Askold and Dir Fund, en el marco del proyecto «Una sociedad civil fuerte en Ucrania: motor de reformas y democracia», ejecutado por ISAR Ednannia y financiado por Noruega y Suecia. El contenido de esta publicación es responsabilidad exclusiva del Transatlantic Dialogue Center y en ningún caso debe considerarse que refleja la postura oficial del Gobierno de Noruega, del Gobierno de Suecia o de ISAR Ednannia.